Cultura 11 Dic 2012
Contra la razón instrumental

Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la URRS entrenaron delfines en secreto para utilizarlos como armas de guerra. 

Tras la caída del muro, los delfines soviéticos encallaron en Parque Sarmiento con un trágico desenlace. Una genealogía para el lector, dos conjeturas para mí y una reflexión sobre el amor entre especies para todos.

Consumo noventoso y ecologismo: la falacia liberal

La década del noventa no sólo nos legó el consenso de Washington y la instauración de las políticas neoliberales en Argentina. Aquellos que se beneficiaron ampliamente con la paridad cambiaria congelada en "un peso, un dólar" identificaron la convertibilidad económica con una especie de convertibilidad cultural basada en la sencilla idea de que al emular las pautas de consumo de los norteamericanos íbamos a ser como ellos. Sencillo. Pagar para pertenecer. Pero -¡oh, triste y evidente realidad!- Tigre no es Orlando. Parque de la Costa no es Disney y Mundo Marino no es Seaworld, pese a que el nombre sea una traducción literal.

Con la apertura de la economía a las marcas extranjeras de bienes de consumo, el american way of buy se instaló sobre los prácticas de consumo de las clases altas y medias urbanas argentinas. El hecho de que las élites locales pudiesen acceder a los mismos productos que la sociedad norteamericana formó parte de un proceso que provocó una ilusión de identidad con dicha cultura. Esto fue clave en tanto que este mecanismo funcionó en sectores que constituyeron su identidad (individual y de clase) a partir de sus hábitos de consumo. Se asumen como lo que consumen. Creen que son lo que compran. La llegada al país de McDonald's, Wendy's, Pizza Hutt, Tower Records, Burger King, Dunkin' Donuts y otras franquicias, así como de supermercados que imitaban a los malls y shoppings en los barrios de Buenos Aires y el conurbano (Alto Palermo, Alto Avellaneda, Unicenter, Abasto), funcionaron como potenciadores de esta ilusión de igualdad. De nuevo: emular la pauta cultural.

Sin embargo, la falacia que no pudo ver el consumidor serial en este razonamiento es que imitar los hábitos de consumo no implica imitar los hábitos de producción. Ahí está el núcleo del problema. La emulación en este caso devino simulación. Intentaron vivir bajo el "standard" de vida americano, sin tener -siquiera por asomo- su fisonomía industrial y económica. Mientras tanto la televisión nos entretenía al ritmo de Xuxa, los Midachi, Cris Morena y toneladas de falopa.

Las modas (de consumo) norteamericanas influenciaron seriamente al sector empresarial argentino. En repetidas ocasiones los empresarios locales intentaron emular a las empresas foráneas buscando repetir también su éxito económico. Pero Santiago Soldati definitivamente no es Walt Disney. El fracaso evidente de dichos emprendimientos se vió a medida que se sucedieron los años. Paradigmático es el caso del Tren de la Costa, hoy convertido en un verdadero tren fantasma. Si Disney es un claro producto de su entorno económico, Parque de la Costa, también.

Y así como se impusieron las modas de los parques temáticos, las cadenas de fast-food y los shoppings, gracias a los artilugios de la mercadotecnia, la ecología se instaló como el gran tópico de los noventa. Podemos reconocer a Greenpeace, el Capitán Planeta y Liberen a Willy como las puntas de lanza de la vanguardia ecologicista-liberal que impusieron el cuidado por los mamíferos marinos y la biodiversidad como tendencia entre los que, por entonces, éramos niños. Fuimos Niños indefensos contra las armas de la mercadotecnia.

Caído el muro de Berlín a finales de los 80, se produjo un viraje hacia la llamada revolución verde. A partir del desastre nuclear de Chernobyl, los grupos ambientalistas cobraron relevancia. Mikhail Gorbachev, impulsor de la perestroika, osea, la introducción del capitalismo en la unión soviética, fundó por entonces Green Cross, una de las ONG ambientalistas por excelencia de la cual hoy en día es "Chairman of the board". El ambientalismo constituyó un refugio y una recicladora de experiencias políticas fallidas, en donde convergieron ex-comunistas, liberales, ecologistas y new age.

Podemos identificar dichos movimientos "verdes" como una praxis específica dentro de la economía de libre mercado donde se cuestiona la "contaminación" como el gran problema mundial, pero no se critica ni por asomo la estructura económica que permite el régimen de explotación del hombre por el hombre, del cual la contaminación es parte intrínseca en términos del tipo y nivel de industrialización en cada país. No es casualidad que los países más industrializados como China, Estados Unidos y Alemania sean los mayores productores de CO2. Esta praxis "ecologista" acepta implícitamente el triunfo definitivo del capital en los años noventa.

