Cultura 10 Jun 2013
¿Hay alguien ahí?

Las sondas espaciales que llevan mensajes fuera del sistema solar; la posibilidad de comunicarse con otros planetas en cifras; la problemática de elegir el lenguaje adecuado para utilizar con una civilización desconocida.

Es mi botella al mar interestelar

En la década del setenta, científicos de la NASA a cargo de Carl Sagan desarrollaron programas espaciales de exploración para investigar Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Las sondas enviadas al espacio fueron las Pioneer 10 y 11, y las Voyager 1 y 2.

Pero la misión no se quedó en acercarse lo máximo posible a los planetas y fotografiarlos. "Ya llenamos el tanque de la sonda. Si estamos en el baile, bailemos" habrán pensado estos científicos. Así que los proyectos incluyeron un paso más: una vez que las sondas hubieran cumplido su misión de explorar los planetas asignados, seguirían su rumbo cruzando el frente de choque de terminación, quedando así fuera de la influencia del Sol y pasando a ser interespaciales. "Larguémonos más allá, veamos qué hay del otro lado". Entonces, de changüí, todas las sondas llevaron mensajes por sea caso llegaran a ser encontradas por alguna civilización inteligente extraterrestre.

Las cuatro sondas andan, en la actualidad, por los límites de nuestro sistema y ya cumplieron sus misiones de exploración de este lado. Ahora, siguen su rumbo del otro. Y se convirtieron también en botellas echadas al mar.

¿Y qué mensajes decidimos enviar a navegar por el océano interespacial?

Las Pioneer incluyen placas con un mensaje simbólico para informar a potenciales civilizaciones extraterrestres acerca de la existencia de vida en la Tierra y la ubicación del planeta. Las placas están conformadas por varias imágenes: el dibujo de un hombre y una mujer, el de la sonda "con el sólo fin de que sirva para poder determinar el tamaño de los humanos", un haz de líneas que irradian de un mismo punto que representan la Tierra y la dirección de los púlsares más significativos del sistema solar, una imagen del elemento químico más abundante de nuestra galaxia "el hidrógeno", y un esquema del sistema solar con todos los planetas en orden de distancia respecto del Sol con la trayectoria aproximada que llevarían las sondas señalada con una flecha. En todos los diagramas y gráficos aparece de una forma u otra el sistema binario, como sostén de todo lo que ahí aparece.

Para las Voyager se pensó y preparó un disco de gramófono con imágenes y sonidos propios de nuestra tierra para que, en caso de que las sondas se topen con otra civilización inteligente, sirva como presentación de lo que es la vida en esta, nuestra tierra. En el disco se pueden encontrar varias grabaciones -de saludos en diferentes idiomas, sonidos propios de nuestra naturaleza y una selección de música del mundo de lo más variada (pero no hay un tango, señores)- y también una colección de 115 fotografías -con imágenes de nuestra tierra y nuestro sistema solar, diagramas de temáticas propias de las ciencias exactas, mapas, teoremas, entre otras cosas.

Para cuando se lanzaron las Voyager dos de los tres Poderes yanquis, el Ejecutivo y el Legislativo, ya habían metido mano en el contenido enviado: el Presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter, como no podía faltar, se mandó un discursito imperdible. Además se agregó una lista de los diputados y senadores de la época: todos querían salir en la foto.

La cabeza de todos los proyectos y quien se encargó en gran parte del diseño y contenido de los mensajes fue el propio Carl Sagan, que convenció a la NASA de que se los enviara en las sondas.

Las cifras y los potenciales mensajes interestelares

Quizás resulte llamativo -quizás no- que en ambos mensajes enviados lo principal (y esto ocurre especialmente en la placa de las Pioneer) tiene que ver con el lenguaje de las ciencias exactas. Sí, el disco de las Voyager tiene una vuelta de tuerca, pero también está bien cargadito de eso.

El famoso escritor de ciencia ficción Isaac Asimov se preguntó en uno de sus ensayos científicos acerca de la posibilidad de establecer comunicación con otras civilizaciones extraterrestres. El ensayo Is anyone there? del libro homónimo, fue publicado en 1967 -cinco años antes del lanzamiento del Pioneer 10 y diez antes del Voyager 1.

Asimov, tomando los datos de Stephen H. Dole, nos provee de los siguientes cálculos acerca de la posibilidad de que haya vida extraterrestre: en la Vía Láctea, la galaxia en la que nos encontramos, existen 135.000 millones de estrellas. De todas ellas, sólo algunas de cierto tamaño pueden ser soles de planetas similares al nuestro, es decir, que podrían llegar a ser habitados por civilizaciones similares a la humana. Si se consideran las características que deben tener dichos planetas -tamaño, distancia de su estrella, período de rotación- nos encontramos ante la posibilidad de que existan unos 640 millones semejantes al nuestro dentro de esta galaxia. Si pensamos en un radio de 100 años luz de distancia respecto de nuestro planeta, cabe la posibilidad de que haya otros 50 similares a la Tierra.

