La pieza diferente: cincuenta y cuatro

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En los días que habían transcurrido desde aquella tarde en que había vuelto a intentar, tras muchos años, aprender a tensar un arco y apuntar una flecha en el jardín de Inna Arente, Aorion había tenido tiempo de sobra para arrepentirse de haber confesado sus amores a Dala Emante. La muchacha había cumplido, sí, con su promesa de discreción, pero había aprovechado cada ocasión de intimidad desde entonces para hablarle del asunto. Y en el scriptorium ahora vacío, esos días, intimidad sobraba.

En parte, si le había aceptado a Kortuka Agarien unas lecciones para defenderse con cuchillas cortas, era porque, además de resignarse a su evidente torpeza para empuñar un arco, el rato de entrenamiento a solas con su vieja amiga implicaba un tiempo lejos de la mirada de compasión de Dala, y de su interés demasiado insistente por su bienestar.

Además de que su situación exageradamente desgraciada lo tenía todo para ocupar la imaginación de una jovencita que recién comienza a padecer el tránsito de Anaé y a enterarse de la belleza de los hombres, Aorion suponía que estaba teniendo la pobre fortuna de ser la primera persona que quedaba embarazada entre las pares de Dala. Para Aorion, ese lugar lo había ocupado Kortuka, cuando de su breve entrevero con Milian Selek, en Arrena, había concebido a Arainé. Ahora las preguntas de la aprendiz de escriba le estaban dando muchos motivos para agradecer la paciencia que le habría tenido entonces la joven Iniciada.

Se había puesto a completar una copia de una vieja crónica de las reinas Sogar, Anarion y Dilarion que la vieja Siliana había comenzado, quién sabe bajo pedido de quién, sólo para tener algo en lo que fingir concentración. Había sido el único modo de escapar de la atenta buena voluntad de su compañera. Y no había resultado ser un método del todo eficiente: acababa de terminar el cuarto cuenco de té de efreda, y no sabía cómo sugerirle que no hacía falta que continuara preparándolo sin herir sus sentimientos.

—Gracias, Dala, pero creo que mejor el próximo lo tomo más tarde en la mesa, tengo miedo de terminar mojando la copia —intentó.

—Bueno, podrías hacer una pausa igual, ¿no? No sé si es bueno que estés tanto rato quieta y doblada sobre la mesa en estas condiciones. No quiero decir que no estés para trabajar, pero nadie te va a decir nada si te tomás un descanso. No yo, por lo menos, y por ahora estamos solas. Siliana no se va a enojar si vuelve y su crónica sigue inconclusa.

Aorion tomó aire, dejó descansar el cálamo en el tintero, y se esforzó por sonreír. Pobre Dala, pensó, tan molesta con sus esfuerzos por ser amable.

—Gracias. En un rato. Prefiero avanzar un poco más.

En su crónica, la reina Anarion invocaba a Delero y convocaba del otro lado del sueño a sus ocho hermanas. El primer Consejo de las Iniciadas, cuando todavía eran nueve hijas de la reina Sogar, las primeras Mnatesogran. Aorion intentó imaginar sus rostros, dormidos en un trance de Delero en la noche de los tiempos. Pero no podía visualizar sus rasgos.

En sueños, la noche anterior, había vuelto a ver el rostro de Faghad de las Sulim, que en esos días había sido incapaz de recordar. Traía con gesto tierno, de la mano, al que Aorion sabía su hijo. Se acercaban los dos juntos, con una sonrisa, a un acantilado, a la orilla del mar. Ella le daba un abrazo, y un largo beso en la frente. Pero con un gesto rápido lo empujaba a la espuma furiosa de las olas. Y Aorion no podía hacer nada para impedirlo.

No era una de las Iniciadas, y pese a traer la sangre de la reina Amnia (y por medio de ella la de Anarion Mnatesogran y la de todas las muchas reinas brujas que habían pasado entre una y la otra) jamás uno de los Inwam le había traído nada ni remotamente útil durante la noche, así que suponía que le duraba la angustia del largo mensaje que Faghad de las Sulim le había enviado.

