Libros y revistas 10 Jun 2013
Divulgación, papel y pequeños propietarios

¿Cómo conocías ese datito nerd antes de internet? El soporte papel y la divulgación científica apta para todo público, en la era argentina de los científicos lavaplatos.

Amateur

Si revisamos la historia de cualquier aficionado de buena voluntad, podemos encontrar esa escena (¿fundacional?) donde consultaba, leía, coleccionaba y tal vez recortaba publicaciones referidas al objeto de su afición. Ya fuera faso, ya fuera japanimé, ya fueran ovnis, ya fueran dinosaurios.

Es que antes de que internet fuera un derecho cuasi inalienable de la humanidad toda en su conjunto global y el acceso a la televisión por cable en la Argentina no estuviera garantizado por los precios populares de la compañía de Pierri, el amateur, aquel potencial espectador de (lo que alguna vez fuera) Locomotion o aquella lectora compulsiva de Wikipedia, recurría principalmente a los medios gráficos para saciar su sed de conocimiento y de pericia. Dentro de esa paleta compuesta básicamente por revistas, encontrábamos unas que hablaban de todo un poco de lo que estuviera relacionado con las ciencias. Eran revistas de divulgación científica. Es decir, del conjunto de discursos y prácticas desarrollados para tornar el conocimiento científico accesible al público general o a los aficionados a las ciencias, los inventos, la técnica, los asuntos sociales y la exploración marciana en particular.

Estas revistas dominaban el acceso a los últimos descubrimientos científicos y técnicos escritos en fácil, a mitad de camino entre el titular de tabloide en el que el periodismo tiende a encallar y cierto elemento didactizante que permitía abrir a todo potencial lector aquello que de otra forma hubiera quedado reservado sólo para los especialistas (quienes a diferencia del aficionado, cuentan con los dispositivos de circulación de la información de la academia como papers y congresos).

Estas revistas ofrecían además algunas notas de color sobre el funcionamiento y los mecanismos de algún aparato o la explicación de los puntos centrales de una teoría más o menos de moda (caos, cuerdas, muchos mundos). También, algunas tendían a cruzar de vereda y asociar los temas científicos con las tramas de intrigas y misterios de lo conspirativo, lo sobrenatural y los platos voladores: "Secuestrados por E.T.", "Viaje al enigma de los agujeros negros", "¿Vuelven los OVNI?", "El enigma de las pirámides", son algunos asuntos que estas revistas decidieron abordar en rojo mayúsculo.

La industria de la divulgación

Con todo, durante la Argentina de los 90, estas revistas supieron circular con tiradas casi imposibles de pensar por un editor actual. En ese mercado local las más grandes fueron Muy Interesante y Conocer y Saber, que en enero de 1992 pasara a llamarse Conozca Más. Mención aparte merece Ciencia Hoy, gestada por científicos del país con un claro interés tanto en la divulgación como en la reflexión de su quehacer, en los albores de la patria menemista.

En marzo de 1989 editorial Atlántida (Para ti, Billiken, Gente, Paparazzi, El Gráfico) lanzaba Conocer y Saber con una tirada de 57.991 ejemplares mensuales, según cifras otorgadas por el Instituto Verificador de Circulaciones (IVC). Para el número de octubre de 1991, su tirada llegaba a los 206.000 ejemplares, manteniéndose en las seis cifras hasta fines de 1993. Se despedía del público argentino en septiembre de 1998 con 27.700 ejemplares por número. Pero aún con esas cifras (para hoy faraónicas) su editorial jamás la reconoció como uno de sus platos fuertes.

Si bien Muy Interesante, una franquicia europea, circula en nuestro país desde 1981, no es sino hasta 1986 que la editorial local García Ferré (Anteojito, Ser padres hoy) compra sus derechos y la imprime para moverla en Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay y Bolivia. Empezando con una tirada de 84.800 ejemplares, tiene su pico máximo de 180.489 ejemplares en agosto de 1991. En diciembre de 1999 con 38.000 ejemplares por mes, deja de ser editada por el padre de Hijitus. Sin embargo, todavía puede vérsela en los kioscos de diarios bajo la megaórbita del grupo editor Televisa (National Geographic en español, Cosmopolitan).

