Ciencia 01 Oct 2017
Detras de escena

En el Museo Argentino de Ciencias Naturales "Bernardino Rivadavia", entre los aparatos descriptivos de la ciencia y la estética de gabinete naturalista de principio de siglo, Velociraptors visita la Colección Nacional de Invertebrados y liga una excursión por las bambalinas del Museo. 

“En los museos el criterio de conservación se basa en cajas adentro de cajas –nos explica Alejandro, antes de abrir uno de los tantos cajones de una hermosa y antigua pieza de mobiliario–. La primera es el edificio; la segunda es la habitación dentro de éste; la tercera es el armario o mueble; la cuarta caja es el cajón; la quinta (y en este caso la última) es la cajita donde yace el material colectado –concluye, mientras deja a nuestra vista una serie de bivalvos secos que yacen encajetados junto con unos cartoncitos mecanografiados con especificaciones del tipo: 6033, Atrina tuberculosa (Sow.) Guaymas, Sonora, México canje Santa Cruz Museum. 1944–. 

Estamos en el primer subsuelo del Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”(MACN) donde Alejandro Tablado, biólogo y especialista en estrellas de mar, es el curador de la Colección Nacional de Invertebrados. Entre oficinas, laboratorios, armarios y muchas cajoneras, este investigador gestiona una de las 23 colecciones en las que se clasifica el patrimonio biológico custodiado por la Institución.

La luz tenue de la mañana se filtra por los ventanales que dan al ras de la avenida Ángel Gallardo, otorgándole al lugar una atmósfera tranquila y como de recogimiento monacal. Mientras arriba de nuestras cabezas la planta baja del Museo pulula de escolares recorriendo salones, acá abajo somos unos pocos. El ruido del taconeo de nuestros zapatos retumba en esta ala subterránea de la Institución que hace los honores a todo lo que imaginamos encontrar en un gabinete naturalista de principio de siglo, pero aggiornado con equipamiento actual. Algunas compus, microscopios, polietileno, termoselladoras y cosas de laboratorio aparecen por aquí y por allá sobre mesones comunales de trabajo o en los despachos compartidos por científicos e investigadores.





A medida que Alejandro nos va mostrando el material de la colección también va explicándonos que solamente esta alberga 39.000 lotes de individuos de la misma especie que suman en total más de 450.000 ejemplares. Se trata además de una de las colecciones de fauna más diversa que tiene lugar en el Museo. Esponjas, papas, anémonas, estrellas y erizos de mar, medusas, gusanos planos, lombrices, sanguijuelas, caracoles, bivalvos, pulpos, calamares, cangrejos, camarones, langostinos y un largo etcétera conforman esta colección resguardada de manera seca y húmeda, según la técnica de conservación que se le aplique para que perduren en el tiempo.

En un frasquito como de farmacia antigua leemos “1922”. Pero el curador nos dice que los hay más antiguos y que algunos de los materiales se remontan hasta la expedición Challenger (1872-1876), la primera excursión marítima en la que el océano se convirtió en objeto de estudio, que fue organizada por los británicos y cuyo museo entregó algunos ejemplares en canje al MACN hace muchísimo tiempo atrás.





Acá las etiquetas son fundamentales ya que ponen en funcionamiento los aparatos descriptivos de la historia natural. “Indican de qué se trata la muestra –dice Alejandro–, ya que especifican dónde, cuándo y quién encontró ese ejemplar. Si yo no tengo esos datos, por lo menos el lugar de proveniencia, el material puede ser muy lindo y uno puede ver de qué especie se trata, pero aporta muy poco al conocimiento de la especie”.

La colección de invertebrados fue creciendo a la par de expediciones científicas, canjes de material con otras instituciones y donaciones hechas por coleccionistas. “Los moluscos son objetos de colección privada por su belleza, como sucede con las mariposas o los escarabajos en entomología –dice Alejandro–. De todas formas es material muy sesgado hacia ejemplares grandes o vistosos. Pero hay mucho coleccionista que cuando se cansa de lo bonito va en busca de lo raro. A la Biología muchas veces eso le interesa más. La trayectoria normal de esos ejemplares suele ser que el interesado es el coleccionista y no la familia –agrega–. Entonces cuando fallece, la familia no sabe qué hacer con todo eso que el coleccionista acumuló a lo largo de la vida. Y llama al Museo. Lamentablemente a menudo también pasa que no son donadas las mejores piezas. Hay una parte que tiene valor monetario real y que se puede colocar en el mercado”.


El Concejo Internacional de Museos los define como instituciones permanentes y sin fines de lucro que están al servicio de la sociedad y de su desarrollo. Abiertas al público general estas instituciones adquieren, conservan, investigan, comunican y exhiben testimonios materiales del hombre y su medio ambiente con propósito de estudio, educación y deleite. Así el quehacer de Alejandro, gestionar una colección, implica conservarla, estudiarla y exhibirla. Y si bien estas actividades se encuentran interrelacionadas, su orden no es aleatorio. “Lo primero es la conservación –dice–, ya que una colección no puede ser estudiada y exhibida si no es conservada correctamente. Al mismo tiempo, quien resguarda el material de las colecciones no puede hacerlo sin pensar que lo hace para que sea estudiado o exhibido. Tampoco tiene sentido exhibir objetos de los cuales no se tiene información que dé cuenta de su existencia y que sólo tenga lugar para que sean observados. Ahí podemos rastrear una diferencia con una actividad coleccionista no científica”.

El ala donde se encuentra la Colección Nacional de Invertebrados es una de las varias que componen las bambalinas del Museo. Otras colecciones zoológicas, paleontológicas, botánicas y geológicas también tienen lugar entre los pasillos medio laberínticos de este subsuelo. Cuando pensamos que nuestra visita está llegando a su fin, Alejandro nos ofrece muy amablemente recorrer algo más de este submundo que reposa cuidadosamente etiquetado en cajas, estantes y archivos. Los tamaños ya no son los de la colección de invertebrados. Los fósiles que empezamos a ver en el paisaje del subsuelo así lo demuestran. La cola de un jaguar perfectamente embalsamado se asoma por debajo de una sábana que lo cubre. Vitrinas excelsas y algo decadentes agrupan en sus estantes centenares de aves. Más adelante nos esperan pieles de pequeños mamíferos, huesos y una pared repleta de astas. El universo subterráneo del Museo es el paraíso de las rarezas de tipo naturalista.




Subimos hacia las salas de exhibición, donde nos reciben el cálido sol del mediodía invernal y las voces de docentes arriando pibes hacia la salida. Estamos por irnos pero antes hacemos la última inspección in situ de la mañana, esta vez para repasar los clásicos del Museo. Están los que elogian la desmesura de la naturaleza: el calamar con aires de kraken, la quijada descomunal de ballena franca, el cráneo de tyrannosaurus rex, la almeja gigante. Y también están los más pequeños que obran por efecto acumulativo: el doble carril de peceras, la colección geológica compuesta de un número de piedras que pareciera tender a infinito, las vitrinas con caracoles, mejillones y almejas.  

Alejandro se despide para regresar a sus quehaceres de curador nacional de invertebrados. Nosotras dejamos el Museo con su trastienda para contemplarlo por última vez pero desde afuera. El edificio es muy cuadrado, se parece a una caja.




Fotos por Agustina Jaurena



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