La explicación de la Consejera Faghad había sido perfectamente razonable: no estaba especialmente preocupada por la fidelidad de Turog porque su corazón estaba en otro sitio. Si habían aceptado unirse ante las Siete había sido nada más que para salvar su vida y la de Dedemie Ihalim, que también había llegado a estar en peligro. Y si bien esa historia, en circunstancias normales, bien podría ser una trampa, en la situación presente no había un buen motivo para que la Consejera de la Reina Keala pusiera tanto empeño en buscar debajo de las piedras y trasladar a una escriba pobre, que tenía de por sí muchas chances de morir en la guerra presente de todos modos.

“Si quisiera destruirte, tengo tropas que, mientras escribo, marchan hacia Baricai. Y que están a mis órdenes. No gastaría el tiempo, el esfuerzo ni los recursos que ofrezco para sacarte de ahí, si mi idea fuera hacer lo que mi hermano Ílsitar puede hacer mucho más efectivamente. Que es lo que probablemente haría de todos modos.” Esas habían sido sus palabras exactas, y a Aorion le duraba la sensación de escarcha en la espalda que le había dejado leerlas.

La crónica hacía un silencio sobre la primera reunión de las nueve hijas de la reina Sogar del otro lado del sueño. Era un texto antiguo, de cuando los misterios de Delero aún no podían ser puestos por escrito. Así que describía a las nueve boca arriba, en círculo, sobre el pasto donde luego habría de estar la primera casa de las Mnatesogran, más tarde el palacio de Ogana, y finalmente el de la reina Mablika, en donde Aorion copiaba las palabras que alguien había hilado mucho tiempo atrás.

Su pesadilla con Faghad, su hijo y el acantilado la había despertado en mitad de la noche. Pero después había conseguido calmarse y volver a dormir. Y cuando había despertado, una nueva badrona intercambiaba gorjeos con la que esperaba enjaulada en la habitación. Esta vez, con un mensaje de Turog. Que le pedía perdón por el poco tacto del mensaje anterior, le decía que la amaba y que no quería perderla. Y que sugería que si tenía alguna posibilidad de llegar por lo menos a Isidena como mensajera, desde allí podría buscar el modo de asistirla.

Se llevó una mano distraída al vientre.

—¿Te sentís bien? —insistió Dala, que evidentemente la estaba observando.

—Sí, no te preocupes, Dala.

—¿No necesitás nada?

—No, gracias. Igual ya debería irme, me espera Kortuka Agarien.

—¿No deberías descansar?

—Bien lo dijiste antes, es crucial que aprenda a defenderme un poco, ¿no?

Dala asintió, no muy convencida. Aorion secó la página, tapó el cuerno de tinta, limpió el cálamo y cruzó el scriptorium, apurando el paso.




Kortuka había sugerido la noche, y Amberó todavía desparramaba su luz oblicua por las ventanas, pero quedaba poco del día, y Aorion suponía que su amiga ya estaría en su habitación, cercana a las de la reina Nablea. Saludó con gesto ausente al par de conocidas que cruzó en el trayecto, bastante largo, que separaba la biblioteca del ala del palacio en que se albergaban las Iniciadas que vivían en Baricai. Atravesó los dos amplios patios centrales, y bordeó el salón por la galería que lo rodeaba. En el peor de los casos, tendría que esperar un poco en la puerta.

Sin embargo, cuando la escriba llegó, ya su amiga la Iniciada la estaba esperando.

—Bueno verte temprano, Aorion —la saludó, con gesto serio—. Tendremos que terminar temprano hoy.

—¿Por qué?

Kortuka suspiró.

—No te llegó ninguna noticia hoy a la biblioteca, asumo —Aorion negó—. Varidene Mnatesogran confiaba en poder detener algún tiempo una posible avanzada de Mabalaya en Bansena. Perdió el poblado, y casi todos los guerreros que la acompañaban. Si ella sobrevivió, es porque la hija de Nablea no está hecha, para la batalla, de la misma materia que el común de los mortales.