Integracionismo subliminal entre especies

Este año Greenpeace sacó una campaña publicitaria haciendo alusión a su vigésimo quinto año de "independencia" alegando que: "hace 25 años que creemos que se puede cambiar el mundo. Desafiamos todo, gobiernos, formas de comunicación pública, partidos políticos y grandes corporaciones". Igual que para cualquier otro liberal, gobiernos, corporaciones y medios de comunicación están al mismo nivel, son lo mismo. Greenpeace es una ONG que detrás de sus intenciones de salvar al planeta, expone una concepción de sí misma como una policía internacional con jurisdicción mundial, por encima de cualquier Estado o noción de soberanía. Se asumen como la ONU del medio-ambiente. Actúan con la misma furia eurocéntrica de quienes dicen combatir, financiados vaya uno a saber por quién. Amparados en la figura de ONG que les permite hacer lobby por todo el mundo sin asumir su condición política.

Quienes tengan algo de memoria recordarán que El Capitán Planeta y los Planetarios era un dibujito animado que transmitía Cartoon Network donde cinco jóvenes, uno de cada continente, eran llamados por Gaia/Gea, "el espíritu de la tierra", para conformar una organización para/supraestatal que combatía la contaminación ambiental y las políticas no sustentables, persiguiendo criminales ecológicos por el mundo como si fuesen un Mossad ambientalista. Cada joven planetario recibía un anillo correspondiente a un elemento que le daba un poder característico. Recordemos que según el viejo Aristóteles, claro, los elementos son cuatro: aire, agua, fuego y tierra. El "quinto" elemento era el corazón (sic), anillo que ostentaba el representante de Sudamérica. Como siempre, los sudacas la comemos en el reparto de puestos (vale revisar la composición del Consejo de Seguridad de la ONU para corroborar esto). Tal como se lee en los créditos de la serie, la idea original del dibujo era del mismísimo Ted Turner.

Todos los que vimos Liberen a Willy de niños y nos sentimos profundamente interpelados por la búsqueda de la ballena por liberarse del yugo explotador, forjamos un lazo emocional con estos cetáceos en la escena final de la película, donde una orca de seis mil kilos salta hacia el mar pasando por encima del protagonista que está sobre un espigón, recuperando en acto heroico la libertad cercenada. Una escena del mismo calibre emocional que el final de Karate Kid I. Recuerdo que la película me había gustado. El film encantó a mi hermana. O más bien debería decir que el protagonista carilindo la cautivó . Pero al ser mi hermana mayor, por propiedad transitiva aquellas cosas que le gustaban terminaban gustándome también a mí. Es el poder de la hermana mayor. Me acuerdo especialmente de tres cosas:

1.- La canción de cierre interpretada por un Michael Jackson en la cresta de la ola. Sonaba como una especie de himno -entre gospel y new age- que bregaba por la hermandad de los mamíferos marinos, los hombres y los menores de edad (bien bufarreta). Ganó un MTV Movie Award en la categoría "mejor canción de película" en 1994.

2.- La lucha de Willy por liberarse del yugo de la explotación capitalista gracias a la voluntad integracionista de Jesse, el delicuente juvenil devenido en héroe de la libertad animal, futuro miembro de Greenpeace y ahora miembro éticamente responsable de la comunidad a la cual se incorpora. Esa lógica de la rehabilitación tan de la Odisea y de los protestantes. A principios del siglo XX en el cine el paradigma de la rebelión eran los marinos del acorazado Potemkin; para el 95 lo era una orca. Hablemos de progreso.

3.- Y ya que hablamos de caucásicos norteamericanos protestantes, cómo olvidar la contraposición entre el personaje de Randolph, el cacique originario vector del conocimiento ancestral para poder comunicarse con las orcas, y el grupo de tareas que se encargaba de cazarlas para luego venderlas al mejor postor (en este caso al burócrata que regenteaba el parque). Esta última línea del argumento me parece genial porque en un sólo movimiento Jesse se erige como la recuperación del ideal tradicional americano: el joven integrado a la sociedad a través del trabajo que déja desempleados a los pescadores rednecks quienes ni bien que se constituyen como mano de obra son ubicados como los malos de la película.

Así, en pleno furor de la concientización por el cuidado del medio ambiente, los niños noventosos, ávidos de de contacto con el maravilloso mundo de la naturaleza, azuzados por las estrategias del mercado exigimos a nuestros padres que nos llevaran a conocer animales de todo tipo. Una vez aburridos de los zoológicos, posamos nuestra vista en los oceanarios donde podíamos ver cetáceos saltando por los aires.

Argentina tiene dos oceanarios emplazados sobre la costa atlántica, dado al volumen del afluente turístico que el partido de la costa maneja en el receso vacacional. Ambas opciones eran más bien austeras: Mundo Marino o Mar del Plata Aquarium. Mundo Marino es nuestra versión tercermundista/subdesarrollada/en-vías-de-desarrollo/economía-emergente de Sea World, empresa gringa cuyo slogan reza "as real as it gets" (menuda sinceridad maneja la mercadotecnia gringa). Está situado en las afueras de San Clemente del Tuyú, un pintoresco balneario mersa de la costa bonaerense.

