La pieza diferente: cincuenta

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—¿Noticias de Dedemie? —preguntó Turog, apenas vio entrar a Faghad a la sala azul con un mensaje en la mano.

Ella buscó dentro de un mueble con puertas una botella de daghar, y mientras luchaba con el lacre que sostenía el tapón en su lugar respondió:

—Podemos dar por sentado que está bien, porque Keala no dijo que le haya pasado nada. Tranquilo, Dedemie es la heredera de una de las Cuatro, y además tu hermana, podemos confiar en que la mía nunca omitirá algo de esa magnitud.

—Pero ella no escribió.

—Me temo que hasta ahora no. Honestamente no la entiendo.

—Bienvenida a uno de los estados más habituales en el trato con ella. Eventualmente uno llega a acostumbrarse.

—¿Pero qué le hicimos?

Turog se encogió de hombros, y se pasó un dedo distraído por la línea de sangre seca en la palma de su mano.

—No podría saberlo. Es probable que suponga que somos nosotros los que estamos en malos términos con ella, después del tono de nuestras respectivas últimas conversaciones. ¿Sabés? con este calor no me molestaría un poco de ese daghar. ¿Se mantiene más o menos fresco ahí adentro?

Faghad asintió, le alcanzó la botella, volvió al armario y sacó otra para sí. Después se sentó en el alféizar de una de las ventanas abiertas de la sala semicircular.

—Por lo pronto, lo que no preguntaste: Keala ya tiene control sobre Isidena.

—Lo supuse.

—Como anticipó tu Aorion, Lubacay no le puso demasiado empeño a conservar esa ciudad, están poniendo claramente sus mejores esfuerzos en preservar Baricai.

Turog miró las nubes pesadas de tormenta afuera, que casi no dejaban pasar los rayos de la mañana y los pájaros que se recortaban contra la manta gris en los ventanales de la sala azul. Y bebió un largo trago de daghar. Faghad jugueteó nerviosa con un borde de su vestido, incómoda, antes de agregar:

—Espero que no lo tomes a mal, pero me tomé la libertad de responder su negativa. Después de todo, iba claramente dirigida a mí.

Él se dio vuelta con un movimiento brusco. Tosió y se golpeó el pecho, para liberar su voz del trago de daghar que lo ahogaba.

—¿Que hiciste qué?

—Tranquilo, no dije nada que pueda empeorar las cosas. Le expliqué sin entrar en detalles que lo nuestro era, digamos, un contrato entre familias para evitar un desbarajuste mayor que podía costar vidas, entre ellas la de tu hermana y la mía, pero que mi corazón está en otro sitio. Es decir, por seguridad no dejaría un mensaje sobre Dedemie y yo en las alas frágiles de una badrona, así que no le di pormenores, pero intenté ponerla más al tanto y tranquilizarla para que escuche razones. No sabía si decirte, esperaba poder contártelo con alguna buena noticia detrás —Turog se llevó la cara a las manos—pero me temo que no respondió.

—Debí preverlo.

—No, soy yo la que tendría que haberte consultado…

—Gracias, Faghad, no me refiero a tu mensaje. No has demostrado sino buena voluntad desde el momento en que puse el pie en esta torre por primera vez, te agradezco eso. Me refería a mi mensaje anterior, era obvio que podía leer otra cosa entre líneas.

—¿Le escribiste, por lo menos, o sólo recibió mi respuesta?

—No. ¿Qué podría decirle?

—Eso explica el silencio. Turog, estamos hablando de tal vez la única chance que hay de salvarle la vida. Si ya no te importa no te juzgo, pero si la querés deberías hacer algo, ¿no?

Él la miró sin decir palabra, y ella pudo entrever la angustia luchando por zafarse del gesto contenido. Por el tiempo que le lleva a una gota de lluvia caer del pelo de un nuj que se sacude, Faghad se vio teniendo que, sobre todo lo que ya le deparaba el día, consolar el llanto de su compañero. Se apresuró a intentar levantar la conversación hacia un tono más ligero.

