La pieza diferente: cincuenta y nueve

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Los ejércitos se detuvieron, enfrentados, en los bordes de la hondonada. Varidene miró el horizonte cargado de enemigos, la promesa de sangre bajo la luz del mediodía que se acercaba. Y tomó aire. Pensó en Egara Simnite, que se abría con los suyos una buena distancia al Oeste, cubierta por las ondulaciones del terreno, para intentar llegar al campamento mabalayo mientras las tropas de Keala luchaban frente a la ciudad.  Si había alguna esperanza para Baricai esa jornada, era ella. Le deseó suerte.

Olía a hierba pisoteada por los caballos, y podía también percibirse apenas el aroma, sutil pero presente, del sudor agrio del miedo. No era el propio, sin embargo: con Treda ya a salvo en Bjurikti, y con Eridenz hecho cenizas en las ruinas de Bansena, ya no le quedaba nada para perder esa tarde.

—Iba a decirte que es un honor cabalgar contigo —le dijo Pradmer, a su lado, casi en voz baja—, pero es más que eso, Varidene. Por si llegara a morir hoy, quería decirte...

—Mejor guardar el aire para la batalla, Pradmer Righitz —lo interrumpió ella, sin mirarlo—. A las Siete les gusta prolongar el dolor de quienes están bajo su protección, y nos cubre el manto de Delero, que nos vio quebrarnos lo suficiente. Vamos a atravesar esta guerra, y la vamos a ver desde el otro lado. Los dos. No digas nada de lo que vayas a arrepentirte entonces. Por favor.

Él calló, y ella hizo sonar el cuerno.




Momentáneamente a pie, Dedemie se cubrió con el escudo para atajar el golpe con el que un caballero lubacayo intentaba ultimarla. Usó el ángulo para herir, con un golpe rápido, una pata del caballo de la guerrera que luchaba en ese momento contra Turog.

—¡Pensaba ganar ese caballo para vos, idiota! —protestó Turog, mientras aprovechaba la pérdida de equilibrio de su enemiga para rematarla y asistir a su hermana.

—¡Una mano acá, mejor! —pidió ella, pero su voz se perdió en el resonar de gritos y de metal contra metal.

La espada de Turog reverberó roja en la luz de la tarde. Encontró un espacio debajo del brazo del adversario, que descuidaba el flanco mientras se defendía de un embate de su hermana. El guerrero de Baricai cayó malherido bajo los pies de su propio caballo. Turog tomó de las riendas al animal, y cubrió a Dedemie mientras montaba.

Desde la derecha se acercó Dinalia Sfelim, espectro de Inúmare sobre el caballo que acababa de ganar, precisa y cruel con la espada.

—¡Por Anadora! —gritó Dedemie, la espada en mano. Hijos e hijas de las Ihalim, Veeklim, Sfelim y Kalim acudieron al llamado, se abrieron paso para poner en fuga a los lubacayos hacia Baricai. Turog aprovechó la ocasión para buscar en la pendiente el nuj de las Sulim que le indicara la posición de Faghad, que no mucho antes los acompañaba. Avistó su enseña hacia el Oeste, cerca de la de Meba Qualim, y un pendón que reconoció como perteneciente a los hombres de su madre Zuria Ihalim. Inquieto, se abrió camino a golpes de espada para buscarla.



Cuando Libítare se adelantó, con la idea de abrirse camino hacia la muralla acompañada de un pequeño grupo de los mejores entre los suyos, tres hombres fuertes de Lubacay, a caballo, rodearon a Meba Qualim. Una rápida embestida de lanza, desde atrás, consiguió abrirse apenas paso a través de las placas metálicas que cubrían la loriga de la matriarca. La herida no fue profunda, pero debió abrazarse al cuello de su yegua para no caer, y perdió el cuerno con el que se iba su posibilidad de pedir ayuda.

Pensó en Lánea, que probablemente jugaría con Lale Víred en el jardín de la casa Qualim en Bjurikti. Empezaba a creer que no la volvería a ver. Vio caer por el costado, sin embargo, el brazo desmembrado de su atacante, y escuchó el grito de dolor.

—¡Meba, rápido, te cubro! ¿Estás bien? —preguntó una voz familiar.

Atrapó la correa que sostenía su cuerno, enganchada en el estribo, y se acomodó con prisa en el caballo. Hizo sonar la nota aguda y estridente, el pedido de ayuda de las Qualim, y se giró para asistir a su inesperada ayudante. Distinguió las armas de Faghad de las Sulim.

Y a poca distancia las de Feglar Kalim, uno de los hombres de Zuria Ihalim, que se acercaba al galope.

