Cultura 10 Feb 2014
El rinconcito del Sr. Muldoon

Aquellas oscuras turbas: Un monstruo colectivo, informe e invencible se despierta de vez en cuando en el corazón de la selva amazónica y se morfa todo lo que encuentra a su paso. Realmente no hay nada que se pueda hacer cuando ruge la marabunta.

La corrección

En América y África hay más de 200 especies de hormigas nómadas. Marchan todo el día y durante la noche forman vivacs, nidos construidos con sus propios cuerpos. Lo que parece una bola caótica de insectos es en realidad una construcción con reglas complejas, con cámaras y pasadizos. Son colonias enormes (¡de hasta 15 millones de individuos!) que de vez en cuando hacen marabunta: raídes cooperativos en los que salen a cazar, devorando las pequeñas alimañas desafortunadas que se cruzan en su camino.

Si bien la leyenda cuenta que si te quedás quieto te morfan a vos también, parece que sólo comen insectos y en general no matan nada más sustancioso que un lagarto o un sapo. En general, porque si hacía falta más confirmación de que Dios odia a África, resulta que ahí sí las hormigas siafu matan gente y animales grandes.

La marabunta no es lo mismo que una plaga doméstica de hormigas (aún una extrema como la de "¡Están invadiendo Europa!"). Se puede apreciar esta diferencia en los cuentos de Horacio Quiroga.

Por un lado, hay textos que se refieren a los problemas de los colonos en la selva misionera con las hormigas domésticas. Ellas son solamente una de las muchas dificultades para producir en este ambiente hostil, lo que él llama "la dura conquista del paraíso". En la selva la lucha es cruel y es mucha, y hay algo heroico en los hombres que a fuerza de ingenio y trabajo intentan domesticarla.

Por el otro, algunos cuentos hablan de "la corrección", el nombre que se da a la marabunta en la selva misionera. En "La miel silvestre", un panal de abejas y la corrección conspiran accidentalmente para matar a Gabriel Benincasa: gordo, gil y porteño. Un gran momento del relato ocurre cuando el personaje siente que le "hormiguean" los pies y las manos, pero no es una metáfora sino que realmente tiene hormigas caminándole por encima. Por otro lado, "Cacería del hombre por las hormigas" es la carta que un hombre asediado por estos insectos dirige a sus hijos. El cazador pierde su posición de dominio frente a la selva y al indio que le hace de guía, y parece estar al borde de convertirse en una presa.

Lo poético de todo este asunto de la marabunta es que de a una (o de a unas pocas) estas criaturitas son casi nada. Son el epítome de lo pequeño, lo frágil. Pero cuando juntás un par de decenas de miles, se transforman en una amenaza cualitativamente distinta, una turba letal y aparentemente invencible. Como decía ¿Napoleón? ¿Confucio? ¿Mussolini?, la unión hace la fuerza. Es sabido.

Empezamos a decir enjambre, colonia, colmena cuando el bicho pasa a ser del orden de lo "incontable" (como decía tu profe de inglés), aunque más no sea por un problema de escalas: no podemos siquiera distinguir una hormiga de otra, pensarlas como individuos.

Confróntese con la escena de Querida, encogí a los niños en la que los antedichos niños encogidos se enfrentan a una hormiga gigante (comparada con ellos). Es un monstruo, pero uno que finalmente puede ser doblegado e incluso utilizado. En cambio la marabunta se vuelve un coso colectivo, único, algo abstracto. Una masa sin cara que pasa a encarnar la fatalidad. Es una ola, es el destino, es la providencia divina, es el lado violento y destructivo del planeta. Es una invasión que hay que resistir y repeler. Es una inundación que hay que contener y desviar.

Charlton Heston contra la barbarie

Entre muchas y muy olvidables películas de clase B sobre el tema, podemos destacar el clásico de 1954 The Naked Jungle (que en español lleva el muy superior título de Cuando ruge la marabunta), dirigida por Byron Haskin y estelarizada por Charlton Heston y Eleanor Parker. El film es la adaptación de un cuento de Carl Stephenson de 1937, "Leiningen versus the ants".

