Cultura 10 Dic 2012
La industria cultural y los acuáticos expendedores de felicidad

Los oceanarios han convertido a los cetáceos en meros objetos de consumo masivo. 

Los oceanarios han convertido a los cetáceos en meros objetos de consumo masivo. Han transformado a la naturaleza en un espectáculo para grandes y chicos y se han ocupado de decantar del imaginario colectivo el debate ético en torno a la utilización de animales para obtener ganancias económicas. ¿Qué discursos funcionan detrás de esta legitimación?

¿Adónde irá a parar esta fiebre del entretenimiento? ¿Qué hará la gente cuando se canse de la televisión? ¿Cuando se canse del cine? Todos conocemos la respuesta. La gente acudirá a las actividades participativas: los deportes, los parques temáticos, los parques de atracciones. Diversión estructurada, emociones planificadas. ¿Y qué harán cuando se cansen de los parques temáticos y las emociones planificadas? Tarde o temprano, el artificio resulta demasiado evidente. La gente empezará a darse cuenta de que un parque de atracciones es una especie de cárcel, donde uno paga por convertirse en preso.

Michael Crichton

¿Puede el ser humano convertir la vida de un animal en un objeto destinado a producir ganancias económicas a través del entretenimiento? Bueno, a juzgar por la existencia de los oceanarios, sí. "Vení, vas a ser feliz", es el atractivo eslogan del acuario de Mar del Plata, un complejo administrado nada menos que por Parques Reunidos, el grupo económico español que rescató a la compañía argentina de la quiebra y se autodefine como una empresa "operadora del sector del ocio" (y no de la preservación de las especies). Si bien el debate entre los que defienden y los que denuncian estos establecimientos existe, el discurso que legitima las prácticas y ofrece un "espectáculo para toda la familia", todavía gana por goleada.

En Occidente, de un tiempo a esta parte, las cosas funcionan más o menos igual: uno nace, crece, va a Mundo Marino, se reproduce y muere. El parque de delfines y orcas es una cita clave para cualquier núcleo familiar tipo de clase media. Y es justificable: todos, hasta que finalmente lo logramos, soñamos con sacarnos la foto al lado de nuestro cetáceo favorito.

Evidentemente, a diferencia de las corridas de toros, los encierros o los circos, en la Argentina los oceanarios gozan de una aceptación general que, año tras año, miles de visitantes confirman. La sociedad, en su mayoría, ha aceptado la creación de medioambientes controlados y ha acompañado la transformación de los mamíferos marinos en objetos de consumo y entretenimiento.

Esto último, además de permitir el enriquecimiento económico de un grupo de personas, significó la "operativización" del desarrollo de la vida de los animales. A partir de la creación de estos parques temáticos, los delfines, las orcas y los lobos marinos (entre otros) vieron su tiempo escindido en base a los criterios de producción del sistema capitalista: hay horas para entrenar y horas para descansar. Tienen, de un modo u otro, "apropiada" su fuerza de trabajo.

Sin embargo, que este debate esté neutralizado y que la discusión sobre la funcionalización de las aptitudes de los animales de acuerdo a la necesidades de la industria del entretenimiento haya quedado anestesiada, no es casualidad.

Antonio Gramsci, un filósofo italiano del siglo pasado, insistió en que detrás de toda idea convenida por un grupo social, hay una ideología que la sostiene. En ese sentido, allá por 1930, acuñó el concepto de "hegemonía cultural" para explicar que el poder no sólo se ejerce por medio de los aparatos represivos del Estado (la policía, el ejército, etc.) sino que también se practica a través de la cultura. Según explica, los medios de comunicación, el sistema educativo y las instituciones religiosas, entre otros, fijan los valores, las creencias y las percepciones que va a tener una sociedad y los transforman en los estándares universales. Configuran las nociones de "bueno" y "malo" y establecen aquello que beneficia sólo a un sector como el "bien común".

De esta manera, el modo de organización capitalista va dinamitando el pensamiento crítico y sembrando en su lugar frases y concepciones sobre el mundo, funcionales a mantener el orden social vigente y evitar cualquier tipo de rebelión. Cuando lo que se controla son las ideas, la permanencia de un sistema económico y social está garantizada.

