La pieza diferente: cinco

Disfrutá del quinto capítulo de esta historia de fantasía épica. Y si te perdés entre los nombres de lugares, personajes y deidades recuperá la orientación consultando el link al final del texto. 

Miro la silueta clara de Baricai desde la ventana de mi torrecita, con su palacio redondeado subiendo la ladera de la colina Brica, recorro de un vistazo la muralla de piedra colorada que demarca la ciudad vieja y sus edificios, que se las ingenian para ser a la vez sencillos e imponentes, tal vez por lo mucho que han visto pasar bajo sus umbrales de piedra con los siglos. Algunas de esas casas vieron nacer y crecer los ojos claros de mirada oscura de Aorion Onite, hija de Mia Onite, hija de Garion Mnatesok, hijo menor de la reina Amnia Mnatesogran. Su bisabuela ilustre habrá contado entonces para compensar su posición de generaciones de hijas menores. Así que la torre en la que la delicada Aorion aprendió los secretos de la pluma y de los polvorientos códices para convertirse en una de las educadas escribas de la corte de las Mnatesogran era, hecho poco común entonces, alta e iluminada como la mía.

Ni la luz diurna que vuelve pan dorado las páginas, ni el misterio del fuego de la lámpara que hace danzar las letras para alargar los días, ni el relato apasionado de una buena maestra pueden contra el momento crítico de posar los ojos sobre aquello tantas veces imaginado. Esa imagen casi tangible que tantas noches se formó de palabras se deshace entonces con un golpe de vista, para volverse un delirio de la fiebre, irrecuperable con el paso de las horas que se suceden al despertar.

De ese modo, la Bjurikti que tanto imaginó en sus libros y en las palabras de Lena, su tutora mabalaya, se deshizo frente a los ojos cansados de Aorion Onite al ver aparecer en el horizonte la silueta monstruosa de Bjurikti llena de ángulos, de su palacio alto de líneas agresivas, de sus piedras blancas y grises y de sus ladrillos cocidos cubiertos de revoque y blanco.

Tuvo tiempo de ir absorbiendo de a poco la imagen y de borrar con ella la Bjurikti de palabras hasta que el carro cruzó el río Gamir sobre el puente, y el viejo esclavo mabalayo que la condujo hasta ahí dobló bruscamente con el camino hacia la derecha. “Vamos a entrar por la puerta del comercio”, anunció desde el pescante, con su acento seco de Golikti. Aorion suponía que era más apropiado para una visita oficial como la suya entrar por la puerta de las Hacendadas, pero estaba demasiado agotada como para discutir. Y el camino hacia la puerta de las Comerciantes era bastante más corto, había que reconocer. Conocía lo suficiente los mapas como para recordar eso. Y ya estaba llegando tarde: debía haber llegado el día anterior, y eso considerando el poco margen con el que Nablea se había decidido a enviarla.

Aquello, por cierto, había sido bastante raro. En lugar de enviar una misión diplomática enseguida, Nablea se había tomado los veintiún días que llevaba en Mabalaya convocar a las representantes de las Veintiuna Familias para elegir a la sucesora de Dapes de las Sulim. Recién cuando llegaron los pájaros mensajeros que anunciaban la elección de Keala y la fecha de la coronación, la reina había decidido enviarla. A ella, que podía ser una traductora y escriba muy eficiente, pero no tenía experiencia diplomática alguna. Sola.

Baricai estaba a cuatro jornadas de galope ininterrumpido en un carro saz de los veloces, como el que la había traído desde su última parada en Golikti. Había contado con uno entre la capital lubacaya y su primera parada en el pueblito de Bansena. A la hora de hacer noche y trasbordo en Bansena, pese a la enseña real y a la buena voluntad de los vecinos, había conseguido sólo un carro fop, pesado, no apto para el apuro que llevaba. Algo más de experiencia en los caminos le hubiera hecho notar que el optimismo del joven banseno que le aseguraba que en ese vehículo pesado podían bien pasar Isidena antes del anochecer si salían lo suficientemente temprano era, como poco, infundado, y la hubiera hecho insistir en que el saz que la había traído hasta allí la llevara un día más. Pero había confiado.

El barro del camino la había detenido varias veces, y el atardecer los había encontrado en medio de un bosquecito, donde los animales de la noche eran demasiado peligrosos para mantenerse en campo abierto, sin poder encender un fuego bajo la llovizna. Se había visto obligada a acceder a un desvío y una parada extra en Uri, un caserío de agricultores, para no quedar a merced de los nujes nocturnos.

Si bien ya de Isidena a Golikti y de allí a Bjurikti no había tenido mayores problemas y no había vuelto a detenerse más de lo previsto, el retraso había sido casi fatal: empezaba a oscurecer, y la coronación sería la mañana siguiente.

¿Por qué no la habían hecho viajar enseguida? No era lo más indicado eso de enviar la embajada de rigor tan tarde. Tampoco lo era el pronto regreso que le habían exigido. Y era extraño que la hubiesen enviado a ella, simple escriba, en vez de, por ejemplo, a Varidene Mnatesogran, que como hija de la reina hubiese sido una embajadora mucho más digna. Una que, además, ya conocía a la nobleza de Mabalaya.