Es imposible predecir cuántos de esos planetas soportarían una vida inteligente, pero Asimov se anima a tirar una hipótesis: si uno en un millón de planetas presentara vida extraterrestre, habría casi 1000 especies inteligentes en la Vía Láctea.

Ahí tenemos las cifras.

Luego de barajar varias posibilidades para emitir señales informativas, Asimov llega a la pregunta que nos interesa: "¿Qué le digo a estos chabones?". Según él no les puede decir "Hey, you!" porque, dice, no podemos "esperar que una inteligencia foránea hable inglés". En cambio, según él, podemos esperar que sepan matemática o química o geometría.

Entonces, bien, mandamos el siguiente mensaje, en forma de pulsaciones de microondas: "2,2,4... 3,3,9... 2,2,4... 3,3,9". Si desde algún lugar recibiéramos el mensaje "4,4,16" diríamos que hemos establecido comunicación.

Asimov aventura otros dos ejemplos, uno de la química y otro de la geometría. Y con la geometría llega a lo que él considera real comunicación porque con ella "podrían enviarse dibujos que indicarían seres humanos con cuatro extremidades, con dos de ellas para sostenerse; que existían en forma de sexos, etc. Si la respuesta llegaba en dibujos semejante [...]", eureka, estableceríamos realmente comunicación.

Ahí tenemos los potenciales mensajes interestelares.

Pero si un lenguaje formal está conformado por un conjunto de elementos y un conjunto de reglas -sumar, restar, multiplicar, dividir-, ¿cómo podemos estar seguros de que todos los mundos perciben o tienen las mismas reglas o de que usan sistema en base 10? ¿Cómo estamos tan seguros de que perciben la física del espacio igual que nosotros? ¿Acaso no caeríamos en los mismos problemas que con los lenguajes naturales?

Relativismo lingüístico aplicado a la interestelaridad

En la primera mitad del siglo XX, los antropólogos Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf trabajaron sobre una hipótesis que lleva por nombre sus apellidos. La hipótesis Sapir-Whorf, tanto en su versión fuerte como en su versión débil, establece que existe una relación entre las categorías gramaticales de una lengua y la manera en la que quien la habla comprende el mundo. En la versión fuerte de la hipótesis, la lengua determina absolutamente esa comprensión. En la débil, influye pero no la determina por completo.

Se preguntarán qué tienen que ver estos dos señores con el proyecto de las sondas interespaciales o las ideas de Asimov. Vamos con un par de ejemplos que ponen un poco en crisis la noción de que la matemática es universal: en la zona del Amazonas -pero también en otros lugares del mundo- existe más de una comunidad cuyo léxico no incluye números más grandes que 2 o 5: los pirahã tienen palabras para 1 y el 2, los mundurukú llegan hasta el 5, y por fuera de esos números sólo cuentan con la posibilidad de decir cosas como, supongamos, "varios". ¿Quiere decir esto que esas comunidades no pueden aprender matemática? Ciertamente no, ellos pueden llegar a comprender las nociones pero tienen una gran dificultad para realizar aritmética que no sea por aproximación, por ejemplo. Seguramente la misma dificultad que puede significar para ellos aprender una lengua extranjera, o incluso más.

Me pongo menos etnolingüística y un poco más chomskyana -Noam Chomsky postula que subyacen, en las lenguas naturales de todo el mundo, principios comunes a todas ellas- y, si hay una gramática universal que subyace, también debería estar en la capacidad de una potencial civilización extraterrestre comprender un mensaje que le enviemos en cualquiera de nuestras lenguas naturales. Por supuesto, Chomsky se limitó a hablar de los seres humanos, no podía hacer otra cosa, obviamente. Yo voy un paso más allá y pienso que, si es universal, como se presume que lo es la matemática, entonces tiene que ser accesible también para una civilización inteligente por fuera de la Tierra.

Hay un dato, además, que no deberíamos obviar cuando discutimos acerca de la comprensión entre civilizaciones inteligentes en el Cosmos: cuando Sagan preparó el mensaje para la Pioneer, la placa fue presentada a varios científicos. ¿Cuántos de ellos comprendieron la totalidad de lo que ahí se había querido transmitir? Aparentemente ninguno.

De todos modos, en última instancia no estamos con estos abordajes, por ahora, yendo más allá de lo fático -es decir, la función es hacer contacto, abrir el canal. Como cuando vamos en el ascensor con un desconocido y decimos "qué lindo está el día" y lo central es ver si el otro nos responde "sí, pero mata la humedad". Hasta que llegue esa respuesta, tenemos tiempo para pensar qué queremos hacer con ese canal que abrimos.

En definitiva, si la inteligencia de la civilización extraterrestre es lo suficientemente avanzada, todo debería ser aprendible para ella, el lenguaje formal y el lenguaje natural con que se maneja la civilización humana -al menos la occidental. Los europeos, con la ayuda de la piedra Rosetta, pudieron desentrañar el código de una civilización cuya lengua y hablantes ya no existían, ¿no? Mandemos en una sonda la piedra egipcia y ya fue, porque me pregunto: ¿No estará el lenguaje de las ciencias exactas, señores científicos, algo sobrevaluado?

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