—¿Eso quiere decir que esperamos entrar en sitio de un momento a otro?

—Es posible. Ya dieron la orden de desalojar la Serinta y demoler los techos. Habrá muchos extraños viviendo en tiendas y en las casas de la ciudad que puedan albergarlos, estos días —Aorion la escuchó en silencio, mientras Arainé se acercaba para darle un abrazo de bienvenida—. Respecto de lo nuestro, entre quienes perdieron la vida en Bansena estaba Eridenz Mnatesok, y ante la imposibilidad de recuperar el cuerpo y hacer una ceremonia completa, de todas maneras la reina Nablea convocó una despedida ante las Siete, para poder llorarlo bajo las estrellas mientras dure la poca paz que nos queda intramuros.

—Entiendo.

—No creo, Aorion. No tenés hijos, todavía.

Se sintió tentada de replicar, pero algo pesado le cerraba la garganta. Kortuka llevó a la niña a la habitación de al lado, por una puerta interna. Volvió con las dagas de madera con las que comenzarían su entrenamiento.

—Lo principal es que tu única ventaja con las dagas eleurinas estará en que tu contrincante llegue a creerte indefensa. Una vez que una guerrera entrenada te sepa armada, y pierdas el factor sorpresa, deberías tener años de entrenamiento para poder defenderte con esto.

—¿Vos podrías?

—Siempre que fuera una lucha entre dos, o a lo sumo tres, por supuesto. Pero para que eso fuera necesario, quienquiera que fuese tendría primero que haber sobrevivido a que le agote mis flechas encima, y habrás visto que mi puntería es bastante aceptable. Ante una situación de emergencia, igual, las eleurinas me permiten hacer algo como esto, sin embargo —dijo, dejó caer las dagas de madera que llevaba, y casi al unísono con el sonido de la madera que chocaba contra el piso de granito Aorion sintió el ruido de una daga real que le silbaba al lado de la oreja izquierda.

En lo que tardó en enfocar nuevamente la mirada y caer en la cuenta de qué había pasado, Kortuka apuntaba una de sus dagas directamente a su cuello, inmediatamente debajo del mentón. La otra, que había pasado al lado de su cabeza, se había clavado en el ojo de una borgo, que pastaba tranquila, pintada en un retablo sobre la pared. Aorion rió nerviosa, y Kortuka volvió a guardar sus dagas bajo las mangas de su briada.

—Notable —comentó.

—Esperemos, Aorion, que tengas tiempo en tu vida para aprender a hacerlo. Vamos a empezar con algo más fácil, igual. Pero que implica que estés mucho más cerca de tu oponente. Y que sea uno solo. Y que no espere un ataque de tu parte. Con algo de suerte, es el tipo de movimiento que puede permitirte una huida en una situación ajustada. Comencemos por atarte estas dagas en donde llevarías las reales.




La lección de Kortuka había resultado extenuante. Lo que le quedaba de energía se le había ido bajo la pálida luz de las estrellas y los ojos de las Siete, con el llanto de la reina Nablea, el de Varidene Mnatesogran, y el de muchas más que habían perdido gente cercana en la defensa de Bansena.

La muralla de Baricai se había cerrado ya, y no conseguiría hilar una excusa para que la reina Nablea la dejara partir. Perdido por perdido, había concluido mientras sonaban las últimas campanas de despedida a los caídos, prefería al menos escribirle unas palabras menos duras a su Turog, allá lejos. Decirle que lo amaba, y que hubiese querido acompañarlo, pero ya no podría salir de Baricai. Y que si las Siete querían permitir que volvieran a verse, si aceptaban su plegaria y sobrevivían ambos a la furia de Gukduk-hé que se cernía sobre ellos, tendrían un hijo que vería el reverdecer que espera, como la mañana sigue a la más larga y fría de las noches, del otro lado de la guerra.

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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