—En fin, quién me viera, enhebrándole consejos a mi reciente esposo sobre cómo conservar a su amante, no en vano devine Consejera —bromeó, echándose para atrás y sonándose los nudillos. Turog ajustó el entrecejo y fijó la mirada en una voltereta repentinamente muy interesante en el patrón del mosaico que cubría el piso—. No me hagas caso, los dos sabemos los términos de lo nuestro: espero que como contrapartida me ayudes a calmarle los ánimos a tu hermana luego, cuando sepamos a qué vino eso de marcharse sin vernos. De la situación presente, diría que a tu lubacaya vuelvas a escribirle. Queda una de sus badronas todavía. Puedo darte una mano con eso, si querés. O una opinión, antes de que mandes otro mensaje poco prudente que termine de ofenderla. Considerá que también recibí un mensajero de Ildei Zaelim, que estará llegando con sus tropas más tarde hoy, y no hay que descartar que Keala intente enviar una avanzada a tantear el terreno en Baricai, era una de las opciones. O sea, si Aorion va a abandonar la capital de Lubacay, le queda muy poco tiempo para hacerlo. Si es que le queda. Y hay que pensar un segundo plan por si le toca permanecer en la ciudad sitiada. No te apuré antes porque hubiese supuesto que contabas con unos días más, lo siento. Dadas las circunstancias, lo mejor es mantener la calma. Y actuar rápido.



Al menos no había tenido que verlo quebrarse. Habían pensado juntos el texto del mensaje, el intento de transmitir la urgencia y la voluntad real de preservarla. Pese a la elocuente desesperación que sus gestos dejaban entrever (el temblor de las manos, las cejas tensas, la voz más baja y rápida que de costumbre), Turog había conseguido, con esfuerzo, mantener la compostura. En la sala de audiencias de la reina Keala, esperando que la comitiva de bienvenida volviera del campamento que las Zaelim habían asentado en los campos de Daino, haciendo su mejor esfuerzo por mantener el aplomo ante la perspectiva de tener que tratar con su terrible abuela (y, quizás, si sus enviadas lo conseguían, con su padre), Faghad agradeció internamente a Turog por esa deferencia.

El eco del largo corredor y de la antesala le anunció que había llegado la hora. Cerró los ojos, respiró profundo, y se puso de pie.

Ildei Zaelim entró sola, y pidió a ambas comitivas, la propia y la ajena, que esperasen afuera. Le dirigió una amplia sonrisa. Faghad hizo su mejor esfuerzo por corresponder a ella.

—Pese a lo complicado de las circunstancias, siempre es un gusto volver a verte, Faghad de las Sulim, querida nieta.

—Lo mismo digo. Bienvenida a Bjurikti. Me temo que no será una estadía muy larga esta vez, pero de todas maneras, sabés que podés sentirte en el Bjuriktalie como en casa.

—Si pudiera acostumbrarme al acento de la ciudad, al menos, esa forma tan seca de los muchachitos Fegelim o Ihalim… Por cierto, tengo entendido que aceptaste a un jovencito hijo de Zuria bajo la mirada de las Siete. Un poco temprano en tu vida para eso, si pidieras mi opinión… Pero para qué aburrirte con mis consejos de trifánida desplumada. Felicitaciones, en el fondo los amores jóvenes serán de esas cosas que duran poco y traen más dolores de cabeza que placeres, pero por algún misterio de Guria la Fértil siempre son una noticia refrescante.

—Gracias, Ildei.

Faghad la invitó con un gesto a sentarse en uno de los asientos reservados para quienes piden audiencia con la Reina, y por su parte se acomodó nuevamente en el lugar que le correspondía como Consejera, en el estrado.

—Cuánta formalidad. Debo reconocer que hubiera esperado que me recibieras en tus habitaciones, la torre de Nontima siempre me pareció tanto más agradable que esta sala que eligió tu madre para recibir a las visitantes.

La Consejera levantó la mano en un gesto calculadamente despreocupado.