En la versión original, un estanciero gringo en el Amazonas se enfrenta por primera vez a este fenómeno zoológico, que desestima como un cuco autóctono. Confiadísimo en su ingenio, que le permitió en sólo 3 años robar tierras al río, domesticar la selva y a los indios que la trabajan, Leiningen se rehúsa a escapar y se queda a defender lo suyo. Se trata de "una guerra entre el cerebro de Leiningen y 20 millas cuadradas de hormigas destructoras de vida". Único personaje real del cuento, es sumamente carismático, venerado por todos y, al final, parece vencer a la marabunta a puro huevo.

La película, en cambio, añade una historia de amor entre el hosco y endurecido Leiningen y la bella y audaz Joanna, su mail ordered bride que resulta ser prácticamente perfecta salvo por el hecho de que ha estado casada. A Leiningen le revienta porque resulta que aquí el terrateniente estuvo demasiado ocupado ingeniereando durante los últimos 15 años como para pensar en ponerla y se encuentra, a los 34, virgen y bastante inadaptado. No hay entonces solamente una lucha entre hombre y naturaleza sino también entre los Leiningen, un tira y afloja constante hasta que finalmente se enamora y entrega. Algo así como The Big Bang Theory pero con racismo. Porque los indios y su forma de vida tienen una presencia más concreta y más importante que en el cuento. Leiningen no sólo le robó las tierras al río, sino también los indios a la barbarie. Resistir la marabunta es enfrentarse a la naturaleza pero también a la superstición y al seminomadismo de sus peones. Mientras esperan la llegada de las hormigas los rumores y leyendas alimentan el suspenso, mostrándolas como una horda mirmecológica contra la que, parece, no se puede luchar.

Para el gringo Leiningen es una cuestión de principios. Se medirá con las hormigas para demostrar quién es más guapo, quién tiene más aguante. Divisa entonces una estrategia, un plan de defensa. El ingenio del estanciero se batirá con esa otra inteligencia, improbable e inasible, de los insectos que sorprendentemente se organizan, estrategizan, se ayudan, se sacrifican, se ensañan.

En la película vemos a Leiningen experimentar, tratar de conocer a su enemigo para poder destruirlo. Pero bien sabe que cuando está observando una hormiguita ese bicho insignificante poco tiene que ver con el "monstruo de dos millas de ancho y veinte millas de largo" que acecha.

Como dije, se trata de un problema de escala. Al ser la colonia una entidad compuesta por innumerables diminutos seres, cada parte es prescindible y autónoma. La marabunta actúa como un único ser pero cuenta con la ventaja de la pequeñez de sus individuos: es a la vez algo demasiado grande y demasiado chico para que un humano se enfrente a ella. Las imágenes que se usan para describirla subrayan su carácter continuo , pero los intentos fallidos de agredirla sugieren que no hay forma de hacer mella en esta quimera informe.

Así es como ninguna de las defensas de Leiningen funciona demasiado bien. Gordos disfrazados de indios golpean el suelo con palas y azadas. ¿Qué puede hacerle eso a infinitas hormigas furiosas? Las dos únicas armas efectivas son el agua y el fuego -ambas incontables. Finalmente al estanciero no le queda otra que romper los diques y devolverle al río las tierras y la fortuna que había acumulado. Pero al enamorarse de su esposa encuentra algo que hace que valga la pena sacrificar 15 años de trabajo arduo: la posibilidad de un futuro con ella. Final feliz, todos contentos.

Más cosas que te quieren comer

De la combinación entre el carácter de la marabunta de horda ciega y voraz, por un lado, y por el otro un tema con la pérdida de sí del individuo en la muchedumbre , bien podemos dar un pasito al costado y pasar a hablar del mito del apocalipsis zombie.

Es una historia que sólo se puede contar en dos momentos: o en el comienzo exacto de la epidemia o cuando la cosa ya se desmadró y los sobrevivientes son una neta minoría. Los zombies necesitan estructuralmente ser una multitud.