Mar del Plata Aquarium, en cambio, está ubicado en la localidad homónima. Vernácula ciudad balnearia, capital de las personas que quieren seguir haciendo colas en las vacaciones y veranear en playas infestadas de otros humanos. Los clásicos de Mardel son el casino, los alfajores Havanna y los lobos marinos gigantes de cemento en la entrada de "la Bristol". Mención aparte merece el penetrante olor a culo que emana de la lobería.

No sólo Tamagochis nos trajo la importación

Sin embargo en abril del 93, cuando recién ingresaba a primer grado y en plenos albores del jubileo menemista, presencié un espectáculo de delfines que quedó grabado en mi memoria como la luz quedó grabada en el rollo Kodak de las fotografías que testimonian dicho día.

El acontecimiento ocurrió en plena ciudad de Buenos Aires a escasos minutos de mi querido Villa del Parque, lejos de los oceanarios habilitados para tales fines. La trama que allí se desenvolvió es más compleja de lo que la mente de un niño de seis años puede procesar y es por eso que heme aquí, casi veinte años después, tratando de desenmarañar este singular hecho que reviste una sinceridad brutal acerca de las condiciones materiales de existencia tanto de los humanos como de los cetáceos a finales de los 80 y principios de los 90, en la Unión Soviética y en Argentina, destinos que compartieron la misma desdicha.

Festejé mi sexto cumpleaños en el Parque Sarmiento, ubicado en el barrio de Saavedra (hogar del Club Atlético Platense y su hinchada AKA los tirapiedras). Por ese entonces mi padre trabajaba en la comunicación del parque y logró que, a modo de festejo por mi natalicio, mis compañeritos y yo presenciemos algo que todavía no estaba disponible para el público en general: un show de delfines. Como los de los oceanarios pero a algunas cuadras de mi casa.

Por entonces el Parque Sarmiento había sido virtualmente privatizado y concesionado a una sociedad anónima agarde nombre Pinatur que ejercía la gerencia del bastante venido a menos predio recreacional. El espectáculo fue emplazado en lo que eran las piletas de natación y saltos ornamentales, que fueron "reacondicionadas" para albergar a los delfines y un lobito marino.

De niño era tan molesto e inquieto como ahora. Desde pequeño tuve alguna fijación por el origen de las cosas, que se pronunciaba cada vez que un adulto me daba una respuesta poco satisfactoria. Los adultos, sus explicaciones y yo tenemos un historial de desencuentros. Vaya uno a saber por qué, pero al menos durante mi infancia, siempre que preguntaba acerca del origen de algo me encontraba con respuestas esquivas, insuficientes o simplemente erróneas. Los adultos sin embargo creían haber acallado mis dudas y entonces disponíanse a continuar gastando el tiempo en las cosas que ellos hacen, de las cuales dar explicaciones o razones a los niños pareciera ser incómoda o poco importante.

Entonces con el ánimo de investigador que me caracterizaba pregunté a mi padre (hasta ese momento, la fuente de casi todos mis conocimientos y hombre al cual aprecio mucho) de dónde venían los delfines. Claro que como buen niñito precoz la ansiedad formaba parte característica de mi personalidad. Muchas veces preguntaba esperando la respuesta que YA había anticipado en mi universo particular, que llamamos mente. Esperaba una respuesta clásica del estilo "Juancito, estos delfines vienen del mar". Pero para mi sorpresa mi padre respondió "vienen de Rusia". Hasta ese momento, lo único que sabía de Rusia es que era el hogar de Ivan Drago, el rubio que faja a Rocky en Rocky IV.

A medida que fui creciendo me di cuenta de que no necesariamente TODO lo que mi padre decía era verdad. Por ejemplo, cuando en presencia mía y de mi hermana se tiraba un pedo estruendoso, atribuía dicho sonido a una rajadura del techo. Mi hermana desesperaba al ver que mi padre "mentía". Yo mientras tanto me divertía con la broma y entendía que la verdad es un concepto laxo que depende estrictamente del contexto de enunciación. Ahora bien, con el tema de que los delfines eran rusos, no terminaba de entender si era cierto o si era otra de las salidas jocosas de mi querido progenitor. Sin embargo, él insistió en la nacionalidad de los delfines, y no sólo de estos sino de los entrenadores también. Ahí quedó la cosa. Terminó el cumpleaños, quedaron los recuerdos y el infaltable álbum de fotos correspondiente.

