La pieza diferente: cincuenta y cinco

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En la brisa fresca de la mañana, Faghad buscó a Turog entre las tropas en marcha. Lo encontró esparciendo rombos de cobre sobre el pasto, a cierta distancia del camino, para indicarle la ruta a sus badronas, por si Aorion decidía responder.

—Dedemie las entrenó para seguir sus cardas de cobre, pero creo que nunca lo probó para una distancia mayor que unas pocas sibenas afuera de Golikti. Realmente espero que funcione. Si no responde en estos días, igual, tendré que volver a escribirle desde Isidena. Pero queda una sola badrona que sabe encontrar a Aorion en Baricai, las otras dos están con ella.

—Habrá que confiar. Las badronas son aves inteligentes, y seguro que Dedemie fue una buena entrenadora.

—No nos queda otra opción más que confiar.

—En el peor de los casos, es una escriba, no van a enviarla al combate, no corre peligro hasta tanto la ciudad no caiga. Cuando eso suceda, supongo que tendrás algunas coordenadas para buscarla.

—Algo.

—Y podemos dar sus señas a los nuestros para que no le hagan daño.

Él arrugó el entrecejo, y acomodó con el pie la última carda.

—Confiemos en las badronas de Dedemie, mejor.

Se cruzó de brazos y entrecerró los ojos, el rostro frente a frente con el de Amberó que lo cegaba. Faghad le pasó un brazo por la espalda, y lo llevó en dirección a donde ya las tropas de Ildei terminaban de aprestarse para continuar su camino.

—Acabamos de recibir un mensajero, Turog. Ílsitar está muerto —informó, sin rodeos, y con la misma calma con que había comentado la efectividad de las cardas para guiar a las badronas.

—¿Qué? Eso es terrible, Faghad, lo lamento mucho —respondió él, y le pasó un brazo sobre el hombro—¿Cómo pasó?

—Parece ser que mi hermana la reina Keala decidió que podía ser una buena idea mandarlo a explorar el camino a Baricai al frente de una tropa moderada. Llegaron hasta Bansena, un poblado pequeño a mitad de camino, y se encontraron con las fuerzas de Nablea. Vencieron, pero el pueblito ardió. Al parecer mi hermano no consiguió escapar y se quemó con él.

—No sé qué decir, Faghad. Me cuesta imaginar pasar por algo así.

—Cuando le propuse a Keala marchar a Lubacay, pensé sobre todo en ella, en Dedemie y en Riorrem. No me preocupé por Gava, que tiene la suerte ambigua de la protección de Sílik. Nunca pensé en Ílsitar. Que haya muerto de una forma tan estúpida quiere decir que mi hermana la reina tampoco, cualquier otro hijo de las Veintiuna podía haber conducido esa misión.

—Seguramente Keala no midió el peligro.

—Es territorio de las reinas brujas, hay que suponer que preverán lo que haremos. Si Lubacay se puede ganar, se puede ganar por la fuerza. Dividir las tropas no tiene sentido —había algo de furia contenida en su voz, un temblor que Turog todavía no había tenido oportunidad de escucharle—. Mi hermano era un hombre bueno, pero nunca fuimos cercanos como lo son Dedemie y vos. Creo que supe más de él por Gava que por haber compartido tiempo juntos. Ya no habrá oportunidad.

Después de una larga pausa, cuando ya estaban llegando adonde esperaban sus caballos, agregó:

—Pobre Gava, va a llorar mucho cuando lo sepa. Ella lo quería tanto.




Cerca del final del día llegaron a ver el contorno de Isidena en el horizonte. Amberó comenzaba a ocultar su rostro tras el perfil desigual de las colinas cuando los alcanzó la pequeña comitiva que llegaba desde el campamento a darles la bienvenida. A Faghad se le deshizo el pecho en alivio al ver llegar, junto con Keala, Meba Qualim y una veintena de miembros de la Guardia de la Reina, a Dedemie Ihalim. Turog hizo lo que ella no tenía libertad de hacer, y azuzó su caballo para acercarse y darle un largo abrazo.

Faghad, por su parte, desmontó, esperó a que la comitiva hiciera otro tanto, y se acercó a abrazar a su hermana la reina. Notó que Keala traía los ojos y los hombros cansados. Probablemente no hubiera podido dormir la noche anterior.

—Supe lo de Ílsitar —le dijo, mientras duraba el abrazo.

—Esto es culpa nuestra —respondió Keala, y Faghad pudo adivinar el esfuerzo por no llorar en el temblor de su voz.

