Libros y revistas 10 Jun 2013
La infancia como fin: el puer reivindicado

De los cómos de la lectura de ciencia ficción y de los porqués de la necesidad de seguir leyéndola y escribiéndola.

Escúchame, niño de la cueva. Encontraste un lugar donde vivir, aprendiste a ser feliz en él. Yo también. Escúchame, niño de Alicia. Te extraviaste durante años. Y luego regresaste y aprendiste de nuevo. Yo también.

Theodore Sturgeon, Más que humano.

Partamos del hecho evidente: leemos ciencia ficción. Tal vez un poco a escondidas, tal vez optemos por mencionar antes a Saer o a Houllebecq, puede que hasta repasemos mentalmente nuestra biblioteca frente a la pregunta "¿qué leés?" para encontrar el clásico más de moda (sonará contradictorio, pero yo no escribí las reglas) y dar la respuesta correcta.

Pero leemos ciencia ficción. Y, por algún motivo, creemos que ese lugar de lector vergonzante es válido, y que, por lo menos hasta ganar determinado nivel de confianza con el interlocutor, no da que admitamos que recitamos la "Letanía contra el miedo" antes de cada examen final, que nuestro educador sentimental fue Sturgeon y que basamos nuestra crítica al conocimiento científico en un pasaje de Fundación.

Ahora, este lugar vergonzante (creémelo por un ratito, no te pongás en lector orgulloso porque en el secundario te dieron Farenheit 451 o por tener Matadero cinco a la vista en tu biblioteca, sabés de lo que estamos hablando) no es ni casual ni inocente: está garantizado tanto por las condiciones del mercado editorial en nuestro país como por la misma academia que nos enseña a nombrar a Saer y Houllebecq. Resulta que, lo sepamos o no, tengamos en cuenta o no los mandatos del mercado y la academia a la hora de leer, nos creímos eso de que "la ciencia ficción pueriliza al lector". Aunque tampoco tengamos muy en claro de dónde sacamos ese enunciado.

Veamos: la puericia (según la RAE, obvio) es la edad entre la infancia y la adolescencia, esto es, entre los ocho y los catorce años. Y cuando Daniel Link nos dice que "la ciencia ficción pueriliza al lector" (más allá de su valoración al respecto), nos convierte, por más vericueto teórico que podamos hallar para rescatarlo, en niños que básicamente suspenden el mundo que los rodea e imaginan que sus juguetes se convierten en adictos a una droga que los vuelve hiperperceptivos y les tiñe los ojos de azul. Niños es siempre varones, porque sabemos que las nenas gustamos de jugar a la casita y no a la nave espacial. Por suerte, los niños cierran el libro y vuelven a ser adultos y adultas responsables con trabajo, estudios y problemas de gente grande.

Aclaramos: no es que nos deba "en tanto lectores" ofender, molestar, siquiera incomodar el lugar que a la literatura de ciencia ficción le ha dado la academia. El problema es que, más allá de nuestra voluntad, la condena está funcionando efectivamente y tiene consecuencias prácticas y tangibles.

-Constituimos un mundo joven, eminencia. En nuestra corta historia, muy pocos miembros de la alta nobleza han visitado nuestro pobre planeta. De ahí nuestro entusiasmo.

Isaac Asimov, Fundación.

Tanto en EE.UU. como en Inglaterra -los puntos centrales de la mayor parte de la CF conocida y masificada- la Edad de Oro de la CF (ese período, discutido y discutible, que va más o menos de mediados de los 30 a principios de los 50) tuvo como protagonista una serie de revistas donde efectivamente eran publicados los grandes maestros. En estas revistas aparecían fragmentos de relatos, que luego se convirtieron en novelas, y se publicaron algunos de los cuentos más conocidos del género. Hay quienes sostienen, con bastante lucidez2, que el hecho de que lo que ha circulado a nivel mundial como CF haya salido de EEUU e Inglaterra también ha condicionado y limitado la producción y circulación en otros puntos del mapa. Este eje resuena, al mismo tiempo, cada vez que alguien dice que la ciencia ficción ha dejado de existir, pero ya llegaremos ahí.

Por suerte para nosotros y nuestra propia puerilidad, llegó a Argentina el señor Francisco Purrúa, responsable de la colección Minotauro. No sólo tuvo el buen tino de adquirir los derechos de El señor de los anillos en español (¡gracias Paco!), publicar Rayuela y Cien años de soledad, sino que editó y tradujo esos clásicos que hemos encontrado en las bibliotecas de nuestros padres y cuyas tapas nos han llamado la atención desde el primer momento. Con prólogo de Borges (nuestro elitista predilecto y la cita de autoridad infalible de cada puer), editó Crónicas Marcianas y abrió el juego de la publicación de CF en nuestro país, tanto de los escritores inevitables que se dedicó a traducir, como de los autóctonos.

La experiencia de las revistas tuvo, en algún punto, su espejo en estas latitudes. Tenemos el caso de El Péndulo (editada entre 1979 y 1987), donde aquellos que constituyen aún el verdadero mundillo de la CF nacional han publicado cuentos y reseñas. O el caso más reciente de Axxon (revista virtual que se puede leer y descargar en http://axxon.com.ar), notable por su publicación continuada desde 1996. Sin embargo, no encontramos mucha más producción, y esto resulta sintomático. Por algún motivo, la masividad de las revistas del norte no se ha visto reflejada ni en producción ni en circulación en el sur, en donde el público ha sido más bien de culto, del mundillo, y en donde la accesibilidad ha sido, también, bastante más limitada al no contar ni con la venia de Hollywood, esperando meter bocado, ni con los imaginarios del macartismo de los 50.