Durante varios años, la historia de los delfines rusos circuló por mi casa como recuerdo de una época distante y muestra de las variopintas aventuras laborales que mi padre había atravesado durante el menemato. Hasta que una tarde de paja adolescente, trasnochado y desprevenido, me sometí a la radiación catódica de la televisión de tubo de mi casa, para disponerme a quemar neuronas frente a la pantalla. Aclaro que no tomo sol. Mi única fuente de vitamina D es la luz de las pantallas. Como de costumbre, al rato de hacer zapping encallé en el History Channel que, para mi sorpresa, estaba dando un documental sobre delfines. Delfines militares. Delfines militares rusos. Delfines entrenados por la armada soviética con fines bélicos durante la Guerra Fría como parte de una operación secreta de guerra no-convencional. OMFG.

Point Mugu y Sevastopol: How to train your dolphin

Quienes argumentan que la tele no educa sino que idiotiza y todo eso, creo yo que nunca vieron History Channel. Allá por principios del milenio, cuando los rolingas silvestres aún poblaban las pampas bonaerenses y la televisión por cable empezaba a convertirse en LA tele, la mentada señal constituía una referencia obligada al menos para todos los adolescentes fanes de los tiros, las explosiones, las guerras, la muerte y demás. Horas y horas de neuronas asadas al ritmo de especiales sobre la Guerra de Vietnam, operaciones secretas de la Guerra Fría y épicas batallas de la Segunda Guerra Mundial, cuando no tocaban especiales sobre los romanos, los griegos, los persas, los vikingos y cuanta civilización se haya dedicado a machacar seres humanos. El History Channel me ha dado más información sobre nuestros vecinos que habitan el mundo, que todas las instituciones por las cuales atravesé en mil proceso pedagógico. Información estratégica, como si fuera poco.

En una de esas tardes, mientras me rascaba los huevos y me bajaba el segundo paquete al hilo de vainillas (con el litro de chocolatada correspondiente, tocó como por obra del destino un documental sobre el entrenamiento bélico de delfines soviéticos en el Mar Negro. Parece ser que finalizada la Segunda Guerra Mundial y con la Guerra Fría despuntando hacia el horizonte, los Estados Unidos empezaron a indagar en el uso de mamíferos marinos para ciertas misiones submarinas en el año 1963. La Unión Soviética seguiría sus pasos dos años más tarde.

Lo novedoso del asunto no reside en el uso de animales para la guerra, práctica extendida a lo largo y a lo ancho de la historia de la humanidad , sino que se pudiese entrenar animales acuáticos con fines bélicos de manera exitosa. Para esto en los Estados Unidos se creó la base especial de Point Mugu, California, que en 1967 se trasladaría a San Diego, en el mismo estado. Si bien la Unión Soviética comenzó el programa en 1965, en 1973 mudaron definitivamente su base a la ciudad de Sevastopol, en las costas del Mar Negro.

Los primeros agraciados fueron lobos y leones marinos, animalejos bastante simpáticos y dispuestos al entrenamiento humano. La característica que los distinguía de aves y peces como los tiburones, es que según los entrenadores, los mamíferos eran obedientes. Otra ventaja de estos bicharracos era que dada su capacidad natural para el buceo en profundidad y su gran oído resultaban sumamente útiles a la hora de recuperar material bélico perdido en el lecho marino o detectar minas. Eran como perritos subacuáticos que en vez de traerte la rama que les revoleás, te ubicaban un torpedo extraviado por el artillero mongoloide de algún submarino. El programa de entrenamiento de mamíferos marinos es operacional desde 1975 y tiene la capacidad de recuperar objetos hasta 100 pies de profundidad, según consigna un propio informe de la Marina norteamericana.

Pese al esperanzador comienzo de las misiones con lobos, se notó que tenían una capacidad limitada para ubicar los elementos por sí solos. Es decir que podían ubicar aquello que se les indicara pero no podían encontrar los elementos por sí mismos. Así fue como al calor de esta limitación natural en los lobos, los estudios con delfines fueron en aumento. Por entonces estos últimos habían sido estudiados sobre todo por su forma, tanto es así que varios torpedos americanos fueron diseñados teniendo en cuenta los estudios de la Marina sobre la hidrodinámica de los delfines. Pero, con el avance de la tecnología y la actualización de los programas de la Marina, se descubrió que los delfines se ubicaban en el espacio acuático mediante el uso de un sonar. Es decir que cada delfín contaba con un radar natural que nada tenía que envidiarle a los de los submarinos. Dicha cualidad superlativa los volvió el objetivo preferido de los planes de entrenamiento marino. Otra de las ironías de la naturaleza: la condición que les otorga una ventaja evolutiva en su entorno natural los convierte a su vez en preciados objetos de la explotación humana. Dialéctica, que le dicen.

