La pieza diferente: catorce

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Era el momento indicado. El último resto de luz casi terminaba de ocultarse tras los árboles y los edificios, y el bullicio habitual que solía llegar a las ventanas de Nablea desde Baricai se había apagado casi del todo, tras el tercer toque de los cuernos. Se despidió de su hijo menor, Mablik, y de su sobrina Era, y los encomendó a su hermana Berene para quedarse sola.

Se sentó a horcajadas sobre el alféizar de mármol de una de las ventanas, cerró los ojos y trazó con sus manos finas en el aire el símbolo de Delero, madre de los Inwam, la que fluye con las olas.

Era la tercera vez en su reinado que las Cuatro Consejeras le eran insuficientes y tenía necesidad de llamar a las otras siete. Y su décimo Consejo desde que había entrado, muy joven, al círculo de las Iniciadas.

Nablea pronunció el viejo conjuro con cuidado, y volvió a trazar, esta vez sobre el mármol, los símbolos antiguos. Esperó a oler en el aire el mar lejano para decir las palabras por tercera vez, y mojó sus dedos en sus labios para trazar sobre la palma de su mano izquierda el último llamado, el que se traza sobre el agua.

Esperó a escuchar el ruido furioso de las olas, que le llegaba como un murmullo del Otro Lado, ajeno a las suaves lomadas de campos sembrados que se dejaban ver desde esa ventana, que se abría de espaldas a los ruidos del puerto de Baricai. Entonces se bajó, el cuerpo pesado y adormecido, se entregó a la diosa Delero y se dejó caer, en trance, sobre una alfombra mullida.

Cuando abrió los ojos, la habitación se había ido. No quedaban rastros del palacio ni de Baricai, la Ciudad de las Iniciadas. Era la orilla lejana del océano, del otro lado de las montañas y del sueño. La arena se escurría entre los dedos sumergidos, los acariciaba y los cubría, simple bienvenida a dos de los pocos pies vivos que pisaban alguna vez ese borde del mundo.

Cubierta de arena blanda, que opacaba y enmarañaba sus lacios cabellos rojizos, la Reina Iniciada se puso de pie. Miró el cielo, allí todavía claro, para orientarse, y se puso en camino al Sur. Ya brillaban la primera luna y la primera estrella cuando por fin el perfil del acantilado en que se encontraba la Gruta se dejó ver.

Apuró el paso. El viento le silbaba en los oídos, y sentía la oscuridad cerrarse como una manta a su alrededor. Quería adelantarse a las demás, y tener algo de tiempo a solas con la Diosa.

Llegó hasta el Primer Promontorio sin encontrar a nadie, pero cuando lo rodeó y tuvo una vista de la bahía distinguió a lo lejos el paso lento de Baliana que, quién sabe cómo, se le había adelantado.

La Diosa, evidentemente, no quería estar a solas con ella.

Aminoró decepcionada la marcha, tomó aire y se dejó ayudar por el viento, que le daba en la espalda. Desde atrás, escuchó las voces de Ihiuro y Kortuka, que la saludaban desde no muy lejos. Las esperó para caminar el último tramo en su compañía.

Adentro ardía el fuego y se escuchaban, apagadas, las voces de las Guías Ancestrales, que llegaban desde las oscuridades cavernosas que habitan los Inwam.

Baliana, Ihiuro y Kortuka se sentaron en el suelo, alrededor de la lumbre. Nablea, por su parte, esperó en la entrada. La brisa fresca del fuego de Delero le erizaba la piel. Con el tiempo había llegado a habituarse, pero recordaba bien su sorpresa en la primera Asamblea, un día caluroso como este, al aproximarse a las llamas azuladas y descubrir que eran frías como el hielo. Había tardado dos Asambleas más en perderles la repulsión y apreciar su belleza.

Observó que la joven Kortuka miraba el fuego, todavía, con un poco de aprensión. Era apenas su segunda Asamblea. Nablea adivinaba el impulso contenido de acercar la mano a las llamas.