El relato del apocalipsis zombie conjuga varias cosas terribles. Una es obviamente el pavor de ser devorado. Algo salvaje e infinitamente voraz que promete una muerte lenta y dolorosa, el costado bien gore de sus cuerpos deshechos que preanuncian la destrucción del tuyo. Otra es el miedo a la conversión. Los zombies, como los Borg, no se reproducen: la colonia crece por asimilación. Entonces el peligro es también la pérdida de sí, de la identidad y la autonomía. La marabunta va a destruirte por completo y no dejar ni las migas, pero los zombies van a dejar algo que no sos vos. Tu cuerpo existe monstruosamente como uno de ellos. Y esa es la tercera pata. ¿Qué queda de una persona al hacerse zombie? La monstruosidad del no-muerto yace en su imposibilidad de morir, pero también en su estar y no estar a la vez, en ser y no ser uno mismo. Además de ser aterradores, los zombies son tremendamente tristes: alguien que puede estar presente y sin embargo estar ya perdido para siempre.

Hay un artículo de Cracked llamado "6 Mind Blowing Ways Zombies and Vampires Explain America", por S. Peter Davis, que básicamente afirma que los vampiros son un miedo de gente de derecha y los zombies un miedo de gente de izquierda. Si bien simplifica mucho las cosas a la hora de medir el espíritu político de cada época (no creo que baste con medirlo por quién es el presidente de turno) es una lectura muy interesante. Postula que la derecha ve a la izquierda como vampiros porque son extranjerizantes, sexualmente liberales, parasíticos. Corrompen la moral y las buenas costumbres de la familia tradicional. La izquierda en cambio ve a la derecha como zombies porque son descerebrados, violentos y consumistas que tratan de destruir a los últimos librepensadores.

Lo curioso es que este artículo está basado en otro del 2008 que propone exactamente lo opuesto: en el diario Union-Tribune de San Diego , Peter Rowe cita a su vez al profesor Peter Dendle de la Pennsylvania State University y a la bloguera cultural Annalee Newitz. Ellos consideran que los demócratas temen a los vampiros de Wall Street que desangran a la Nación, a esa bandita aristocrática, y los republicanos temen una revuelta de los pobres y excluidos. Un profesor de literaturas comparadas se atreve incluso a vaticinar un cambio en el clima político en base a las estadísticas cinematográficas. Mientras que la versión de Davis tiene sentido en un contexto político en el que la izquierda intelectualona yanqui se piensa como minoría, la de Rowe preanuncia el discurso de "somos el 99 por ciento". Si bien ambas lecturas tienen su coherencia, me inclino más bien hacia la segunda, ya que el miedo a las masas es un aspecto definitorio de las historias de zombies. Después de todo se trata siempre de un villano masivo contra un individuo o grupo muy chico. Si entre zombies la organización suele ser inexistente , también entre los sobrevivientes siempre es difícil o imposible. Nunca una cooperación bienintencionada y eficiente, nunca una mísera asamblea. A fin de cuentas la fantasía zombie no hace más que preguntarse en qué condiciones estaría bien salir a matar gente. Y la respuesta es cuando estén lo suficientemente hambrientos como para atacar. Para la gente que mira el noticiero de Andino, el apocalipsis zombie llegó hace rato.

Todo esto para decir que si todo zombie es político, entonces toda hormiga también. Estos insectos pueden ser figurados y valorados como metáfora de un modo de organización política y social, de acuerdo con orientaciones políticas variadas e incluso opuestas. En The Naked Jungle, el conflicto Leiningen vs. la marabunta se traduce en civilización vs. barbarie. En un ambiente natural en el que se metió de prepo, tarde o temprano el hombre blanco va a perder su imperio endeble sobre la selva y a los indios. Lo mismo podemos decir de los cuentos de Quiroga. El fracaso último del proyecto civilizatorio occidental no está en discusión, por más que uno pueda apreciar los vanos esfuerzos de sus últimos impulsores.

En definitiva, la diferencia sigue siendo una cuestión de escalas. La distancia que nos otorga nuestro tamaño hace que la medio mítica y medio real marabunta asuste menos que la invasión zombie imposible. Es menos terrorífico, menos cruel, sufrir un ataque "externo" que la guerra caníbal entre humanos. Incluso hay algo satisfactorio en ver cómo una marea viva arrasa con todo y deja sólo la tierra pelada.

Ojalá que cuando nos llegue la destrucción ni podamos ver venir las bocas furiosas que justa y laboriosamente van a aniquilarnos.

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