Así fue como comenzó la investigación y el uso de los delfines para diferentes tipos de actividades militares, desde las que compartían con sus parientes los lobos (es decir rescate de material perdido, detección de minas, detección de torpedos, transporte de herramientas), hasta las controvertidas misiones de Seek & Destroy. Para el año 1965, un delfín de la marina yanqui llamado Tuffy participó en el proyecto "Sea Lab II" llevado a cabo en La Jolla, California. Dicho operativo consistía en cargar herramientas y mensajes entre la superficie y un par de buzos a 60 metros debajo del nivel del mar, inaugurando así la era de la colaboración militar humano-delfín en este lado del muro del Berlín.

Gracias al radar biológico se volvieron unidades de navegación autónoma con aptitud para la búsqueda e identificación tanto de objetos como de otros seres vivos. Mediante un sistema de arnés/bozal que se les ponía en la trompa podía lograrse que portaran herramientas variadas, que llevaran cargas, que detectaran minas, explosivos submarinos, material extraviado y, por qué no, buzos enemigos. En algunos casos se les daban compactos emisores de radio para colocar en los objetos perdidos por el lecho marino para luego localizarlos mediante radar. Aunque también existía la posibilidad de que este sistema de bozales sirviera para que los delfines portaran armas: una especie de jeringa subacuática con gas carbono para inyectar en el torrente sanguíneo de buzos espías y liquidarlos en segundos, abajo del agua. Precisamente esto y no otra cosa es la Guerra Fría.

Otra de las funciones principales de los delfines era precisamente la de proteger a sus respectivas flotas. Se los usaba como perros guardianes submarinos que evitaban la presencia de buzos enemigos que pudiesen causar daños a los diferentes navíos en las bases navales. Dicho programa, según consigna la propia Marina Americana, se mantiene operacional y fue desplegado en Vietnam en el período 1970 -1971 y en el Golfo Pérsico en los años 1987-1988. The Swimmer Defense System es su nombre oficial.

Rusia no fue menos. Desde su base en el Mar Negro, en la ciudad costera de Sevastopol, dirigió las misiones de entrenamiento de delfines. El centro de Sevastopol se constituyó como base de la división de delfines de guerra y como un centro donde se practicaron diversos estudios sobre los cetáceos para explorar a fondo sus capacidades ultrasónicas. Tal es así que la Academia de Ciencias de la URRS desarrolló allí sus investigaciones con cetáceos cuyo objetivo definitivo apuntaba a la decodificación de su idioma para poder "comunicarse" directamente con los delfines. Objetivo que según afirma parte del equipo que trabajaba en aquel entonces estuvo cerca de ser alcanzado antes de la tranformación que sufriría la base tras la caída del muro. Mientras tanto los delfines cumplían las mismas funciones que sus pares yanquis, búsqueda de objetos, vigilancia sub-marina y hay incluso quienes sostienen que se usaban como kamikazes contra otros navíos.

El programa soviético de uso de delfines llegó a reportar un beneficio de 50 millones de rublos en material recuperado del fondo del mar. Muchísimo menos que lo invertido en su desarrollo. Con la caída del muro y la introducción de la lógica del costo/beneficio la base de Sevastopol cayó en desgracia. Primó el principio del capital y el antes programa ultra secreto, ahora era un gigante deglutidor de recursos estatales. La base debería producir al menos, lo que consumía. Hay dos historias que circulan sobre su destino y el de sus delfines. Una es que el plantel entero de cetáceos se trasladó a Irán, para continuar con el desarrollo de las artes militares. La otra tiene que ver con que al caer el muro, la base dejó de formar parte de Rusia y pasó a estar bajo la administración de la naciente República de Ucrania, transformándose en un "centro de salud", donde niños autistas y embarazadas iban a pasar un tiempo para hacer delfinoterapia. La New Age se llevó puesto todo, incluso al materialismo histórico.

Parque Sarmiento: how to kill your dolphin

Mientras el Estado soviético se caía a pedazos y era desmantelado, los que ostentaban los cargos gerenciales dentro de la cadena de mando estatal se convirtieron en dueños efectivos de aquello que estaba bajo su mando. La desaparición del poder central fuertísimo, símbolo del poder soviético, permitió que quienes administraban los recursos estatales hicieran y deshicieran a gusto y piacere. Todo lo que alguna vez formó parte de la inigualable maquinaria estatal soviética, se convirtió en un bien de intercambio con el mundo occidental. Y de todos los materiales, los bélicos eran los más requeridos: aviones, barcos, submarinos, misiles, armas químicas y biológicas. Todo tuvo su precio. Los delfines también.

Como mi padre lo afirmara, los cetáceos que había visto saltar para mi cumpleaños provenían de la ex Unión Soviética, gracias a un acuerdo celebrado entre la sociedad anónima que manejaba el parque Sarmiento y la Academia Rusa de Ciencias que disponía de cetáceos del Mar Negro para distribuir alrededor de Occidente (a cambio de unos dólares). La base efectivamente se "reconvirtió" en un centro de salud para niños autistas y en ese proceso se sospecha que pudo haber renovado al "staff" de delfines.

