Cultura 10 Jun 2013
El último viaje de Omar

Un cuento espacial por Ezequiel Vila.

Esperaba escuchar cualquier voz, excepto la suya. Ese mensaje distorsionado había roto el silencio perfecto de una jornada tan tranquila como todas las de los últimos meses. Desde que salió de Titania cada día había parecido el mismo para Omar: despertar en la cucheta, ducharse, mirar el espacio infatigable esperando que se caliente el agua, buscar una herramienta entre el desorden concentrado de la cabina, observar personalmente la maquinaria, fumar un cigarrillo, revisar los procesos de la consola cada media hora, leer un rato, programar la ruta pasiva, verificar la maquinaria otra vez antes de irse a dormir. Estaba muy cerca de su destino, apenas cuatro o cinco meses al ritmo que venía, y lo peor parecía haber quedado atrás. Había sido un viaje largo y duro. Pero cuando aceptó el trabajo en la Tierra sabía que ese esfuerzo se vería recompensado, porque al llegar a Neptuno habrían pasado más de tres años y, si todo salía bien, algún día cerca del final del trayecto cumpliría 70 años, llegando así su merecida jubilación.

Ese día era hoy. A la mañana, al mirarse al espejo antes de ducharse, se había detenido en la maraña de su cabeza encanecida y había pensado que le daba un aspecto algo salvaje para un viejo de casi 70. Un rato después, revisando los programas, observó que en ese momento en la Tierra era 15 de octubre, por lo tanto nada de "casi". Pasar sus últimos días en Neptuno no sonaba mal, le gustaba la luz ténue de su atmósfera y los montes celestes en el horizonte. Incluso Nelly, uno de sus viejos romances del camino, vivía ahí. El día había seguido como todos los demás, apilando pensamientos al ritmo lánguido del manso y oscuro espacio. Hasta que sonó el pitido.

Omar, primero extrañado, miró el tablero esperando encontrar un error en los procesos o la advertencia de una avería. Solo con el segundo llamado reconoció ese sonido olvidado: era la radio. El aparato, lleno de polvo, colgaba del techo con su display de números verdes apagados marcando eternamente la misma frecuencia. Los sistemas de radio de onda eran casi una reliquia. Si bien la ley sistémica decía que eran obligatorios para todos los vehículos profesionales, la mayoría de los cargueros espaciales se comunicaban mediante los sistemas de llamada integrados al equipo de navegación, como las naves particulares. La mayoría de los conductores las montaban en su cabina y la convertían en una excusa para colgar medallitas, cintas y otras boludeces, si acaso no la olvidaban para siempre. Lo único que se escuchaba por esos canales abiertos eran las fantasías eróticas y los comentarios xenófobos de los tipos más solos del Sistema Solar. Omar estaba paralizado. Alguien en algún lugar de ese cuadrante lo estaba llamando con ese aparato primitivo. Cuando sonó la tercera vez, salió de su estupor y presionó el botón para aceptar la transmisión. La voz era inconfundible. Era la suya.

...doce, este es el protocolo de socorro del astromotor XRT 091288 con bandera terrestre. Número de identificación sistémica EA3005677813301. Se ruega a todas las naves cercanas prestar asistencia... Recording signal number twelve. This is the aid protocol from...

Cuando pudo prestar atención a las palabras entendió de qué se trataba. Era el mensaje automático de auxilio del Misionero, su primera nave. El destino había dispuesto que su nuevo conductor se accidentara cerca de su camino. Rastreó la señal y llamó a la nave. La había vendido hacía más de 30 años y era un fierro de aquellos; no le hubiera extrañado para nada enterarse de que seguía surcando el éter, aunque jamás hubiera esperado encontrarla en esta ruta ya que era una nave que no estaba preparada para viajar por las largas distancias de los planetas exteriores. El aparato continuaba enviando la señal. Unos 900.000 kilómetros lo separaban de la señal emisora. Nadie contestaba. Un mero desvío de diez o doce horas, pensó. Su llamada seguía sin ser aceptada y la intriga valía más que eso. Colgó la radio y fijó el nuevo rumbo.