Así, en el siglo XIX, bajo la certeza de que los indígenas no tenían alma, se realizó la "Conquista del (mal llamado) Desierto" que terminó con la vida de miles de mapuches y tehuelches sin que nadie reclamara nada. De hecho, algunos de ellos fueron trasladados al Museo Nacional de La Plata con el fin de exponerlos vivos como una atracción turística. Como se puede ver, estas "ideas universales" que se cristalizan en el "sentido común", van cambiando conforme se van modificando los requerimientos para mantener el control sobre una sociedad.

En el caso de los parques marinos, las nociones alrededor de lo que está bien también están preestablecidas. La existencia de estos establecimientos encargados de "productivizar" el "tiempo libre", es fundamental para la reproducción casi ad infinitum del sistema actual. Por eso, el discurso que gira en torno a estos establecimientos no ofrece grietas a la interpretación. Tanto su estrategia de marketing como la legislación vigente contribuyen a que se construya una idea positiva y legítima de la presencia de estos lugares.

Naturaleza y naturalización

Los acuarios insisten en mostrarse a sí mismos como organizaciones preocupadas por el cuidado y la protección de los animales. "El conocimiento de los seres vivos y su medio es el único camino hacia una actitud responsable frente a la conservación del planeta", afirman desde la Fundación Aquarium, haciendo hincapié en su veta concientizadora. Exacerbar su interés por el bienestar de las especies es fundamental como contrapartida de cualquier ataque en favor de los derechos de los animales. También enfatizar (a través de sus publicidades) el carácter "familiar" y "pedagógico" de la experiencia sirve para anular cualquier pregunta sobre la calidad de vida de los cetáceos que protagonizan los shows, o bien, sobre la relación del hombre con la naturaleza.

Por su parte, la Resolución N° 351/1995 de la Secretaría de Recursos Naturales, si bien regula la habilitación de los oceanarios en cuanto a las condiciones del "medioambiente controlado", no emite opinión sobre la cantidad de horas seguidas de entrenamiento a la que es "saludable" que se exponga un ejemplar. Además, favorece a reforzar la idea de acuario como sinónimo de entretenimiento "sano y educativo" al establecer la creación de un Programa de Educación para visitantes con el fin de "estimular el interés y la curiosidad en los temas relativos a la biología y conservación de las especies y sus ambientes naturales".

Los logros obtenidos por los programas de investigación de los parques marinos, incentivados por la normativa nacional, también operan funcionalmente. En marzo de este año, Mundo Marino comunicó el nacimiento del primer cachorro de delfín concebido a través de técnicas de inseminación artificial. "El semen utilizado fue importado de los Estados Unidos, enviado por SeaWorld, con la particular característica de que era sexado, lo que nos permitió desde un principio anticipar el nacimiento de una hembra", explicaron.¿Jurassic Park? No, pero casi. Al margen de los avances que este logro puede suponer para la comunidad científica, en definitiva, se trata del uso del conocimiento para el autoabastecimiento de recursos. Mañana, la cría de delfín será la principal atracción y fuente de ingresos del acuario.

Pero la idea de que los animales "sirven" o "son funcionales" al humano ya no es tan resistida ni repudiada: Fabián Gabelli, un reconocido científico devenido en adiestrador de animales para películas, concluyó su charla TED (Tecnología, Entretenimiento, Diseño), realizada en Buenos Aires, con la siguiente frase: "La ciencia es una herramienta fundamental para que los animales trabajen en el ambiente del cine". Y, por cierto, fue aplaudido por todos.

Pero esta dinámica comercial no es nueva. Theodor Adorno y Max Horkheimer, exponentes de la Escuela de Frankfurt, ya lo habían adelantado: "Los comerciantes culturales de la industria se basan en el principio de su comercialización y no en su propio contenido". Ya no importa qué se vende, qué se compra, qué se explota o qué se consume. La forma triunfó por sobre el fondo y dio lugar, en este caso, a una especie de "espectacularización de la naturaleza".

Por eso, mientras exista un sistema que se reproduzca a través de la transformación de todo lo que encuentra a su paso en un objeto de consumo y evalúe todo lo que tiene a su alcance en base a criterios de utilidad y eficiencia, el debate en torno al contenido seguirá esperando. La discusión sobre la legitimidad de las prácticas comerciales con animales continuará, seguramente, siendo un reclamo de hippie.

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