Cultura 10 Jun 2012
El rinconcito de la doctora Satler

Paleobotánica cortita y al pie.

Si bien el calendario nos dice que acá en el hemisferio sur el verano termina oficialmente el 21 de marzo, el verano termina cuando y como quiere. Hay que estar atentos y despiertos para sentir los cambios en nuestro planeta. Nada de drástico ni dramático hay en ello, alejado bien de toda la parafernalia video-televisiva. Los cambios planetarios son muy sutiles. Y aquellos espíritus sutiles son los que pueden dar cuenta de ellos. Yo sentí el fin del verano hace tres semanas (cuatro para cuando esté publicado este artículo). Era una mañana radiante. El sol bañaba con sus rayos toda la ciudad. Aquellos que residimos en el oeste de la ciudad, en los barrios de la periferia, si bien nos ubicamos en lo que el resto de la ciudad llama "el culo del mundo" porque no estamos cerca del obelisco, tenemos ciertas ventajas que en el resto de la ciudad no existen. Podemos ver el horizonte, tenemos relativamente pocos edificios y así nuestro campo visual es largo y no hay sensación de encierro. Los días con mucho sol lo vemos colarse entre los techos de las casas, los árboles, las vías del tren. Podemos sentir su presencia. Es mucho más que la delimitación del horario laboral. El sol es todo.

Ese día, decíamos, el sol lo bañaba todo, pero no quemaba. Ya no quemaba. Mientras pedaleaba en mi bicicleta por la calle campana a la altura de Salvador María del Carril, podía sentir como una leve brisa inundaba las calles, el sol daba su luz plena de la mañana y el otoño asomaba su trompa. La cualidad otoñal es el color. Es el tono. El tono ámbar del sol ya sin la fuerza veraniega pero aún presente. Entonces ahí comprendí que el verano con su fuerza vital y verde llegaba a su fin y el otoño comenzaba su lenta y armoniosa marcha. Se acerca el tiempo de la cosecha.

Seguí navegando un rato más y llegué al vivero que estaba buscando. En la primera vuelta pasé por la puerta pero no lo vi. Estaba atento en la sensación de expansión que me daba la bicicleta y el día maravilloso que tenía encima. Volví sobre mis pasos y lo advertí. Era el frente de una casa, reconvertido con un cobertizo de madera y chapas transparentes, que convertían la zona para guardar el auto en un tallercito al estilo del quincho del señor Miyagi. Así de sencillo, puro y vivo. Plantas por doquier. Todas radiantes en verdes intensos y destilando amor en cada hoja. Bajé de la bicicleta y escuché una voz que me decía que pronto ahí junto a mi habría otra persona. Esperé mientras contemplaba esta maravilla de la práctica, que rebosaba vida. Vivero era el nombre comercial. Apareció Sandra con un mate. Le pregunté por un insecticida orgánico que se me había agotado días atrás y al toque me convidó un mate y comenzamos a charlar de las plantas.

Lo principal para el crecimiento de una planta es su sustrato. Lo que no le de el suelo posiblemente no se lo de nada más. Ni suplementos ni fertilizantes, nada. Porque del suelo la planta se nutre y es el suelo el que acumula los fertilizantes y demás adimentos que luego la planta recogerá para alimentarse. Primera cuestión fundamental. Le pasé el "set up" que usé para esta camada: 40 por ciento de Tierra composteada, 25 por ciento de Humus, 15 por ciento de Turba (blanca o negra), 20 por ciento de Perlita. Me dijo que era igual a las tierras que ellos ya vendían armada. Otro mate. Me comentó que escribió un tiempo en una revista aconsejando sobre auto-cultivo. Me contó que daba cursos de cultivo orgánico y micro-huertas ahí en su casa-jardín-vivero. Imposible no seguir conversando al son que me mostraba todo su jardín. Un hermoso retrato de que otra vida en la ciudad es posible si no nos abandonamos a la existencia y adoptamos una posición activa en la construcción de nuestro propio entorno. Hablamos mucho de las plantas. De todas las plantas. De como uno empieza cultivando una cosa y luego se engancha con el cultivo como actividad, ver el crecimiento y desarrollo de otro ser vivo al son que uno lo acompaña. La vitalidad del mundo vegetal. La sabiduría y la constancia. El riego llega a convertirse en contemplación más que en una actividad. Uno empieza a sintonizar otro mundo cuando se acerca a las plantas. Quedé en visitarle algún día de sus cursos, aprender a manejar mi propia huerta y seguir mejorando como cultivador, lograr aprovechar todo el espacio que uno tiene a mano y convertirlo en un jardín. Empezar a esconder el cemento sobre capas orgánicas de seres vivos, que nacen, crecen, se reproducen y mueren, de la misma forma que lo hacemos los humanos. Las plantas están ahí desde mucho antes que nosotros. Habitan la tierra hace millones de años y fueron los que dieron vida al planeta como hoy lo conocemos. Crearon la atmósfera de oxígeno que respiramos. No es casualidad que el relato del génesis transcurra en un Jardín. En el mito de la creación judeo-cristiano, heredado de los babilonios, de los egipcios y las culturas de la medialuna fértil, las plantas como entidades tienen un lugar central. La maravilla de babilonia eran sus jardines colgantes.

Así de contento con un par de macetas nuevas y algunos suplementos para mis plantas que, la druida del vivero me confirmó que estaban por el buen camino, volví a mi casa, con el corazón hinchado por esta mañana refulgente de otoño, por este encuentro con un maestro y con la fe intacta de que el futuro de la humanidad, así como su historia, está en las plantas y en la forma que nos relacionemos con ellas de aquí en más. Si podemos usar sus millones de años de evolución para mejorar nuestra forma de vida en estos grandes maceteros desiertos que son las ciudades, entonces creo que de una vez por todas la humanidad estará haciendo un buen camino hacia delante, como guardián y protector de su más bello jardín, el planeta Tierra.

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