Lo que no podremos saber por falta de evidencia es si efectivamente los delfines del parque Sarmiento fueron delfines ex-militares. Así abandonamos el terreno de las certezas de la evidencia y comenzamos el ríspido camino de las conjeturas. Posiblemente nunca lo sepamos a ciencia cierta. Pero los delfines llegaron desde Rusia junto a un grupo de entrenadores ucranianos, lo que refuerza la hipótesis de que fueran de la base de Sevastopol. Esto no implica necesariamente que los delfines que vi de chico fueran delfines militares, pero tampoco sería descabellado. Según el documento The Dolphin Traders, confeccionado por una organización internacional de protección de especies en peligro, los delfines en cuestión llegaron sin duda del Mar Negro. Hubo un total de 11 delfines importados desde Rusia al territorio argentino a lo largo de la década del 90. Todos ellos murieron, salvo uno, que fue vendido a un narco colombiano. Según este texto, los delfines provenían de la costa de Ucrania, vendidos por una "empresa" que tenía como objetivo instalarse en la base para armar un centro permanente de "pesca" y exportación de cetáceos. Un artículo del 28 de septiembre del año 2000 del L.A. Times afirma que dicha empresa era de hecho la misma marina que aprovechando el emplazamiento, pescaba delfines para venderlos al exterior, enmascarado en una sociedad anónima fantasma. Sin embargo la base de Sevastopol, que estaba en pleno proceso de renovación de animales, tal vez se "deshizo" de los especímenes más viejos para cambiarlos por otros más jóvenes, recientemente capturados.

"Masha y sus amigos", como consignaba el cartel a la entrada del espectáculo, murieron por una intoxicación al ser sobrealimentados con pescado podrido según consta en el informe de la autopsia. Las espinas de los pescados desgarraron los intestinos de los delfines. Se pudrían por dentro aún vivos. Otro delfín del grupo murió al quedar atrapado entre las lonas de la pileta y otro por tragarse un guante. Otros ni siquiera llegaron a salir vivos del aeropuerto de Ezeiza. Tanto la venta de los animales como su exportación y su muerte son producto de las condiciones materiales en las cuales se vieron subsumidos. Convertidos en mercancía de intercambio, su destino claro era la tragedia.

La coincidencia entre la debacle de la URRS y la ola privatista neoliberal en Argentina tuvo como víctimas no sólo a sus poblaciones enteras sino también a un simpático grupo de delfines, cuyo destino natural era el de viajar por las tranquilas aguas del Mar Negro o morir en el intento. Presos de su condición en el marco de un desguace total como el de la URSS, se convirtieron en vectores de la tragedia. También es una muestra pequeña del nivel de fragilidad que se dio en dicha época. Nadie, salvo algunos privilegiados, se enteraron de la facilidad de traficar con especímenes vivos. Delfines, humanos, lo mismo da.

La importación de delfines en el Parque Sarmiento tuvo como objetivo montar un espectáculo permanente en el medio de la ciudad. Sin embargo, la compleja trama en la que se desenvolvió, seguida de las idas y vueltas y los continuos traslados de los delfines, lo último que parece haber sido esto es un buen negocio. Si bien no tenemos idea de lo que costaba un delfín en plena convertibilidad, la cantidad de espectáculos que se lograron dar al público es bastante reducida, cuando no nula, lo cual complica el móvil del "negocio".

El señor Acerbo, junto con su socio Tutudjian, figuran en el informe mencionado como los responsables de todas las compras de delfines. Acerbo gerenciaba por entonces el Parque Sarmiento mediante su empresa Pinatur; Tutudjian era el dueño de Mar del Plata Aquarium. Entre ambos triangularon la importación de delfines nariz de botella, entre las piletas del Aquarium, parque Sarmiento y otra pileta privada en Ing. Maschwitz, propiedad de Tutudjian. Lo que impresiona es cómo persistieron e insistieron en la importación, en perjuicio incluso de sus bolsillos, hasta que les fue vedada por el Estado Argentino a través de la Secretaría de Medioambiente. Incluso terminaron peleados entre ellos, con la sociedad disuelta y luchando por ver quién se quedaba con el derecho de importación. Turbio. Muy turbio. Incluso dos delfines jamás llegaron a ser expuestos en público sino que vivieron en la pileta de Tutudjian en Maschwitz. Lo que me lleva a aventurarme en otra conjetura.