—Es una formalidad, abuela, no nos olvidemos de ello. Una deferencia a las Veintiuna, eso de no dejar de subrayar que en el fondo todas las hijas de Virna somos iguales ante los ojos de las Siete Diosas.

—Pero sin embargo las Sulim no dejan su estrado alto…

—Estrado alto que ocupamos porque las Veinte nos subieron a él, no se nos olvida.

—… y las hijas de Virna son veintiuna y no veintidós porque las Praelim cayeron de su escalón de reinas a un charco de su propia sangre bajo la espada de tu bisabuela Keldre Sulim, la Despiadada.

—Una guerra de hermanas contra hermanas, sí, las Siete nos libren de volver a pasar por ello.

Ildei acusó recibo con un silencio largo, y una sonrisa a la vez más amplia y más tensa, que le deformaba las comisuras de los labios en la textura áspera de un montón de pequeñas arrugas.

—Gukduk-hé siempre tiene una guerra para ejercitar las manos de sus protegidas y cubrirlas de sangre y gritos de los hijos ajenos. Lo que me recuerda el motivo por el que estoy aquí, por cierto: los hijos de las Zaelim, las Gulim, las Haelim y las Troelim aguardan en los campos de Daino tus órdenes para marchar. Nos estacionamos ahí para que resulte más rápida la partida, si eso llegara a ser necesario.

—Muchas gracias. Y sí, será necesario tomar el camino mañana mismo. Hoy llegaron noticias de la caída de Isidena, y la única forma de asegurar que no habrá represalias e intentos de usurpar nuevamente la ciudad es avanzar sobre Baricai. La reina Keala necesitará de Nales para ello.

—Y las Veintiuna deben marchar unas junto a otras cuando las fronteras no se están quietas, lo sé. Emprenderemos juntas la marcha mañana, Faghad. ¿Algo más que desees de mí?

—Anticipé, en el mensaje que mi comitiva envió, que la reina Keala y yo solicitamos la revisión de la sentencia que el Consejo de las Zaelim aplicó sobre mi padre Riorrem, como deferencia debida a quien ha sido entregado ante las Siete a una Sulim, para más mi madre.

Ildei suspiró, y negó lentamente con la cabeza.

—Me temo que no tengo el poder de hacer eso, Faghad. Yo más que nadie estoy desolada con este estado de cosas, después de todo es de mi hijo de quien estamos hablando, carne de mi carne y sangre de mi sangre. Pero confesó haber difamado a las Zaelim ante vos, y haber puesto en peligro la delicada paz de las Veintiuna en consecuencia. Hay que agradecer en la desgracia que el súbito conflicto con Lubacay haya dado tiempo y lugar a las familias de Nales para limpiar nuestro nombre antes de que sobreviniera una desgracia peor. Sé que Riorrem no tuvo mala intención, más bien malentendió un mensaje que envié y que, me temo, fue demasiado fragmentario y poco claro para la mente de un simple hombre. En el fondo, el error fue mío. Pero la traición subsiste, abrigó la idea de una rebelión y traicionó a nuestra familia.

—Como bien señalás, es desproporcionado echar todo el peso de la ley sobre los hombros de un hombre simple que se deja llevar por Sílik. Más cuando pesa sobre las Zaelim una acusación como la que él hizo, y cuando todavía lo cubre la mirada con la que las Siete lo entregaron a mi madre.

—Me alivia el corazón tu pedido. Será un buen modo de presentar su caso ante el Consejo de las Zaelim, y puede que obtengamos así el perdón de la familia, si las Sulim aceptan que él tome en adelante el nombre de tu estirpe en lugar del nuestro. Porque, eso sí, una vez que se le ha retirado el nombre, nosotras no podemos rehabilitárselo…

—Keala no tendrá mayores inconvenientes con ello. Lo hemos hablado y estuvo de acuerdo en solicitar el perdón y, con él, su integración a la casa Sulim, para hacernos responsables de él en lo sucesivo.