Tres años hacía ya desde la última vez que había visto a Inurion Mnatesogran, calculó al girar un poco la cabeza y verla acercarse, como una aparición, a un par de pasos de distancia. Era la única de las Iniciadas a la que nunca había visto en otro contexto. Su rostro enjuto y apergaminado y su cabello blanco nunca se dejaban ver lejos de su pequeña fortaleza derruida en la montaña. Y allá, rara vez recibía a sus visitas. Verla a ella era caer en la cuenta de que esta vez no estaban ahí nada más que para soñar.

Baliana solía decir que algún día Inurion iba a morir, se iba a negar a pasar del Otro Lado y nadie se iba a enterar, porque iba a seguir asistiendo a las Asambleas eternamente. Pero Baliana Ambram im Nifárene, después de lo ocurrido con su madre, todavía le guardaba temor a la vieja ermitaña. Y tembló cuando la anciana se sentó con movimientos algodonados a su lado, con una inclinación cortés de cabeza por todo saludo.

—Supe que tuviste una hija —dijo directamente, sin mediar saludo ni otra cortesía, a Kortuka—. Heredará el don, además de tu nombre, sí.

—Gracias, Inurion —replicó Kortuka, convencida de que por fin la vieja estaba perdiendo la cordura—aunque mi hija tiene un nombre mucho más pacífico (1). Lleva el nombre de una flor del Norte, Arainé.

—Un nombre de paz para la paz. Y un nombre de guerra para la guerra —añadió pensativa Inurion. Y después se quedó en silencio de cara al fuego.

Rompió la incomodidad de las palabras de la vieja el saludo animado de Salmia y Ognare, que se habían encontrado mucho antes en el camino y venían especulando sobre el motivo de la asamblea. Saludaron a Nablea con sendos abrazos, dirigieron palabras sonrientes a las otras y se sentaron frente al fuego, una a cada lado de Kortuka.

Apenas había durado dos brisas el silencio cuando entraron Emera y Lubtana. Y todavía intercambiaban saludos cuando llegaron las últimas, Nuntag, Anjarion y Bibena.

Nablea esperó a que todas estuvieran en sus lugares para tomar su sitio en la ronda. Pronunció entonces las primeras palabras del Viejo Llamado, y una a una las Iniciadas fueron uniéndose para recitar con ella, cada quien su parte, hasta que el fuego se convirtió en niebla contenida, y las voces de las Guías fueron alejándose hasta desaparecer.

Contemplaron todas entonces largo rato la bruma en silencio, hasta que devino nuevamente en llamas, esta vez tibias.

Entonces Nablea, la voz quebrada, habló.

—Creo que todas habrán percibido estos días los signos por los que las convoqué hoy acá. Todas los habrán soñado. Y si no, debiera quedar claro con lo que vimos por los ojos de Delero.

—¿No hay modo de evitarlo, entonces?

Y la voz de Kortuka también sonó ahogada al preguntar.

—Esto ya no depende de nosotras, niña —replicó, cansada, Inurion, los ojos fijos en la reina—. Lo que podía evitarse ya ocurrió. Ahora es tiempo de fortificar las ciudades, y de prepararse para la guerra. Y rogar a las Diosas que esté en nuestras manos torcer el Destino por esta vez. Lo demás es cuestión de tiempo.

Nuntag, casi tan vieja como Inurion, intervino.

—No tendrías que haber enviado a la joven Onite. Todavía ni emprendió el camino de vuelta.

—Estaba ya saliendo cuando envió la badrona —respondió, intranquila, Nablea—. O eso dijo. Y no termino de ver cuál es el problema. Quise preguntárselo a la Diosa y se negó a contestarme.

Miró alrededor, buscando respuestas. Pero nadie había visto más allá en esa niebla.

*

(1)  Kortuka es un apócope de Kore Tyuka, punta de lanza (N. de la T.)

*

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Ilustración por Dolores Alcatena.

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