Se puso un poco ansioso, quiso fumar un cigarrillo y sentarse a recordar mirando las estrellas pero no encontraba la caja en ninguna parte del caos de su cabina. El Misionero había sido su único compañero durante años terribles, cuando recién se había separado de su mujer y todavía no se resignaba a que su hijo lo mirase como a un extraño. Los viajes a Marte y a la Luna no eran tan largos como los que emprendía ahora, pero fueron suficiente para alejarlo de su familia. Ver al Misionero ahora sería como encontrarse con un viejo amigo, quizás uno mucho más íntimo que las pocas personas que a veces se acuerdan de él a lo largo y a lo ancho de todo el Sistema Solar, gentes perdidas en colonias y estaciones cuyas vidas se intersectan con la suya intermitentemente, por unos minutos, cada algunos años. Se preguntaba en qué condiciones lo encontraría. ¿Lo habrían pintado? ¿Habrían arreglado el termostato de la cabina? ¿Qué mejoras habrían introducido en esos motores de fusión para llegar hasta allí? Se hizo tarde y se acostó pensando en la nave, en su ex mujer y su hijo. Parecían ser parte de la vida de otro. El tiempo o lo que fuera que le pasara a él en las rutas del Sistema Solar, entre sus múltiples calendarios y sus flujos de vidas que se encienden y se apagan, lo había separado de esa persona para siempre.

Cuando despertó estaba a menos de una hora del lugar del que provenía la señal. El sistema de navegación marcaba un banco de asteroides en su camino, donde probablemente estaría la nave perdida. Cambió el sistema a manual y pilotó con cuidado entre las gigantescas rocas flotantes. De repente, detrás de una piedra gigantesca, en el medio de la noche eterna, apareció el Misionero. Estaba idéntico a como lo recordaba: el inmenso crucifijo plateado dibujado en la trompa negra relucía bajo los agitados rayos del Sol y los dos acoplados rectangulares parecían inmaculados. Luego de un vago instante de deslumbramiento, razonó que ese no era el aspecto de una nave asaltada por piratas o estrellada en un banco de asteroides. Volvió a llamarla con la radio y tampoco obtuvo respuesta. Estacionó a su lado, se puso el emparchado traje espacial y salió a explorarla.

De un salto aterrizó sobre el techo del Misionero y enganchó en el pico superior una de las tiras del cable que lo sujetaba a su nave; avanzó lentamente y con cuidado hacia la puerta de emergencia. Todavía recordaba el código de seguridad y no tuvo problemas para ingresar, ninguno de los dueños posteriores había cambiado la clave. El interior estaba oscuro. Como tantas veces, estiró la mano detrás del traje espacial colgado y encendió las luces de la sala de expulsión y la cabina. No esperaba encontrar a nadie vivo, pero tampoco había cuerpo alguno en la cabina ni en la cucheta. Al sacarse el traje lo invadió el dulce aroma de los asientos de cuero impregnados de tabaco y los pisos sucios de grasa. A pesar del deseo de quedarse en la embriaguez de la cabina fue al cuarto de máquinas. Todos los aparatos parecían estar en perfecto funcionamiento. Las escotillas de la maquinaria estaban cerradas, lo que significaba que nadie podía encontrarse entre los aparejos porque únicamente se cierran desde afuera. Por las dudas revisó los motores, ante la posibilidad de encontrar algo grotesco. Pero no había resto humano, todo estaba como lo recordaba. Ya que había bajado puso los equipos en marcha.

Volvió a la cabina. Ahí también todo estaba en su lugar. No entendía. ¿Cómo había llegado la nave ahí? Se dejó llevar por la costumbre y encendió el stereo, sonaba un bolero. ¿Quién había enviado la señal? Sumergido en el interrogante removió confiado un panel del techo y sacó un paquete de cigarrillos escondido. Encendió uno y pitó. Suerte que nadie los había encontrado. Si la nave funcionaba bárbaro, ¿por qué alguien la habría abandonado? Se sentó en el banquito que había comprado en el bazar de Europa y se sacó los zapatos. Permaneció pensativo unos instantes. Se levantó. El piso estaba frío, nadie había arreglado el termostato en todos esos años. Fue hasta la radio y apagó la señal de auxilio. Volvió a sentarse, se cebó un mate y observó por el parabrisas cómo se alejaba esa nave último modelo, con un cable colgando como un cordón umbilical.

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