Bajo la celada frunció el ceño, y por las dudas se interpuso entre Faghad y él. Vio con alivio que, desde más lejos, se acercaba Turog Ihalim, que evidentemente había leído el mismo intento que ella.



Con los últimos destellos de Amberó, las tropas lubacayas se replegaron hacia Baricai. Pradmer debió llevar de las riendas al caballo de Varidene para apartarla de la última franja de guerreros que detenía a Mabalaya a cierta distancia del foso nuevo que rodeaba la ciudad.

—Egara falló, escuchaste las señales de alarma de su tropa más temprano. Nunca llegó al campamento. No tiene ningún sentido seguir.

—Acabo de derribar a una de las líderes, lo sé —insistió ella—. Es el momento de hacer una diferencia a nuestro favor, no el de retirarse. Hay que volver, conocemos el campo, la penumbra nos favorece.

—Las bredas ya sonaron dos veces, Varidene —dijo Pradmer por toda respuesta, cansado y furioso—. Ya no es tu decisión.

Entraron en Baricai con el tiempo justo. Desde la muralla, Baliana y Sila Ambram volvieron a hacer sonar la nota grave y estridente de las bredas, y los tres portones que protegían la ciudad se cerraron, dejando a la última escuadra de guerreros, que protegían la entrada estrecha, del lado de fuera. Sus espadas cortaron hasta que los abandonó el aliento, y no quedó de ellos más que materia para las canciones por venir.

Anaé y Aleó brillaron casi completas en el cielo sobre el campo lleno de los despojos de los muertos.



Faghad y Turog, que habían perdido hacía mucho el rastro de Dedemie, comenzaron a preocuparse cuando no la encontraron tampoco en el campamento. La buscaron primero entre las gentes que respondían a las Ihalim, luego entre las otras casas, y después entre los heridos.

Con la noche, Nablea de Lubacay había aceptado el pedido de Keala de Mabalaya de una pausa de parte de la arquería de la muralla, mientras brillaran Aleó y Anaé en lo alto, para retirar los muertos del campo, a cambio de encender también una pira consagrada a las Siete para los caídos de Baricai, y de asistir a los heridos, de haberlos. Así que, agotados los esfuerzos por encontrar a la heredera de las Ihalim entre los vivos, Turog y Faghad encendieron sendas antorchas y volvieron a buscarla entre los muertos, al campo de batalla.

—Está viva, que no la hayamos encontrado todavía no quiere decir nada —dijo Turog, para intentar tranquilizar a Faghad. Trató de sonar convencido.

Por toda respuesta, Faghad continuó iluminando el campo. Dejó que el cabello desordenado le cubriera el rostro, para que quienes levantaban los muertos para llevarlos a la pira no la vieran llorar. Turog se acercó a unos muchachitos Sfelim que levantaban cuerpos en un carro. Se sintió aliviado de saber que ellos tampoco habían visto a su hermana.

—¿Turog? Voy a necesitar que vengas —escuchó que alguien lo llamaba, desde lejos. Reconoció la voz conocida de Nígot Failim. Por un momento olvidó toda animosidad hacia el que había sido su amigo, y se acercó, todo lo rápido que el terreno embarrado de sangre y ocupado por los despojos de animales, hombres y mujeres le permitió.

—¿Dedemie?

—Creo que sí. Ese es su escudo por lo menos.

Reconoció la espada de su hermana. La mano que la había soltado no se movía, pero el surco en la tierra delataba que había hecho grandes esfuerzos para intentar, sin éxito, salirse de abajo de los cuerpos de un caballo y tres guerreros que la cubrían.

Dos de ellos llevaban las armas de Baricai. En la tercera, que había perdido el casco, y con él casi la cabeza también, que pendía apenas de parte de la carne, Turog pudo reconocer el rostro familiar de Alide Veeklim.

Extinguió su antorcha en la tierra, para dejarse libres ambas manos. Se mordió el labio, y lo encontró sucio de barro sangriento. Escupió, y se giró. A lo lejos, Faghad continuaba buscando. Iba a llamarla, pero prefirió ayudar a Nígot, en silencio, a separar los muertos, para no alarmarla antes de estar seguro.

Enredada en los arneses cruzados de su caballo y las correas de las armas del guerrero de Baricai que traía encima, inmóvil, cubierta de sangre, yacía Dedemie. Nígot pidió asistencia de otros muchachos de las Failim que lo acompañaban para mover el animal, y Turog se encargó de desenredar el cuerpo de su hermana de la maraña de correas de cuero que lo retenían.