Algo definitivamente no estaba nada bien. Sólo le cabía pensar que la Reina Bruja había visto algo raro respecto de este viaje. Por si ese era el caso, mejor mantener los ojos bien abiertos. Rara vez las visiones de las Reinas Brujas se equivocaban.

Pese a que Amberó besaba ya el horizonte, a que Anaé ya era completamente visible, y a que pronto los animales empezarían a salir de sus guaridas, todavía no había signos visibles de que fueran a cerrar las compuertas por la noche. Lo único que indicaba que el día estaba terminando era el hecho de que ya ningún carro dejaba la ciudad. Aunque Aorion dudaba si eso sería por la llegada de la noche, o por el simple hecho de que nadie se iba de una ciudad en la que a la mañana siguiente tendría lugar una coronación. Era de suponer que un carro liviano tenía tiempo de sobra para llegar a los poblados más cercanos a la ciudad.

Pero, reflexionó mientras observaba los rasgos severos de una jefa de guardia que revisaba con cuidado la carta y la insignia real que la identificaban como enviada de la reina Nablea, ya se había equivocado una vez.

¿Por qué ella?

La jefa de guardia la hizo bajar del saz. El trecho restante por las callecitas intrincadas de Bjurikti lo haría a pie. Le encomendó la carga a dos painoner, y le asignó como guía a una adolescente de ojos enormes y granos no mucho más pequeños, que la observaba con reverencia y no le dirigía la palabra. Una noble en su entrenamiento militar, probablemente.

Pese a su ilustre bisabuela, Aorion, nieta de un hijo de reina y fruto, por vía matrilineal, de un largo linaje de segundonas, no estaba acostumbrada a ser tratada con demasiada reverencia, así que el trato asustadizo, respetuoso y distante de la jovencita la divertía. En todo el trayecto, apenas pudo enterarse de que su guía se llamaba Ilene Sfelim, y que hacía poco más de un año que había llegado desde su Fanerina natal.

—Llegamos —informó Ilene en un hilo de voz, mientras golpeaba la aldaba de una puerta inmensa. Aorion observó la fachada de piedras rojas con un poco de sorpresa. Había oído hablar de la Casa Roja lo suficiente como para saber adónde la había llevado su joven guía.

—Creí que me hospedaría en el palacio —observó.

El alivio en los hombros tensos de Ilene cuando la puerta se abrió y la liberó de la obligación de contestar fue visible. Saludó con una inclinación de cabeza, le entregó una carta al muchacho moreno y alto que había abierto la puerta casi sin mirarlo y se perdió rápida en una de las callejuelas que rodeaban la fuente frente a la Casa Roja.

—Sepa disculparla, Ilene… Digamos que no tiene lengua fácil —observó él, con una mueca. Leyó rápidamente la carta, y se hizo a un lado para dejarla pasar—. Yo soy Turog de la casa Ihalim, y es un placer darle la bienvenida.

—No es necesaria tanta reverencia, puedes tratarme de tú —observó, después de que él hubo indicado a los esclavos que llevaran su carga por otra puerta—. Le decía a mi guía que me extrañaba que no me hubieran llevado al palacio.

—Ya recibirás una disculpa más oficial, pero dado que la coronación es mañana y que han estado llegando comitivas desde hace quince días, no quedan habitaciones dignas en el palacio para hospedar diplomacia extranjera. Pero la casa Ihalim estará honrada en alojarte.

—¿Conoces a Ilene, veo?

—Es éicadim de mi madre, sí. Pobrecita, no se halla en Bjurikti. Bien, te tocará una de las habitaciones de la planta alta. Son más luminosas.

—Y más calurosas, supongo.

—Me temo que sí.

Era probable que lo de asignarle a Turog como acompañante hubiese sido idea de su madre, Zuria Ihalim. Era probable también que hubiese sido casualidad: después de todo, no habían estado esperándola, y Turog sencillamente había estado el día anterior cerca de la puerta como para abrir cuando, por la mirilla, un esclavo había notado que podía tratarse de alguien importante. En todo caso, Aorion agradecía la compañía, y el trato diferencial que significaba en Bjurikti moverse con la familia Ihalim. Habían sido de los pocos que habían observado la ceremonia pública desde uno de los balcones adyacentes a la terraza en la que las sacerdotisas habían investido a la reina, y ahora, en lugar de sentarse a la mesa de la derecha junto con las demás comitivas extranjeras, tenía un lugar en la mesa principal del gran salón, al lado de Turog. Aparentemente, era el sitio reservado a la hermana de su acompañante, Dedemie, que se hallaba enferma y no había podido asistir.

En todo caso, conversar con Turog Ihalim le resultaba fácil. Se trataban con familiaridad y curiosidad, y le resultaba difícil, junto a él, recordar que probablemente hubiera alguna razón para sentirse inquieta con su estadía en Bjurikti.

Porque la reina  no lo habría expresado abiertamente, pero era evidente que alguna razón de inquietud había.

Turog la escuchaba con atención sonriente traducir los nombres de algunos objetos de la mesa al lubacó cuando se escuchó la señal que anunciaba el momento de ver quién sería la diosa tutelar de la nueva reina.

La sonrisa en los labios de Aorion se endureció en un rictus cuando vio la insignia de Gukduk-hé emerger del agua.


*


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Ilustración por Dolores Alcatena

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