Tal vez, como aventura Pablo Capanna, sea el mismo mercado el que contribuyó tanto a masivizar las historias de visitantes interplanetarios como a la causa de la actual falta de producción de CF en nuestro país. La masivización de un producto cultural sería siempre positiva, a nuestro criterio, si no nos sometiera a las reglas del mercado y circulación de -en este caso- la literatura popular yanqui. Lo cierto es que leer CF siempre nos ha resultado más sencillo que hablar de ella.

Siendo estudiante de Letras y una lectora empedernida de CF, me sorprende una y otra vez que habiendo tanto escrito (y tanto leído) del género que viene de EE.UU. o de Europa, la producción tanto literaria como teórica en el país sea tan limitada. Lo que no llama la atención, sin embargo, es que las Primeras Jornadas Internacionales de Ciencia Ficción, hechas con el objetivo de (cito de la segunda circular de dicho encuentro) "promocionar el establecimiento de contactos entre investigadores y docentes que trabajan en el área; así como entre los productores y consumidores del género, impulsando el intercambio de lecturas, proyectos y experiencias con representantes de distintas disciplinas científicas y artísticas" y de "contribuir a la legitimación y jerarquización de los estudios del género", hayan sido aranceladas y en los horarios a los que nos tiene acostumbrados la academia. Tener tantas horas diurnas disponibles y no preocuparse por la cuestión financiera son requisitos necesariamente mucho más pueriles y puerilizantes para los jóvenes académicos que toda la CF que hayan leído hasta el momento. Una vez más, para que la torre de marfil se abra a la cultura popular o al menos a los géneros que interpelan a las masas, éstas no deberían trabajar y tener acceso a pagar un arancel, si quieren ir a oír lo que se dice de sus propios gustos.

Resulta que esto de la poca producción teórica no tendría que llamarnos tanto la atención en un marco en el que continuamos legitimando que el conocimiento sobre todos nosotros sea producido por y para unos pocos. La auto marginalización de la academia, que reproduce las pautas del mercado (hasta que nos ocupemos de hacer otra cosa, ésta será la regla general) también facilita entonces la estigmatización del género, aún cuando sus intenciones sean o aparenten ser conciliadoras.

-No veo cómo puede ser un peldaño hacia adelante -dijo respetuoso, pero tajantemente-. Ya hacemos que se muevan cosas a distancia, y todo eso que has mencionado. Hasta sabemos lo que pasará a continuación. Todo está dispuesto de esta manera. ¿Para qué serviría eso?

Theodore Sturgeon, Granny no quiso coser.

Pero tenemos otro problema, que no se reduce a una historización efectiva o a los límites autoganados de la torre de marfil, sino a cómo revertir un proceso que nace con la idea de la masiva población infantilizada y muere con la misma muerte de la CF: los detractores. Aparentemente, un género tan reproducible, con lugares tan comunes y desde el cual se ha escrito tanto, ha dejado de ser productivo.

Lo que nos preguntamos, entonces, no es tanto por qué se ha estigmatizado a la CF (los argumentos son tan vastos como la producción literaria del género desde el '30 hasta acá) sino, más bien, por qué nos cuesta tanto reconciliarnos con ella y por qué el mundillo intelectual, incluso aquél que más le ha reconocido al género, termina por caer en el lugar común y nada inocente de la transición al siglo XXI: el futuro llegó hace rato y, dado que la ciencia no interpela más a la imaginación, la literatura de CF ha perdido cualquier afán de novedad.

Esta afirmación, además de ser un eslogan muy de moda (cuya literalidad esperamos, cada vez que salimos a la calle, que vaya más allá de la posibilidad de algunos de comprarse un iPhone), nos lleva a nosotros a preguntarnos, en tanto niños que siguen firmes en la travesía del autoestop intergaláctico, si alguien no habrá leído mal algo o necesitará un pececito Babel para entender de qué la iba el asunto del futuro que, dicen, nos rodea.

Saben que ellos, como el niño, no son libres Ursula LeGuin, "Los que abandonan Omelas".

"La literatura de la imaginación disciplinada" es una de las definiciones más aceptadas de CF. Y si bien la misma remite a los elementos más frecuentes en la estructura narrativa del género, también podemos pensar que el mismo ha sido disciplinado por los caprichos del mercado y la academia. Por otro lado, ¿qué imaginación más disciplinada que la del puer que debe permanentemente refugiar su ideario crítico en las páginas que está leyendo? Disciplinadas están la producción, circulación y condiciones de lectura de la CF y, por lo tanto, es posible que tengamos que sacar al niño varón caprichoso de donde está rumiando las tres leyes de la robótica para, indisciplinadamente, postular nuevas condiciones de lectura y producción de los géneros populares. Quienes sostienen que está todo inventado son los garantes de la disciplina de la imaginación. Parafraseando a Trotsky, el límite de la imaginación humana es un límite de clase, y la función disruptiva de un género literario necesariamente debe encontrar una vía de escape de las condiciones de su producción. Por suerte para nosotros, el mundo aún merece ser imaginado.

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