Ciencia 10 Feb 2014
Cerebro de hormiga

Si como el materialista férreo y empedernido que sos, la idea de que "el todo puede ser más que la suma de sus partes" te parece cóncava y vendehumo, mirá para abajo y dejáte llevar por la mística benjamineana de las hormigas.

I, for one, welcome our new insect overlords. H. G. Wells

Un error muy común al momento de evaluar la inteligencia de entidades no humanas suele ser abordar el problema desde el debate de la conciencia (¿El bicho este tiene estados de emoción? ¿Sabe quién es? ¿Tiene ideas? ¿Hay un "alma" ahí dentro? ¿Me lo puedo comer sin sentirme mal?) o desde una versión más o menos antropomórfica de la productividad (¿El bicho este sabe contar hasta cinco, seis, diez, diez mil? ¿Puede hablar o comunicarse aprovechando alguna clase de sintaxis o semántica?). Resulta sencillo perder de vista el objetivo con preguntas de este tipo, cuya única finalidad no es inquirir sobre la inteligencia en sí ("la hormiga es inteligente"), sino más bien encontrar puntos de contacto entre lo que hemos clasificado como inteligencia de algunos mamíferos superiores y otras especies ("la hormiga será inteligente como nosotros, o no será nada"). Un acercamiento ciertamente más fructífero consiste en mirar las cosas no de arriba hacia abajo, sino de abajo hacia arriba: en lugar de salir a evaluar la cima de la jerarquía cerebral hormiguil para verificar qué podrá manar de ahí (y qué no podrá), mejor usar experimentos comportamentales sencillitos para ver qué tan complejas serán las tareas que una o más hormigas serán capaces de llevar a cabo con eficacia, y mirar el sistema resultante desde afuera, a ver qué imagen se construye.

En el plano individual, desde luego, las hormigas no cuentan con demasiado que ofrecer: destacan ante todo la ausencia de agentividad (la tan mentada "conciencia de sí" que hace que nos queramos tanto, o que estemos tan seguros de que somos nosotros quienes elegimos hacer lo que hacemos), de representación simbólica, de lenguaje. Una hormiga, provista como está de un ganglio que apenas si puede hacer las veces de cerebro, es incapaz de saber o si quiera experimentar nada, mal que les pese a Disney o Pixar. Nunca sabe lo que hace, por qué lo hace o para qué; los muchachos de la academia parecen estar todos de acuerdo en que la vida individual de la hormiga nunca llega a ser más que una sucesión ininterrumpida de estímulos y respuestas no mediadas, como la del transistor de la Winco de tu abuela. ¿La buena noticia? Está bárbaro que así sea, pues de otro modo el hormiguero tal y como lo conocemos hoy jamás hubiera sobrevivido a las pruebas guachas de la evolución. Después de todo, ese cerebro primate que tanto orgullo nos da, funcionaría bastante para el traste si cada una de nuestras neuronas tuviera conciencia de sí misma y opinión propia. No gracias; me quedo con mis neuronas autómatas, predecibles e implacables.

Dado que nuestra misteriosa inteligencia es en realidad una propiedad emergente, nacida de la interacción de unas cuantas células eléctricas cuyo interés real es apenas el perseguir la homeostasis, pareciera sensato dejar de hablar de una hormiga, e investigar el intelecto de la colonia. La propuesta del "superorganismo" descansa íntegra sobre esta idea; nadie en su sano juicio propondría evaluar el IQ de Jorgito en función de si sus neuronas de Purkinje saben contar hasta ocho, tienen lenguaje o escriben poesía.

Algo que las hormigas saben hacer como campeonas, por caso, es navegar el terreno. Parecieran siempre elegir bien hacia dónde ir, cómo llegar hasta allá y sobre todo cómo volver, trayendo o no lo que sea que haga falta en la colonia en un momento dado. Durante años los científicos se dieron la cabeza contra la pared, intentando entender cómo diantres una hormiga podía ser capaz de integrar tanta información territorial en la construcción de un "mapa cognitivo" en su pequeño cerebro de artrópodo. La respuesta era mucho más simple de lo que pensábamos: no hay integración, ni mapa, ni un porongo. Las hormigas emplean una multitud de mecanismos modulares específicos (detección de contrastes, de gradientes de aromas, dirección del viento, textura de la tierra) que acaban siendo más que suficientes para cumplir los objetivos de la especie. A veces, los sistemas más complejos emergen de la aplicación de reglas simples. Allí donde la hormiga sigue tan perdida como siempre, víctima de la causalidad, la colonia prospera; la colonia es mucho más plástica, resistente a la hostilidad del medioambiente e "inteligente" en su adaptación, que muchos de los mamíferos más avezados.

Aprender de estas formas cuasi algorítmicas de inteligencia ha sido en los últimos años de enorme provecho para nosotros, sobre todo en el desarrollo de la inteligencia artificial. La swarm intelligence (algo así como "la inteligencia de la colonia") es una disciplina especializada en el estudio de sistemas cuya conducta colectiva se regula y organiza automáticamente, de manera descentralizada y emergente. No es para nada sorprendente que dos geniales implementaciones dentro de esta escuela, la Ant Colony Optimization y el Artificial Bee Colony Algorithm, provengan de la observación de los superorganismos artrópodos. Herramientas de tal magnitud son un motor del progreso en los campos de la inteligencia artificial y la modelización. No sería sorprendente que la llave para desenmarañar la incógnita de nuestra tan preciada inteligencia humana, yazca allí a plena, luz donde la inteligencia de las hormigas.

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