La conexión zoofílica

Recomiendo a todo ser humano que se precie de tal ver Zoo. Es un documental reconstruido, donde se ve la historia de una grupo de amantes de caballos que durante algún tiempo practicaron el amor inter-especies (tal cual ellos lo definen) en el estado de Washington. Lo curioso del asunto es que los tipos no se volteaban a los caballos, sino que los caballos se los volteaban a ellos. Todo termina trágicamente cuando uno de ellos muere a raíz de una peritonitis provocada por la penetración de un caballo en una de las sesiones de amor. El documental no es explícito y es, por lejos, una de las piezas cinematográficas más interesantes de los últimos 12 años.

Quizás el móvil principal de nuestro importador de delfines rusos era el mismo. Desde que arranqué este artículo y a medida que avanzaba en la investigación, me fui topando una y otra vez con el mito urbano de los chabones o minas que hacían el sexo con delfines y de delfines que hacían el sexo con humanos. Al principio me pareció descabellado. Pero una vez superada la instancia del prejuicio y viendo el problema desde cerca, de hecho no es nada extraño. Los órganos sexuales de los delfines son bastante similares a los de los humanos, tanto en el caso de las hembras como de los machos. Lo que vuelve el apareo entre ambas especies algo no muy complejo. Lo complejo, en todo caso, pasa por cómo carajo mantener relaciones abajo del agua, o dónde encontrar un delfín con el cual aparearse . Y acá es donde nuestra hipótesis comienza a tomar forma.

Ahora bien, teniendo conocimiento de que el apareo con delfines es una práctica extendida, podríamos suponer que el señor Tutudjian formase parte de una red de trata de delfines o quizás era él quien se apareaba con los delfines. O quizá utilizaba a los cetáceos para producir material pornográfico. Snuff con delfines. Varios sitios de dudosa procedencia y veracidad, afirman que el material pornográfico con delfines es bastante buscado en los confines de la deep web , e incluso otros que sostienen que Ronald Reagan era un consumidor asiduo de material pornográfico con delfines. Seguramente me fui un poco a la mierda con la conjetura, pero en una época como los 90s, si uno realmente lo piensa, tampoco suena tan descabellado. Era completamente plausible.

Pero más allá que nunca pueda descubrir realmente la motivación de las importaciones o la lógica interna de los hechos, quizás sencillamente tampoco la tiene. Buscarle una lógica, una explicación o un motivo es tratar de dotar de alguna racionalidad a algo que careció completamente de ella. Quizá es el niño inquisidor que se niega a ver que la realidad lejos está de ser una cadena sucesiva de hecho lógicos, sino que más bien es un entramado complejo de acciones carentes de sentido alguno. Quizás la búsqueda de explicación es un gesto infantil porque las acciones en el mundo cotidiano carecen de sentido alguno. Quizás es el niño que se resiste a creer un presente carente de sentido y explicación racional alguna.

Dialogando con los fantasmas

Dicen que dijo Derrida que tarea ineludible del presente es hablar con los fantasmas que nos desquician, sombras de las víctimas de cualquier tipo de violencia pretérita, presente o futura. Porque la sombra de lo no dicho acecha, el fantasma de la violencia permanece. Está ahí agazapada, esperando manifestarse. O que alguien le de bola.

En un mundo donde los seres humanos aún se mueren de hambre, no es muy raro que los delfines sean entrenados para la guerra, convertidos en bufones de espectáculos decadentes o sodomizados por el zoofílico de turno. La fuerza coercitiva del humano se ejerce hacia otras especies en tres sentidos: se los mata y se los come, se los doméstica, y -la más complicada de todas- se los coje. De las tres hay hartos ejemplos históricos. La mayoría de las culturas comen animales desde tiempo inmemoriales, la mayoría domesticó a varios de ellos ya sea por placer o por trabajo y si recordamos el mito del Minotauro, éste nació de una relación entre la reina de Creta y un toro. Y si creen que la zoofilia no sigue vigente, les recomiendo que ingresen a beastforum.net.

Comer, domesticar y cojer son las tres actividades principales del humano para con todos los otros seres vivos del planeta. Con los iguales y con los distintos. Con los que tienen derechos y con los que no. Los delfines rusos cayeron en la volteada.

El delfín, dada su aptitud para el entorno en el que vive, goza de tiempo libre. Es ampliamente superior a quienes están por debajo de él en la cadena trófica y casi no tiene depredadores naturales. Goza, juega, coje y nada, salta, da vueltas, porque sí. Porque puede. Esa es la clave del ocio y del tiempo libre. Hacer algo por el valor que eso tiene en sí mismo y no para algo más. La lógica de la productividad, la razón instrumentada, es la lógica del "para algo más". Hago esto para otra cosa: ésa es la definición del trabajo. No se trabaja porque sí. Se trabaja para comer, para tener un sueldo. Se trabaja siempre para algo. En el ocio no, porque lo rige la lógica del juego, que no está instrumentada. Se juega por jugar.