—No, no es nuestra culpa, hermana —le respondió Faghad, en voz baja, al oído—. No hubiese tenido mejores chances de sobrevivir en la otra opción disponible, tampoco. No fuimos nosotras quienes elegimos vivir una guerra.

Keala la miró, asintió, y pasó a saludar cortés pero fríamente a Ildei Zaelim, que se acercaba un poco más atrás a ofrecer sus condolencias. Faghad le dio la mano a Meba, e intentó disimular el vértigo de volver a ver a su amada.

—Mis condolencias. Y cuente con que la fuerza de las Ihalim están a su disposición, Consejera —saludó Dedemie, sin dejar ver en su gesto nada que no fuese formalidad. Apenas se inclinó un poco hacia adelante para agregar, en voz baja—y supe lo de Diorde, también, me sentí muy imbécil de dejarlos solos, tan lejos. Pero mejor hablemos esto más tarde, y en privado.

—Gracias, Dedemie, heredera de las Ihalim. Que las Siete te preserven —respondió Faghad. Pero la miró a los ojos y asintió, para hacerle entender que podía dar la cita por convenida. Y dirigió su caballo unos pasos al frente, al lado del de la reina Keala, que ya encabezaba la marcha hacia el campamento y la ciudad caída.




La noche bullía en las fogatas, y Aleó y Anaé estaban parejamente encendidas por la mitad, enfrentadas en el cielo. No faltaba mucho para que estuvieran las dos completas: Ambaké habría llamado  ya a sus seis hermanas eternas, a discutir desde el cielo nocturno el devenir de los destinos humanos. Sílik jugaría con el dolor de los viejos muertos olvidados, los que ya nadie sueña, en los jardines lúgubres de Inúmare, como el niño que pisotea un hormiguero en medio de un terraplén reseco, mientras la Diosa Oscura subiría en su inquebrantable silencio, sin prisa, las largas escaleras que llevan del Inframundo a las Estrellas. Guria, la que Reverdece, habría llegado primera, y desde la luz incompleta de Aleó vería con aprobación satisfecha el crecimiento del agtre y las flores de suave efreda en los campos. Mientras tanto, Gukduk-hé felicitaría en el camino a su hermana Auana, la que enciende los fuegos, por su rápida furia en Bansena, por la partida de Ílsitar Sulim y de Eridenz Mnatesok. Y por las lágrimas con las que Delero, madre de la estirpe de ambos, los habría recibido del otro lado del sueño. La madre de los Inwam esperaría todavía un poco más entre las olas del mar, hasta que no le quedara más remedio que enfrentar a sus terribles hermanas. Amberó, siempre última en cubrir su rostro para llegar, y en dejarlo brillar para marcar el fin del enclave de las Siete Diosas, dormiría despreocupada su sueño de oscuridad indiferente bajo la manta infinita del horizonte.

Y bajo la bóveda celeste, en el suelo, que pertenece a las que marcan la tierra con sus pasos, entre el rumor animado de las voces alrededor de los fuegos, Dedemie Ihalim atravesaba el campamento y la muralla ya inútil, para llamar a la puerta de la posada que había sido cedida en Isidena a la Consejera y a su compañía. Le abrió Ariana Gulim, que la acompañó hasta la habitación en la que, tras compartir la cena, Turog tocaba el glario, y Faghad estudiaba, en silencio, un mapa de Baricai.

Los dos se interrumpieron al verla entrar, y le dirigieron sus ojos, duros como las estrellas afuera.

—¿Se puede saber en qué estabas pensando, permitir que te envíen al frente de las tropas e irte sin siquiera pasar a vernos? —la recibió Turog.

Dedemie los miró incómoda.

—Bueno, a mí también me da gusto verlos.

Ni su hermano ni Faghad atinaron a moverse de donde estaban, así que, a falta de algo mejor que hacer con su cuerpo, Dedemie se sentó en el suelo, contra la pared, al lado de la puerta por la que acababa de entrar.

—Turog tiene razón, ¿qué fue eso? Quedamos esperando noticias tuyas. Podríamos haberte perdido. Como perdí ya a Ílsitar.

—Siento mucho lo que le pasó a tu hermano, Faghad.

—No puedo decir que lo echaré de menos, pero eso mismo duele, y ya no hay nada que pueda hacer al respecto. Ni con mi parte de responsabilidad.

—No es tu culpa, Faghad. Nada de esto es tu culpa.

—Sé que no. Pero es  mi responsabilidad, de todas maneras.

—Yo sigo sin entender qué hicimos para no merecer ni siquiera una badrona piojosa sin serga con un mensaje oficial de una línea que nos dejara tranquilos y dijera que todavía estabas viva —interrumpió Turog.

Dedemie se mordisqueó inquieta una uña quebrada antes de responder.

