La pieza diferente: cincuenta y seis

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Por la puerta de la Torre de las Iniciadas, del otro lado del sueño, el brillo inestable y metálico de las olas bajo la luz de Aleó y de Anaé arrojaba sus reflejos hacia adentro, y hacía reverberar el interior en penumbra. Alea se acercó, en silencio, con paso lento, desde el fondo del salón, a abrazar a Gava, frágil y quieta entre las columnas azules.

—Entonces es cierto, la batalla que vi la otra noche tras esa puerta sucedió, y mi hermano se quemó con el pequeño pedazo de tierra que llegó a conquistar —susurró Gava, al oído de su guía.

—Me temo que sí.

La que de este lado del sueño había sido la Niña Eterna durante el día, que había conseguido creerle a Figa su ama que los muertos que mueren en sueños siguen entre nosotros, volvió a sentir el peso en el pecho, la soledad que estrechaba todavía más su cárcel diurna. Y entre las columnas azules de las Iniciadas, abrazada a su guía y abuela, casi sin hacer ruido, lloró.

—Pero eso también quiere decir que, cuando la que mueve las olas lo permita, podremos verlo de este lado del sueño, Gava Sulim im Aléane —agregó—. Y esta noche te espera afuera, en la orilla del mar de Delero.

Gava soltó el abrazo, miró a Alea a los ojos, y comprendió. Salió por la puerta abierta a buscarlo.

Descalzo, en cuclillas frente al mar, Ílsitar Sulim miraba al horizonte. A su lado, de pie, pateando piedras al agua, otro muchacho que tenía el mismo cabello lacio color de fuego de su hermano, al que Gava no podía terminar de reconocer, fue el primero en notar su presencia. Le hizo una señal a Ílsitar, y se fue caminando por la orilla, para dejarlos solos. Ílsitar la miró un rato antes de comprender que se encontraba frente a su hermana, al verla por primera vez sin el cabello rubio y el paso desordenado que la caracterizaba durante el día.

—¿Gava? —consiguió, finalmente, articular.

Ella asintió, y lo abrazó.

—¿Podés explicarme qué voy a hacer sin vos en los días solos del Bjuriktalie?

Se sentaron los dos, a la orilla del mar que moja las costas del otro lado del sueño.

—¿Realmente sos vos?

—Sílik no puede seguirme hasta esta playa. ¿Quién era ese?

—Alguien que conocí en Lubacay. Pero no es de él que necesito hablarte, sino de alguien de nuestra sangre, que va a crecer en Gadel de la mano de una mujer a quien quiero mucho. ¿Podrás retener algo de esto al despertar?

—Por lo general no mucho. Pero Delero se encarga de que sea lo suficiente.




Se despertó con la sensación de los brazos de Ílsitar, y la vaga idea de que tendría que hablarle a Faghad de Ágrate, cuando la situación se presentara. Y, por primera vez, no serle del todo sincera.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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