Esto precisamente es lo que el ser humano destruyó tanto en el entrenamiento militar como el acrobático. Igualó al delfín con un soldado, o con un bufón. Lo igualó con el humano, destruyendo su tiempo libre, que en definitiva es como igualar el capital y el trabajo. Iguala punitivamente. Cercenando el ocio e instrumentando la vida humana, siempre en pos de algo más. La jubilación, el paraíso, el bienestar y la mar en coche. Convirtió la capacidad natural del delfín, en tragedia.

Y los delfines, como paradigmáticos emblemas del oprimido en una relación de inteligencias asimétricas, sintieron todo el rigor de la razón instrumentada, la razón domesticadora, la razón productiva. Tanto en el país del capital, como en el de los herederos de Lenin, el ocio de los delfines que deviene en juego parecía una provocación. Nada podía escapar a la instrumentación. Todo era para algo más. Para llegar a la Luna, para el progreso, para construir el socialismo .

Ahí quedan las cenizas de la Unión Soviética, que presa de su propia imposibilidad no pudo siquiera sostener lo que había conquistado a través de la historia. Ahí está Estados Unidos, llevando su patología a todos los rincones del mundo. Y ahí está Argentina, intentando siempre emular algo que no es, importando ideología. Y ahí están los delfines, muertos. Bien muertos.

Porque el caso de los delfines es paradigmático en tanto refleja cómo el humano se comporta con otra inteligencia. Cómo establecemos lazos de comprensión con nuestro entorno. Los delfines, en este caso, fueron humanizados. Fue ignorada su identidad constitutiva de animales y se los igualó a la condición humana, para luego ser sometidos a la lógica del trabajo. Sufrieron la misma inclemencia que sufre un trabajador o un niño cualquiera, de un país cualquiera.

Pero incluso los grupos ambientalistas y pro derechos animales cometen el mismo error de quienes los explotan: humanizar al delfín.Los ambientalistas hablan de "derechos" animales. Basados en lo que quedó establecido en la "declaración universal de los derechos animales" en Londres en el año 77 . Que dice: "Artículo 1:Todos los animales nacen iguales ante la vida y tienen los mismos derechos a la existencia".

Dejemos algo en claro, los derechos son invenciones jurídicas para los humanos. Un animal no los tiene ni los puede tener por definición. Otorgar derechos a los animales igualándolos con los humanos implica subsumir al reino animal al orden jurídico humano. No sería descabellado entonces esperar la pronta aparición de un tribunal inter-especies, para dirimir disputas legales entre humanos y animales. Pero la única ley que rige para los animales es la de la evolución, no jodamos. Y lo que reina en el mundo animal, precisamente es la desigualdad. Por otro lado pero con una argumentación equivalente, los zoofílicos atribuyen la capacidad de amar a los delfines. Amar en el sentido humano del término, de sentir afecto. Un animal a lo sumo se pueden calentar pero ¿amar? El amor es algo que sucede entre los seres humanos. Otra vez, atribuirle esta capacidad a los delfines humanizarlos y se destruye la naturaleza del pobre bicho. Amor, derechos, son todas formas de ejercer violencia domesticadora. Al animal hay que respetarle su condición de animal.

El humano puede asumir su rol de ente inteligente sin romper las pelotas a los otros animales con los que co-habita el planeta. Sin necesidad de humanizar al animal bajo consignas igualitarias ni someterlos a la razón jurídica del derecho. Dejar a los delfines donde nacieron y en todo caso ir a verlos saltar por los aires en su entorno natural. Estudiarlos sí, pero sin someterlos a la lógica humana de la razón instrumental ni moverlos de su hábitat. Respetarlos por lo que son asumiendo que su condición dista mucho de la humana. Animales inteligentes. Nada más y nada menos.

Entrenarlos para la guerra, cojerlos, matarlos, lo mismo da. Los delfines son delfines. Los humanos son humanos. Tratar un a un delfín como un humano es lo mismo que tratar un humano como un delfín. Básicamente eso es ejercer violencia. Pero no es descabellado. Ni por asomo. Lo cierto es que difícilmente el hombre pueda des-antropologizar sus prácticas para con el entorno. Esta lógica de violencia instrumentadora responde en el fondo a que el humano no puede soportar que un ser en los papeles "inferior" haya logrado resolver de manera mucho más efectiva el problema de la relación ocio/trabajo y por eso le aplica toda la furia civilizadora encima.

El rumbo que hace rato tomó la civilización occidental, nos marca que ese camino de respeto por la condición radicalmente distinta a la propia, no es el camino elegido. Es más bien una entelequia de un niño trasnochado. Seguramente en unos años, la manipulación genética nos lleve a tener delfincitos como mascotas en nuestras piletas, o incluso delfines cyborgs armados con láser y GPS para destruir al enemigo. Posiblemente el camino de la técnica y la instrumentalidad se lo lleve todo puesto. A los delfines y a los humanos.

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