—Entiendo que fui yo quien los unió, pero… A ver, digamos que no me esperaba que la vida marital les sentara tan bien tan pronto —los dos la miraron sin comprender—. Los llegué a ver tocando el glario la mañana del día en que me fui. No hacía falta ser una Iniciada para ver que, de golpe, como tercera, estaba completamente de sobra.

—Eso no tiene sentido, Dedemie —dijo Faghad.

—¿Hay que entender que nos odiamos demasiado poco para tu gusto y nos castigaste por eso? A ver, ¿aceptamos unirnos ante las Siete, prácticamente sin conocernos, nada más que para salvarte el pelo, y nos culpás porque te dio celos que le dé una lección de glario?

Dedemie sintió que el aire se espesaba a su alrededor. Volvió a morderse las uñas, sin mirarlos.

—Turog, ¿puedo pedirte que me dejes un rato a solas con tu hermana?

Él asintió sin agregar más nada, y se llevó su instrumento escaleras abajo. Faghad se puso de pie, para sentarse al lado de Dedemie, abrazarla y darle un largo beso.

—Espero que las Siete no me castiguen por ello, porque pese a todo era mi hermano, pero cuando recibí la noticia de que Ílsitar había muerto, lo primero que atiné a pensar fue que al menos había sido él y no vos.

—Entonces, con Turog…

—Me cae bien tu hermano. Desde la primera noche pusimos empeño los dos en no hacernos las vidas más miserables de lo que ya son, y creo que vamos rumbo a devenir buenos amigos.

—Que comparten el lecho.

—Sí, aunque todavía no juntamos valor para consumar la unión, hay que decir.

Dedemie la miró con algo de alarma.

—Que concibieras un hijo de Turog me serviría para hacer que Nuralia considere dejar de intentar borrarte de la familia. Lo que ocurrió con tu esclava, con tu doble, debería ponerte sobre aviso.

—A ver, ¿primero me echás en cara compartir las sábanas con tu hermano, e inmediatamente después estás reprochándome no haber intentado concebir con él? Dedemie, no sé si lo notás, pero no estás siendo demasiado coherente.

—Perdón, Faghad, entenderás que la situación me saca completamente de quicio. Tardaré en acostumbrarme.

—Bueno, pero Turog y yo no estamos mejor. Sabés que jamás yací con hombre, y por bien que me caiga tu hermano, estoy lejos de desearlo. Tengo que reconocer que el solo pensar en eso me aterra. Y él no está mucho más cómodo que yo con la situación.

Se dieron la mano, en silencio. Se escuchaba el eco lejano de la música del glario, una tonada ligera para la Guardia, que compartía el pan en el comedor de la posada.

—Perdón, Faghad, no son días fáciles para nadie. Pero creo que podríamos quedarnos los tres un poco más tranquilos si ustedes dos se procuraran descendencia pronto.

—Supongo que puede esperar a que pase la guerra…

—No es seguro —Dedemie chistó, y se humedeció los labios—. No tendría que ser yo quien insista, y sé que es, para vos, un pésimo momento para tener que pensar en esto. Entenderás que me es doblemente difícil: te quiero, sé que lo que necesitás ahora es tiempo para hacerte a la idea de no ver a tu hermano Ílsitar nunca más. Y además insistirte implica pensar en que te entregues a otro, que aunque se trate de Turog, y entienda la situación, como habrás visto me hace daño. Sabemos, sin embargo, que tanto Ildei como Zuria te quieren muerta, y sin tu hermano, la única forma de que no sea tu deber dirigir las tropas de las Sulim a la batalla sería, también, ésta. Si Turog y vos se dan prisa, podemos estar alerta y protegerte un mes o dos. Por lo menos hasta tanto haya señales claras de que esperás descendencia, así podemos pedirle a Keala que te saque del combate y te reemplace por la cabeza de las Dredim o de las Fegelim. Pero no durarías un sitio entero, que por todo lo que sabemos bien podría llegar a durar dos cónclaves de las Diosas. No si implica defenderte, a la vez, de propios y ajenos.

Faghad se tomó su tiempo para responder. Cerró los ojos y se rascó la frente, como quien intenta ahuyentar una idea incómoda.

—Supongo que podrás, por la primera vez, al menos, dar algo de asistencia… Digo, no me sería tan terrible si por lo menos estuvieras ahí —sugirió finalmente.

Dedemie le soltó la mano, y la miró con alarma.

—¿Qué? No, ¿se te llevó la razón Sílik? Pobre Turog, ¿cómo voy a hacerle eso?

