La pieza diferente: cincuenta y siete

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Las Reinas Brujas, pese a vivir frente al mar, no tenían casi barcos de guerra. E Ildei contaba con la posibilidad de poner a prueba la novedad de sus cañones. Si se había hecho de ellos era para usarlos contra la flota mercante de las Ihalim. Pero, pensó la cabeza de las Zaelim mientras cabalgaba con su gente rumbo a Baricai, una oportunidad de probarlos (y de hacerlos sentir) no era desdeñable.

Volvió a pensar con amargura en su hijo Riorrem. El pedido de la reina Keala y de su nieta la Consejera había sido expreso y claro: no hacía falta usar la arquería de Nales en el primer ataque, que sólo tenía por objetivo conseguir que las tropas de Nablea se replegaran a la ciudad. Contaba sin embargo con el calculado error de Rena Gulim, y con que Riorrem Gaelam probaría la batalla esa primera jornada. Que quedara a las Siete decidir su suerte de traidor.

En su fuero interno, pese a su furia persistente, Ildei Zaelim se sorprendió deseando que su hijo sobreviviera. “Estoy envejeciendo”, se dijo, y azuzó un poco a su yegua alazana, para ver si aumentar la velocidad de la marcha podía ayudarla a dejar el pensamiento atrás.




Recién por la mañana, antes de marchar, Meba Qualim se había decidido a escribirle a Ágrate. Una noticia como la de la muerte de Ílsitar Sulim, hijo de la reina Dapes, no tardaría en difundirse, y en alcanzar incluso la pequeña ciudadela de Gadel. Y prefería que su éicadim supiera por su pluma del paso al otro lado del sueño del hombre que había elegido para sí, y no por la boca de alguna mercader chismosa de Bjurikti.

Pero le había costado escribir el mensaje y, mientras ajustaba su cadera al paso apacible de su corcel bajo la mirada inclemente de Amberó, no podía dejar de pensar las muchas otras formulaciones posibles que podría haber usado, en lugar de la línea seca de condolencias por la que se había terminado decantando. Se repitió otra vez que ella no tenía la culpa de lo que había ocurrido en Bansena, y que además había hecho todo lo que había estado en su poder para que esa guerra nunca ocurriera.

No podía sacarse, de todos modos, el zumbido molesto de una idea alrededor de la cabeza: cuando, con Dedemie y la reina Keala, como representantes de la mesa de Keldre en ausencia de Ildei, habían definido que era buena idea explorar el camino y asegurarse el punto cercano de Bansena antes de marchar hacia Baricai, y se había discutido quién podía comandar esa misión, Meba había pensado en proponer a su sobrina Libítare. Pero no lo había hecho, y había aceptado de grado cuando Keala había propuesto que bien podía ir Ílsitar, para probarse como cabeza de las tropas de las Sulim. “No tenías modo de saberlo, Meba de las Qualim”, se repitió. “Es parte natural de la guerra, hombres y mujeres jóvenes que tendrían mucho por reír y amar se queman de a montones en sus piras. Hiciste lo posible para evitar esto”.

La certeza de que Libítare Qualim hubiese sido más despiadada, sí, pero también más cautelosa y efectiva, seguía pesándole en el fondo del cráneo con el calor del mediodía. Ílsitar había muerto. Y Ágrate iba a llorarlo mucho. Conociéndola como la conocía, sabía que Libítare habría sobrevivido. Habría descubierto la estratagema a tiempo para forzar a la gente de Nablea hacia adentro del pueblo. Y los habría hecho arder a todos.




Tenía que reconocer, se dijo Keala, que si lo que Faghad había buscado con procurarse el amor de Turog y, a través de eso, una unión con él ante las Siete, era acercarse a las Ihalim, parecía haber tenido éxito. La observó cabalgar, atrás, un poco aparte, rodeada por los hijos de Zuria, y conversando animadamente con ambos, y reparó en el evidente interés que parecía dedicarle Dedemie al escucharla. Alguien había hecho circular la noticia de que los tres habían pasado la noche anterior en Isidena juntos, bebiendo, conversando y cantando. “No pudo contra Zuria y Nuralia, y procuró a través de Turog la amistad de Dedemie, que heredará a ambas y será, más pronto que tarde, cabeza de las Ihalim”, pensó. “Creo que nunca termino de darle suficiente crédito a mi hermana”.

