La pieza diferente: cincuenta y dos

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De un tirón, con la mano izquierda, Varidene Mnatesogran se arrancó la flecha clavada en su muslo izquierdo, y la arrojó lejos. Probó mover la pierna: le dolía, pero no necesitaría dejar de cabalgar para recuperarse.

Pensó en Dilarion, que por orden suya había permanecido en Baricai, pese a haber insistido tanto en acompañarlos. En lo difícil que sería darle la noticia.

Pensó en su madre, la reina Nablea, que había insistido bastante en que Eridenz no debía ir en esta expedición. Y se le cerró algo en el fondo del vientre.

No había mucho que pudiera hacer ya: su hermano había quedado atrás. En el poco tiempo que había tenido para asistirlo había buscado por todos los medios la manera de sacarlo de ahí. Y cuando había visto que eso no era una opción, había tratado de calmarlo. Rápidamente había tenido que concluir, a su pesar, que Eridenz agonizaba sin posibilidades de salvación: sólo el ángulo en que permanecía sentado contra un montón de paja, y la tela con la que se había envuelto, le mantenían las tripas adentro del cuerpo. Y ya no podía mover las piernas. Él había insistido, con aire que le habría dolido bastante tomar, para que montara y continuara sin él.

Por lo menos se había cobrado la vida del guerrero que lo había herido.

El pequeño caserío de Bansena, ahora despoblado, sería la pira de su hermano. Si Delero, madre de los Inwam y de su estirpe, convencía a su hermana Auana, la que aviva los fuegos, de que les fuera propicia, se llevaría a varios otros con él.

Previendo abandonar el pueblo cuando la resistencia se tornara fútil, Varidene había mandado llenar áreas y edificios estratégicos del pueblo con paja seca. Los suyos se habían tomado el trabajo de cubrirla con lonas gruesas durante la madrugada, para evitar que la lluvia de la mañana la humedeciera demasiado. Y habían embebido trapos con gradeara, grasa y aceite de lámparas para que prendiera más rápido, y ardiera por más tiempo. Bastarían unas flechas encendidas, bien apuntadas, para que las llamas cubrieran rápidamente el poblado, y se llevaran a varios guerreros mabalayos con ellas.

Las lágrimas le nublaban la vista bajo la visera, y no podía decidirse a dar la orden. Volvió la cabeza: un grupo de guerreros los había perseguido hasta un tramo después del límite del caserío. Apuntó sus flechas, una tras otra, hasta que sólo le quedaron las dos que estaban preparadas para el fuego.

Cuatro veces dio en el blanco. Dos falló.

Una de las flechas que le devolvieron le silbó cerca de la cabeza.

Se abrió hacia el Oeste, donde las gruesas hojas altas del agtre en flor de un cultivo podían ocultarla de la vista de sus enemigos. La veintena de guerreros que todavía cabalgaba a su lado la siguió.

Antes de ordenar la retirada, había conseguido desmontar a un hombre con el escudo del nuj real, que parecía estar al mando de la tropa que había arrasado con ella y los suyos. Suponía que habría permanecido en el poblado. Conjuró entre dientes una maldición para él y para su reina. Y deseó que fuera tan cercano a Keala de las Sulim como su escudo parecía sugerir.

Dio vuelta una vez más la cabeza. El humo empezó a alzarse cerca de donde, según podía dilucidar, se levantaba el altar de las Siete en Bansena. Una de las piras que habían preparado con ramas y trapos durante la mañana, cerca de donde había caído Eridenz. Varidene entendió rápido: su hermano, que la conocía lo suficiente como para saber que su agonía la estaba deteniendo, había encendido él mismo, como había podido, el montón de trapos embebidos en alcohol que lo cubrían. Para evitarle tener que tomar la decisión.

Tomó aire, se detuvo, se cubrió del viento y de sus enemigos con el escudo y encendió con un ensayado movimiento de chispero su flecha. Levantó el brazo y gritó “gal-Inwam”, la señal convenida. Varios otros, que guardaban también flechas incendiarias para este momento, hicieron otro tanto. Al segundo grito de “gal-Inwam”, todos dejaron ir de sus manos el fuego, una docena de estrellas fugaces en el aire de la mañana.

Las llamas engulleron muy rápido el pueblo, mientras ellos emprendían la retirada. Escuchó a lo lejos el cuerno de llamada a las tropas mabalayas. Los pocos que todavía la perseguían deberían retroceder: ya no tendrían que preocuparse por ellos tampoco. Varidene y los suyos volvieron, con un trote más calmo, al camino ancho que llevaba a la capital.

Quiso secarse los ojos, instintivamente, pero el brazal le chocó contra la visera del casco. Maldijo en voz baja, apretó los párpados para hacer caer las lágrimas y aclararse la vista nublada, y volvió el torso y la cabeza hacia el caserío, que crepitaba con furia.

Quizás ya lo hubieran cubierto las llamas.

Seguramente ya lo habrían cubierto las llamas.

El ruido de los cascos del puñado de guerreros que le quedaban sonaba sordo en el valle. El calor inclemente de Amberó había secado hacía tiempo los últimos rastros de la lluvia de la madrugada.

Se preguntó si su madre ya sabría que Eridenz había muerto, o si se vería obligada, también, a darle la noticia. Murmuró entre dientes, por primera vez en mucho tiempo, una plegaria a Delero, para que un Inwam la relevara de semejante tarea.

Se le vino a la mente la canción que había compuesto para hacer dormir a su Treda cuando todavía no sabía ponerse de pie. Una vida atrás. La entonó con voz suave y quebrada, al compás del trote de su caballo.  

Cerrá ya tus ojos, pequeñita,
del otro lado del sueño
es cálida la luz de Amberó
en la arena del mar

Habremos de encontrarnos, pequeñita,
del otro lado del sueño,
y les cantaremos juntas
a las olas del mar

Cuando debas buscarme, pequeñita,
del otro lado del sueño
mojaré mis pies cansados
en la orilla del mar.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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