El gesto de sorpresa en el rostro de su abuela fue, pensó Faghad, el primero que lucía sincero y genuino desde el inicio de la conversación. Por primera vez, Ildei parecía verse obligada a improvisar. Pero se compuso con rapidez.

—Agradezco sinceramente tus gestiones y tu buena voluntad, Faghad —replicó—. Me temo, de todas maneras, que el perdón no es mío para otorgárselo: hay que juntar al Consejo de las Zaelim, y eso será imposible antes de que el grueso de las tropas y yo estemos en condiciones de volver a Nales.

Faghad se humedeció los labios, se retiró un mechón de pelo de la cara y tomó aire para serenarse. No pudo evitar que su voz temblara un poco.

—Entiendo. Supusimos que podía ser el caso.

—Pude, sí, tomarme la libertad de permitirle venir. Supongo que el Consejo de las Zaelim no me juzgará por ello. Como alguien que ya no pertenece a las Veintiuna, deberás recibirlo en otro sitio, eso sí. Aunque ya te dije, nieta, lo que opino de la comodidad de esta sala de audiencias. Asumo que será consuelo para el pobre Riorrem no tener que conversar a esta distancia, con la altura de un estrado de por medio.

—Gracias Ildei, en verdad lo aprecio mucho. Partiremos mañana, entonces.

Se puso de pie, y le dirigió una reverencia de despedida. Ildei también se paró, y correspondió con apenas una inclinación de cabeza.

—Será hasta mañana, Consejera Faghad, que las Siete te preserven.




No tuvo tiempo para más que recibir la vianda que una painoné traía de la bodega, y de pedirle a Turog que se llevara el glario a su habitación para tener la sala azul libre, antes de que Riorrem tocara a la puerta.

—Adelante —indicó Faghad.

Él entró, cerró la puerta y se quedó de pie, a un paso del umbral, mirándola. Traía una briada raída con el emblema de la arquería de Nales bordado sobre el pecho, una tarieda que le dejaba los tobillos al descubierto, y el cabello inusualmente descuidado. Lucía, notó Faghad, más delgado, y castigado por el largo camino bajo la mirada inclemente de Amberó. Ella se acercó a abrazarlo, pero él, tras dudar y levantar los brazos, no correspondió el gesto y recibió sus brazos en silencio.

—Querías verme.

Ella lo soltó, y le indicó los almohadones para que se sentara. Riorrem accedió.

—Hice mi mejor esfuerzo por librarte de esto, pero no conseguí de Ildei más que la promesa de rever tu caso después de la invasión.

—No pueden restituirme el nombre, Faghad, no te molestes. Y no creo que revoquen el castigo. Se supone que sirvo a Rena Gulim ahora, la menor de las matriarcas de Nales, ¿sabías?

Faghad asintió.

—La tía de mi sígadim, sí. Me informé de ello. Y no, no pueden restituirte a las Zaelim, pero obtuve de Ildei la promesa de rever la sentencia a cambio de integrarte a la casa Sulim, como quien ha sido entregado a mamá, a Dapes de las Sulim.

Riorrem le dirigió una mueca sarcástica, mientras aceptaba la botella de klazheara y el pan con queso que su hija le ofrecía. Faghad abrió otra botella para sí, y se sentó a su lado.

—Para eso haría falta que Keala hija de Desfret Ihalim otorgue su consentimiento, y creo más posible que la luz de Amberó visite los calabozos de Inúmare en el Inframundo.

—La reina Keala, cosa que tendés a olvidar, es ante todo una Sulim. Hija de mi madre la reina Dapes. Y mi hermana. Por algo la Consejera soy yo, y no Nuralia Ihalim.

—Eso no cambia las cosas, Faghad, es hora de que madures un poco.

—Sí las cambia. De hecho, tengo licencia ya para solicitar eso en su nombre. Por razones obvias, mi hermana no tiene especial cariño por vos, pero sí lo tiene por mí.

Riorrem la miró en silencio, sin decir palabra. Tomó un largo trago de klazheara, y comió en silencio. Faghad lo miró hacer, plegada sobre sí y abrazada a sus rodillas, sin tocar su botella.