—¿Te preocupa más él que yo, entonces? El daño ya está hecho. La idea de unirme a Turog, después de todo, fue tuya. Y la situación será, para él, incómoda de todas formas.

—¿Y yo? ¿Es que mi incomodidad no vale? —replicó Dedemie ofendida, marcando mucho las consonantes—. Ya bastante con tener que hacerme a la idea de ustedes dos en las artes de Guria como para encima...

—¿Te va a ser menos grave imaginarlo? Más bien venís comprobando que todo lo que queda librado a tu imaginación se agranda.

Con un ligero temblor en las manos, Dedemie volvió a revisar, por un buen rato, el largo de sus uñas. Respondió en voz casi baja, atropellando las palabras unas con otras.

—Bueno, esta puede ser nuestra última noche bajo techo en mucho tiempo, ¿no? Y lo que pedís no es practicable en una carpa de campaña. Supongo que habrá que decirle a Turog que suba. Y procurar que haya mucha gradeara para los tres, si además de soportar una guerra tenemos que pasar juntos por esto también. Mejor si es un barrilito que esté especialmente fuerte.




Amberó apenas humedecía de luz el borde de las colinas cuando Turog despertó, con la boca hecha de arena, dolor de cabeza y los pies helados. Se levantó con cuidado de no mover demasiado las mantas, para no perturbar el sueño de Faghad y Dedemie, que dormían abrazadas. Buscó la jarra de agua que reposaba desde la noche anterior sobre una mesa, para tomar un buen trago y echarse un poco de líquido frío en el rostro. Con el leve ruido, Faghad se removió incómoda, y él esperó a escuchar su respiración tranquila nuevamente para, en silencio, vestirse y dejar la habitación.

Abajo, un viejo painoner preparaba ya té de efreda, y varias hogazas de pan esperaban, calientes todavía, el despertar de la fracción de la guardia de Bjurikti que aún dormía en la espaciosa posada. Tenía la fortuna de recordar poco de la noche anterior pero, de no ser porque les esperaba un largo día de cabalgata, hubiera preferido beberse otro tazón de gradeara fuerte y amarga antes que el té perfumado que se acercó a servirse. Se sentó en uno de los largos bancos vacíos, con la cabeza entre las manos, olió el vapor perfumado y se masajeó las sienes.

Una de las robustas sobrinas de Ferga Dredim, con las armas de la Guardia de la Reina, pasó tras él, lo saludó y salió a relevar a Ariana Gulim, que vigilaba la puerta de la posada esa madrugada. Ariana entró, le dio los buenos días, se sirvió un tazón de té y una rodaja de pan y se sentó frente a él, del otro lado de la mesa.

—No vi salir a tu hermana, anoche.

—Durmió en los almohadones de la antesala —mintió Turog—. Se nos hizo tarde, y supuso que no tenía mucho sentido volver al campamento de las Ihalim.

—Entiendo. No quiero entrometerme, pero poco prudente eso de beberse la noche en un barrilito de gradeara, con la jornada que nos espera hoy.

—Decíselo a Faghad, que te respaldaré y te daré la razón por completo.

Ariana rió, mordió otro pedazo de pan y lo bajó con buena parte de su cuenco de té, mientras Turog seguía mirando el suyo, indeciso, las sienes entre las manos.

—Ah, Turog, las cardas de cobre para badronas, esas con forma de rombo que quedaron en la terraza, eran tuyas, ¿no?

—Sí, ¿por qué?

—Hay una badrona que está rondando la posada por lo menos desde que yo tomé el puesto de guardia a la noche, cuando se ocultó Anaé.

Él agradeció con una inclinación de cabeza, bebió rápido un sorbo de té para sacarse el mal gusto de la boca, y subió a zancadas, de dos en dos, los escalones hasta la terraza de la posada.

Una badrona, efectivamente, volaba en círculos alrededor en el cielo lechoso de la mañana. Él la llamó con un silbido, y el ave bajó a su hombro, agradecida de ver terminado el viaje.

Desató con dedos nerviosos la serga, rebuscó la ínfima llave en sus bolsillos, la abrió y desenrolló el papel, saturado de la letra cuidada y querida de Aorion. Su escriba evidentemente había usado un cálamo especial, más fino, para poder ajustar el mensaje al poco espacio disponible, y había usado ambas caras del papel, muy delgado y todo lo largo que la serga permitía, para explayarse un poco. Turog tuvo que hacer algo de esfuerzo para leer la caligrafía diminuta en la penumbra del día naciente.

Llegando a la segunda cara del mensaje se dejó caer sentado en la terraza vacía. Cuando terminó de leer, soltó el papel entre sus piernas cruzadas y se cubrió el rostro con las manos.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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