Pero volvamos a los números que maneja el IVC. Sumemos las tiradas de ambas revistas en, por ejemplo, agosto de 1993: 113.520 mil ejemplares de Conozca Más y 102.090 mil ejemplares de la Muy Interesante. Nos encontramos con un total de 215.610 en un mes de revistas mensuales, sólo de divulgación científica. Veinte años después, los 3000 ejemplares semestrales de Velociraptors resultan ¿un poco pobretones?, ¿demasiado indies? ¿El papel se ha vuelto un elemento arcaizante?

Análisis del discurso

Mientras que Muy Interesante siempre se limitó a refritar la versión peninsular de la revista, Conocer y Saber/Conozca Más mechaba su contenido con la infaltable review del científico argentino y varón que triunfa en el extranjero.

UN LEÓN HACIENDO TRAJES Pablo de León es el primer argentino que puede tripular un taxi aéreo. Su creación tiene adelantos que la NASA no había previsto (Conozca Más, 1993)

EL GENIO ARGENTINO DE LA VOYAGER Se llama Mario Acuña. Es astrofísico. Su trabajo hizo posible, en buena parte, el éxito de la misión (Conocer y Saber, 1991)

Ahora bien, esta matriz discursiva va más allá de la revista de divulgación y también se la puede encontrar en diarios y revistas de interés general.

EL ARGENTINO QUE CONTROLA EL VIAJE Miguel Alejandro San Martín es un argentino que desde hace 27 años trabaja en la NASA y junto a un equipo controla al rover Curiosity (El Día, 6 de Agosto de 2012)

Se las podría esquematizar más o menos de la siguiente manera: un científico argentino X triunfa en el exterior investigando Y en la institución Z. Siendo Y algo que suene a ciencia dura y Z una institución científica de máxima autoridad como la NASA. En ellas, dos valores de naturaleza completamente distinta son presentados al mismo nivel, como si compartieran la misma relevancia: el avance científico realizado y la nacionalidad del investigador. Este último casi que se convierte en un valor positivo en sí mismo habilitando la publicación del artículo. Huelen a orgullo de pequeño propietario. Las más críticas podrán resaltar que el avance científico no se ha producido en el país apelando al arquetipo del profeta desterrado: "no es bien conocido por el gran público, ni siquiera en su país natal", "una prueba irrefutable de la capacidad local de exportar talentos. O de expulsarlos".

Sin embargo, este tipo de discurso no habilita un análisis de la relación entre la historia de formación profesional de estas personas en ese mismo exterior que los consagra y el avance científico que desarrollan. Porque según este subgénero de notas, su aporte científico respondería a algo así como a una pericia argentina, una cualidad exclusiva de estas pampas que puede resistir intacta a décadas de reinserción en otra cultura, sin conexión con las destrezas adquiridas en años y años de formación académica y profesional en otro país (lo que no quiere decir que estos científicos no hagan mucho por tender lazos de cooperación con las instituciones científicas argentinas).

Parecen el blanco sobre el negro de los editoriales ochentosos de Ciencia Hoy, revista que proclamaba:

La combinación de una financiación insuficiente y la falta de continuidad tiene consecuencias más perversas que la eliminación total del apoyo a la ciencia: un sistema científico subfinanciado y arbitrario involuciona, no recluta o no retiene a los mejores y se torna mediocre, convirtiéndose en un obstáculo a toda tendencia de cambio que en el futuro trate de revertir la situación (Ciencia Hoy, febrero marzo 1989)

Durante mucho tiempo estas notas refractaron los reflejos de un sistema científico mediocre que no quiere garantizar la historia de una vocación científica desde que entra a la escuela secundaria hasta que, luego de la universidad, ingresa a las instituciones encargadas de hacer ciencia en el país. Pero por otro lado (y permítanme la cursilería) también dan cuenta de lo lejos que alguien puede llegar siendo fiel a su deseo. Pablo de León ya andaba tirando cohetes a los 9 años. Y mientras otros adolescentes seguían a sus bandas favoritas, Miguel San Martín seguía de cerca cada paso de las sondas espaciales enviadas a Marte desde el programa Viking.

De todas formas, esperamos que la actualidad del desarrollo científico en Argentina habilite relatos cada vez más felices, sobre científicos argentinos produciendo más y mejor ciencia en el país.

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