—La klazheara y los quesos del Bjuriktalie serán tanto mejores que la gradeara aguada y las galletas con carne salada de la tropa de Rena Gulim, pero imagino que no me hiciste venir hasta acá para verme comer.

—Quería verte. Y pedirte perdón. Honestamente no imaginé que Ildei fuera a descargar su furia conmigo en vos. Imaginé, sí, que tendrías algún problema como consecuencia de haberme puesto sobre aviso, pero nunca esto.

Riorrem sacudió la cabeza.

—Imaginación, algo que nunca hubiese creído que fuera a faltarte, hija. Cuesta creerlo.

—Debí haberte prevenido antes de que llegaras a pisar las inmediaciones de Nales. Debí hacerte volver.

—¿Volver adónde? Me dejaste entre Ildei y Nuralia, hija.

—No es que pudiera hacer mucho más, cuando me diste a elegir entre traicionar a mi hermana y traicionarte a vos. Creo que estás evitando adrede pensar en eso. De haber elegido lo contrario,  Keala no hubiese tenido chance de sobrevivir. Vos podés, todavía, tomar mi klazheara y comer mi queso. Con la expectativa de volver al Bjuriktalie como uno de nuestra casa.

—Si es que sobrevivo a esta guerra ridícula que vos y tu hermana están llevando a los muros de las Mnatesogran, claro —Riorrem tomó otro largo trago de klazheara—. En fin. Tengo entendido que tomaste a Turog, el hijo de Zuria Ihalim, ante las Siete. Bah, mi madre Ildei se encargó de decírmelo. Y de repetirlo todas las muchas veces que estuve a tiro para escucharla, en el corto trayecto entre Daino y Bjurikti.

—Hubiese preferido que estuvieras ahí, sí.

—¿Para verte en brazos del sobrinito de Nuralia Ihalim? Gracias, paso. Preferiría que dentro de lo posible me ahorres la imagen en lo sucesivo.

—Hubiese pensado que tenías algo más de respeto por la memoria de mamá. Ella lo hubiera entendido. Siempre priorizó la paz entre las Veintiuna.

—Y murió como un animal, con espuma en la boca, no me cabe la menor duda de que por obra y arte de tu querida suegra.

—No tengo especial cariño por Zuria ni por Nuralia Ihalim. Turog, sin embargo, es un buen hombre, que tuvo la horrible desdicha de tener a Zuria por madre. Creo que, siendo la tuya alguien como Ildei Zaelim, no deberías culparlo por eso.

—Pero puedo inferir que tus amores pesaron en la decisión de dejarme ir, convencido del cariño de mi hija, a lo que dado el caso es una muerte bastante probable.

—Creo que no estás siendo justo conmigo.

Él la miró a los ojos.

—¿Vos conmigo sí?

Riorrem terminó su botella de klazheara de un trago, se puso de pie y se marchó, sin siquiera volverse para saludarla. Faghad se puso de pie, se cruzó de brazos y miró la lluvia que se abatía pesada sobre la ciudad, tras los cristales que cuadriculaban y deformaban, cerrados y mojados, la imagen. Era temprano todavía para que Amberó abandonara la bóveda celeste, pero su rostro luminoso estaba cubierto de tormenta, y empezaba a hacerse necesaria la luz de las lámparas.

Ella se quedó de pie en la penumbra, hasta que sólo fueron visibles los bordes difusos de las cosas. Entonces subió, en la casi completa oscuridad, de memoria, los escalones que la separaban de la habitación en la que Turog Ihalim tocaba bajo, para sí, su glario nuevo, a la luz de unas pocas lámparas recién encendidas.

Al verla llegar, en silencio, desde lo oscuro de la escalera, y encontrar su mirada con sus ojos tristes, él dejó enseguida el instrumento en el suelo, y se acercó a abrazarla. Y fue Faghad, entonces, abrazada a él, quien se quebró en llanto.

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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