La pieza diferente: cincuenta y ocho

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De pie en una de las muchas torretas de guardia que coronaban la muralla de Baricai, Sila Ambram esperaba, la vista fija en el horizonte a través de una almena. Todavía no se divisaba movimiento, pero eso no significaba nada: las colinas ocultaban buena parte de la perspectiva. No le habían llegado noticias de Nime Ghelam ni de Egarz Simnit, pero eso tampoco quería decir mucho: para enviarle un reporte, tenían que haber llegado a ver al ejército de Mabalaya, y a pasar desapercibidos para enviar una badrona. Por todo lo que Sila sabía, Nime y Egarz podían estar muertos.

Se secó una gota de sudor, que le rodaba por el rostro, y se sirvió un poco de agua en un cuenco metálico, de un cántaro que más temprano había dejado en el suelo. Vació el contenido en tres tragos abundantes, volvió a dejar el cuenco sobre la boca del cántaro, y a escrutar la imagen de la Serinta, las casas del otro lado de la muralla que se iban dispersando y mezclando con los campos de cultivo. O lo que quedaba de ellas: había ordenado destruirlas para no dejar ese reparo al enemigo, así que la vista era, más bien, la de los escombros de la vida animada del cinturón de casas que hasta poco antes habían rodeado la muralla de Baricai.

Cuando volvió a enfocar la mirada hacia arriba notó lo que claramente era una badrona, que volaba en línea descendente hacia la torre. Esperó tamborileando con los dedos sobre la piedra del muro de la torre a que el ave se acercara, la mano izquierda apoyada en el cuerno de alarma que traía en la cintura.

Con un aleteo grácil, la badrona aminoró la marcha y se posó en la almena, a su lado. Sila desató el mensaje del pie del ave y lo leyó. Era la badrona de Egarz Simnit. Eso quería decir que las tropas de Mabalaya habían pasado el puesto de guardia de Nine Ghelam sin que le llegaran noticias. Más probabilidades de que Nime estuviera muerta, o prisionera. Egarz, muchacho joven pero eficiente, había conseguido, sin embargo, dar algunos detalles sobre la formación y posición de las tropas.

Si salían al encuentro de las fuerzas de Mabalaya, podía contar con que las esperaría la batalla al día siguiente. La hora había llegado. Sonó el cuerno de alarma, para alertar a su hermana Baliana y a Varidene Mnatesogran.

Después de una lección de dagas eleurinas que había terminado más temprano de la cuenta porque la reina había mandado llamar a Kortuka, más para ocupar en algo la cabeza que porque lo juzgara remotamente necesario, Aorion Onite continuó su copia de la crónica de las reinas Sogar, Anarion y Dilarion. Pero no conseguía no ausentarse, no quedar con el cálamo suspendido sobre el tintero, los ojos hacia la ciudad bañada por la luz de Amberó por el ventanal.

Había ternura en el mensaje de Turog, era innegable. Y ella creía conocerlo lo suficiente ya como para creer que, de su parte, la buena intención era genuina. Pero era también evidente que semejante propuesta terrible no era, no podía ser idea suya.

Aorion creía, con la mayor parte de la ciudad, que Baricai estaba perdida. Suponía que las defensas mediocres de las tropas lubacayas bajo el reinado de Nablea Mnatesogran, que había confiado demasiado en la larga paz de sus tierras y en la vecindad con la reina Dapes, no podían resistir por largo tiempo un embate de las fuerzas mabalayas desplegadas en toda su furia. En ese punto, la sugerencia de Turog sonaba razonable: menos tiempo de resistencia ante lo que ya era inevitable implicaba, tal vez, preservar vidas de ambos bandos. La de Turog, la de su hijo y la propia entre ellas.

Aun así, la idea de, en resumidas cuentas, entregar la ciudad al enemigo para asegurar su propia supervivencia continuaba resultándole repulsiva.

Sin embargo, cuando Dala, al escuchar el cuerno que alertaba sobre el llamado a las tropas de la ciudad, dejó temprano el scriptorium, Aorion tapó su cuerno de tinta, limpió sus herramientas con parsimonia, atravesó el silencio de la sala vacía hacia la biblioteca, y se quedó de pie frente al estante donde, enrollados y dentro de sus vainas protectoras, en un orden discutible que nadie se había tomado el trabajo de organizar mejor, dormían al menos dos siglos de mapas recopilados para las Mnatesogran.

Extendió la mano hacia la primera vaina. Pero se contuvo. Y volvió con paso rápido a su mesa de trabajo, a continuar la copia de su crónica.

Sólo las Iniciadas tenían permiso de asistir al nacimiento de las reinas Mnatesogran. Desde que Nablea había comenzado a sentir los dolores que anticipaban el parto, dentro de su habitación habían quedado sólo Baliana Ambram, Ihiuro Simnite, Bibena Emante y Kortuka Agarien.

En la antesala, de pie, enfrentados uno a cada lado de la habitación, evitando mirarse, esperaban Varidene Mnatesogran, el cabello muy corto en señal de luto por su hermano Eridenz, y Pradmer Righitz, el suyo al rape por dos de las suyas, cuya muerte había llegado como noticia en las alas de una badrona esa misma mañana. Eventualmente, tras mucha espera, Pradmer se sentó en el suelo, contra la pared. Varidene permaneció inmóvil.

—¿Cómo está Dilarion? —preguntó en algún momento Pradmer, sin levantar la vista del suelo.

—No mejor que nosotros. Aunque todavía le quedan lágrimas.

—Entiendo.

El sonido del cuerno de Sila Ambram se escuchó apenas desde adentro de la antesala de Nablea. Varidene y Pradmer se miraron.

—¿Eso fue…?

Pradmer le indicó silencio con un gesto. Enseguida se dejó oír el sonido de los cuernos que respondían al de Sila, a lo largo de toda la muralla.

Desde adentro de la habitación escucharon el primer llanto de Nujurduk Mnatesogran. Y Kortuka Agarien se asomó para indicarles que podían entrar, para conocerla antes de partir a la batalla.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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