Contuvo el aliento mientras, con dedos temblorosos, le desató las tiras que sostenían el casco y la loriga. Respiró al notar que sólo tenía una herida superficial, y que la mayor parte de la sangre no era suya. Y que su aliento era leve, pero seguía ahí.

—¡Faghad! —llamó, recién entonces.

La vio venir desde lejos, tropezar y perder la luz de su antorcha en el barro, el rostro desencajado bajo la luz de Aleó y Anaé.

—¡Vive! —aclaró.

Y Faghad, libre al fin para respirar el aire pesado de esa noche cubierta por la estela dulzona de Gukduk-hé, apuró todavía más el paso.



En el campamento, tras recibir a sus tropas, Ildei Zaelim se reunió con las cabezas de Nales en su tienda, para escuchar el reporte de la batalla. Esperó a dar la reunión por terminada para preguntar a Rena Gulim por Riorrem.

—Escuché que lo vieron caer —le había comentado Rena, ante la pregunta directa—. Deberías buscarlo entre los heridos. O entre los muertos. Supongo que era la idea, ¿verdad?

La matriarca no respondió. Se limitó a saludar con una inclinación de cabeza, y partió a buscar a su hijo. Con una tal vez demasiado estudiada calma, preguntó en cada tienda entre los arqueros de Rena Gulim que habían acudido a la batalla. Pero no consiguió dar con él entre los guerreros que se desarmaban, limpiaban sus heridas y se preparaban para la larga noche.

Así que dirigió su paso, firme pese a la edad, hacia las tiendas donde las médicas atendían a quienes habían padecido demasiado en la batalla para pasar la noche donde siempre. Ya Anaé comenzaba a ocultarse, y llegaba el olor a chamusquina de las piras encendidas.

Le volvió a la memoria la imagen de una fogata en honor a Guria la Fértil, al inicio de una primavera muchos años atrás. De la música de glarios y trompas, y el olor bueno de la carne cocida de los animales sacrificados a la diosa. Y la risa inocente, destemplada de Riorrem, que tendría por entonces unas ocho o nueve primaveras, mientras correteaba alrededor del fuego, marcando el ritmo con un tambor que le pendía del cuello.

Intentó alejar la imagen de su mente, mientras pasaba sin mirar entre las interminables filas de tiendas de las tropas de las libres de Brenales.

Pero la otra imagen, detrás de esa, imaginar a Riorrem, que empezaba a envejecer, con la vestimenta de un simple arquero plebeyo, pálido sobre una pila de madera seca y de otros cuerpos, mientras el fuego empezaba a lamer su pelo entrecano, le era todavía más cruel. Tuvo que detenerse, y apretarse el entrecejo con el índice y el pulgar para ahuyentarla. “Estás envejeciendo, Ildei Zaelim”, se repitió.

Consiguió juntar calma y entereza para preguntar cuando llegó a las tiendas de las médicas. No la suficiente para ocultar del todo bien el alivio cuando descubrió, en uno de los puestos donde atendían a los caídos de la infantería plebeya, el sitio donde yacía, herido, su hijo.

Lo encontró dormido pese al barullo que inundaba el campamento, tapado con una pesada manta de lana y temblando ligeramente, pese a que la noche era cálida.

—Perdió mucha sangre —explicó, en voz baja, la joven aprendiz plebeya que cuidaba de él y de otros cinco arqueros—. Lo hirieron en el brazo derecho, no puede moverlo. Y lo arrolló un caballo de Baricai. Es admirable que haya podido volver.

—¿Se repondrá?

La muchacha se encogió de hombros.

—Si las Siete lo disponen. No volverá a tensar el arco en esta guerra, eso sí.

—¿Podrás buscar a Rilene Haelim?

—Asumo que estará cuidando de Ghiri, cabeza de las Troelim, que también fue herida en el combate, no sé si querrá venir a ver a un arquero plebeyo.

—Basta decirle que la llama Ildei Zaelim. Este que yace aquí es mi hijo, y quiero que lo vea ella. No es por desmerecer tus cuidados, pero confío más en mi médica de Nales.

—Disculpas, Señora, no la reconocí en la penumbra, y no sabía... —masculló la muchacha, avergonzada.

—Disculpa aceptada. Pero quiero hablar con Rilene, ¿podrás traerla?

La joven asintió y salió, apresurada, a cumplir con el encargo. Ildei se sentó en la tela que cubría el suelo, al lado de las mantas en las que descansaba Riorrem. Le corrió el cabello de la frente empapada de sudor, y él entreabrió los ojos.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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