Había, sin embargo, tenido la esperanza de que la llegada de Faghad significara no tener que continuar cabalgando en silencio, reina pero inevitablemente sola. Después de la guerra, pensó, sería buena idea que ella también pensara en hacerse, como su hermana, de un compañero. “Y de una heredera”, pensó, observando incómoda desde la distancia el pendón que marcaba el paso de hombres y mujeres de Nales.




Toda la mañana, Turog había estado esperado la oportunidad para comentar el mensaje de Aorion con su hermana y con Faghad. Ahora, mientras cabalgaban entre campos de agtre, había conseguido que al menos entendieran que necesitaba algo de privacidad para hablar con ellas, y los tres se habían apartado un poco. Los caballos iban juntos, al mismo paso, casi tocando el borde de la plantación. Procurando mantener la voz lo más baja posible y una difícil apariencia de calma, Turog refirió el mensaje de Aorion a las dos. Lo escucharon en silencio.

—Bueno, Turog, el plan no es devastar la ciudad, Aorion tiene buenas chances de sobrevivir aunque no hiciéramos nada al respecto —intentó Dedemie, cuando él terminó.

—¡No puedo dejarla sola así, sin más, en una ciudad sitiada, esperando un hijo mío! —se exasperó.

—Tampoco es tu culpa —intervino Faghad—, no es que no hayamos intentado sacarla de ahí antes. —Y se volvió a Dedemie para explicar—Le ofrecimos un salvoconducto desde el puerto de Golikti para que pudiera pasar la guerra en casa de Ferga Dredim, en Fanerina.

—Los dos. O sea, de parte de ambos.

—Sí, ese fue el error —se lamentó Turog—. No le dio mucha seguridad ni le hizo mucha gracia. Ahora entró en razones, pero no puede salir de esa condenada ciudad de Inúmare.

—Si pudiera salir, tampoco sería seguro. Hay gente con el ánimo de Libítare Qualim en los caminos —agregó Dedemie—. No, de momento, al menos hasta que estemos ahí, lo mejor es que espere dentro de los muros de Baricai.  Y habrá que pensar mejor el modo.

—Es un sitio. Puede durar meses. Puede enfermarse. No me pidan que me quede en paz con esa idea.

—Bueno… —intentó Faghad—tengo entendido que esta muchacha prácticamente vive todas sus horas diurnas en la biblioteca de las Mnatesogran, ¿no? Es de esperar que si existe otro modo de ingresar a la ciudad que no sean los gruesos portones cerrados y vigilados, que no van a ceder enseguida, esa información esté ahí en alguna parte. Un mapa, un documento, algo que hable de algún pasaje o desagüe actualmente fuera de servicio. Es muy improbable que la misma Nablea conozca y haya protegido todos los accesos a una ciudad del tamaño y la antigüedad de Baricai, algo tiene que haber.

—¿Me estás sugiriendo que le pida que traicione a su ciudad? Te recuerdo que tuvo problemas para dejarla cuando pudo.

—Los pies en la tierra, Turog. La reina bruja Nablea estará probablemente contando con las armas de los valles del cordón de Ninie, que por lo que puede llevarles ponerse de acuerdo y el terreno que tienen que atravesar bien pueden tardar meses en presentarse, si es que se dignan a hacerlo. Y en Baricai supondrán que pueden mantener alguna vía de abastecimiento abierta en su puerto, pero las nuevas máquinas de la armada de Ildei Zaelim harán eso bastante difícil. Pedirle a Aorion que nos busque un ingreso subrepticio a la ciudad es, si se quiere, una propuesta más humana: la ciudad va a caer de todas maneras, nos conviene a todos que eso ocurra más pronto que tarde. Ahorrará algunas vidas.

—Como sea —agregó Dedemie—, las badronas, ahora que estamos cerca, deberán empezar a volar por la noche, Turog. No es seguro para las aves ni para tu Aorion que le lleguen mensajes tuyos cuando alguien pueda notarlos. Mucho menos si efectivamente le sugerís lo que propone Faghad.


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Ilustración por Dolores Alcatena.

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